Uno de cada cinco

MARÍA RODRÍGUEZ TARANCÓN
(Alumna de 2º de Bachillerato, IES Los Pedroches)

La depresión ha sido y será uno de los padecimientos más crueles de la historia no por la falta de métodos para diagnosticarla y tratarla, mas por la falta de aceptación por parte de la sociedad.

Parafraseando al director de psiquiatría del hospital Sant Pau, en Cataluña, Enric Álvarez: “es una enfermedad que produce un sufrimiento absolutamente devastador y que no tiene nada que ver con ninguna otra. (…) La causa biológica de una depresión es la hiperactividad de una parte del córtex prefrontal que impide realizar actividades cotidianas con normalidad”.

En la generación que nos ha tocado vivir, nos han vendido la idea de que siempre hay que estar alegres, que la persona que no es feliz es porque no quiere o que debemos de sentirnos agradecidos, es más; tenemos el derecho moral de sentirnos contentos por lo que ocurre a nuestro alrededor. Las personas con depresión tienen muchos inconvenientes para afrontar un problema que abarca a más de dos millones y medio de españoles y que es la culpable de numerosas muertes por suicidio.

La principal dificultad radica en la manera de verlo. La depresión desde un punto de vista social es sinónimo de problemático, de inconformista, de débil de espíritu. Pero, ¿y si el individuo no fuera causa sino consecuencia, paciente? Todos conocemos a alguien que sufre en silencio, que ha dejado de ser lo que era y que se ha convertido en un cascarón hueco. Os asombraría lo que pueden causar el pánico y la impotencia. Algunos consideran que esta enfermedad provoca un vacío y una angustia sin igual: el corazón te duele, la cabeza te pita, el cuerpo demanda alivio. Te chupa toda la energía, la ilusión, las fuerzas para continuar. Es por ello que las tareas más banales, las actividades más sencillas se convierten en un mundo, aparecen trastornos alimenticios y relacionados con el sueño, incluso. Conforme más profunda se hace, se manifiestan más y peores consecuencias: la pérdida de memoria, de placer, y esto no hace sino reforzar la sensación de que algo está mal contigo, de que estás solo/a y de que no te entienden ergo no podrán ayudarte.

Damos por hecho que la persona saldrá adelante sola, y que si no lo hace, siempre habrá algún tratamiento o medicamento que lo haga por ella. ¿Dónde quedan la voz y el voto de todos los valientes silenciados por compromiso social? Me hace gracia que a la vez que se ha avanzado a pasos agigantados en el desarrollo de afecciones como el cáncer o el sida, no se tengan en cuenta enfermedades del momento, del 2018, trastornos definidos como “estado más próximo a la muerte” y cuyo advenimiento se basa en una cuestión de azar.

Cuando esta dolencia desemboca en un fallecimiento lo primero que tendemos a hacer es echar en cara a la familia que no estaban allí cuando esa persona los necesitaba. Y puede que el mayor consejo que nosotros podamos haber dado haya sido “arréglate y vayamos a tomar algo, a ver si se te pasa ya”. No tanto para ayudar como para evitar verse involucrado en situaciones como esta al no saber cómo reaccionar y cuyo primer paso para poder ofrecer un consuelo real es hacerlo accesible a todos.

Pedir tratamiento psicológico por la seguridad social te garantiza pasar seis minutos con el especialista. Seis minutos tras los cuales te recetará una medicina suficiente para taponar la herida de manera temporal. En el caso de que vaya por un seguro privado no es mucho mejor, te ofrecen cuatro minutos más de ayuda y otra generosa cantidad de productos químicos. La pena es que la solución a esta discapacidad existe, pero es solo accesible a unos pocos pudientes. No terminamos de tomarnos en serio lo que de aquí a unos años será el padecimiento que más muertes causará en la población. Es por ello que me gustaría invitar a la reflexión, a un conocimiento de la situación y una mejora de las circunstancias para aquellos que conviven con ella, porque no es lo mismo convivir que vivir y solo unos pocos tienen la capacidad de entender de lo que estoy hablando. Porque la soledad no es estar solo sino sentirse así, y nosotros estamos potenciando que un porcentaje alto de habitantes (uno de cada cinco) se vea a sí mismo como un estorbo, una carga para la sociedad que no está preparada para hacerle frente a una imagen que cada día se hace más y más real: la depresión hace falta tratarla.

Para concluir, solo me gustaría añadir que es importante prestar apoyo a cualquier nivel y en cualquier situación y recordarles que nada ni nadie tiene la capacidad de destruirles sino que ellos mismos tienen el poder de construirse.



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