Recuerdos del lugar donde se perdieron los sonidos de las campanas

ARTURO LUNA BRICEÑO


Como todos los años, desde hace mucho tiempo, he acudido a contemplar la entrada de la Virgen de Luna en la parroquia de Santa Catalina después de su cuatrimestral retiro en la soledad de la Jara. Este año, nada más llegar la Virgen a recibir las llaves de los sagrarios de Villanueva y Pozoblanco en la explanada del Arroyo Hondo, se abrieron los cielos, Dios lo bendiga y nos mantenga la nieve o la lluvia mucho tiempo. Y el pueblo que esperaba a los esforzados porteadores que nos devolvían a la Virgen y a los peregrinos que llegaban con sus promesas cumplidas y a los oferentes del hornazo nos entró la prisa por llegar al abrigo de la parroquia. Un año más y de mayor alegría que otros que resultaron más pausados porque hogaño la Virgen nos ha traído lo que más necesitábamos y deseábamos: el agua.

Tiene fama de aguadora esta Virgen de la Jara. Muchas de la peleas entre Villanueva y Pozoblanco se provocaron en los años de sequía, porque el primero que llegaba a por la patrona para convocar la lluvia se llevaba la Virgen a su pueblo sin avisar y sin comunicar que el Santuario de la Jara quedaba vacío. Siglos duró el pleito y aún duran más los rencores, pero para que la Virgen no se enoje, cada vez que llega a uno de los dos pueblos Nuestra Señora de Luna recibe las llaves de los sagrarios de las parroquias: el de San Miguel y el de Santa Catalina. Y desde entonces Pozoblanco y Villanueva son un solo corazón y una sola comunión, como reza la canción, pero el sentimiento de los cantantes, a veces, no siguen ni el compás ni el espíritu de la copla. 



De nuevo, al día siguiente, acudí al llamado de las campanas, para participar en la procesión de la Virgen. Pero hete aquí que la Iglesia, en los días de lluvia, se comporta diametralmente opuesta que en los tiempos de sequía. Cuando el cielo se pone claro y frena la lluvia, los fieles piden que salga el santo a convocar las nubes, pero cuando llueve son los mismos creyentes los que quieren que el santo se quede quieto.

Y esperando la decisión me puse a leer el monolito de granito que informa sobre la Parroquia. Leo que la Iglesia es de finales del siglo XV aunque estuvo de ampliaciones y obras a principios del siglo XVI, y que se hundió en el Siglo XIX y en ese siglo se construyó la que ahora se puede visitar. 



Me doy cuenta que nos han hurtado la Santa Catalina del siglo XVII. Una iglesia nueva que se levantó pasado el medio siglo y que está perfectamente descrita por Ramírez de las Casas-Deza en el capítulo dedicado a Pozoblanco en su “Corografía”. Esta es la iglesia que se hundió en 1841. La causa que provocó su derrumbe estaba en los enterramientos que se hacían de los muertos en el interior de la iglesia. 



Los diferentes templos construidos y derribados que se han levantado en el terreno que actualmente ocupa la Parroquia de Santa Catalina, han tenido de cimientos un berrocal de granito. En el actual templo, la basa de la columna que soporta uno de los arcos del techo, que está situada junto al púlpito, no está levantada de la tierra. Está esculpida por los canteros sobre un peñasco de la cantera. Esta dureza del subsuelo impedía que los preceptivos enterramientos de los difuntos en el interior de la iglesia no pudieran hacerse bajo la solería. El único lugar posible era junto a los cimientos. Y tanto andar removiendo tierra en tan delicado lugar a lo largo de más de un siglo, provocó que los cimientos cedieran y la iglesia se viniera abajo. 



La actual Parroquia fue inaugurada con la traída de los restos de Juan Ginés de Sepúlveda que habían sido recuperados entre los escombros y depositados en una urna de madera y cristal. La solemne procesión partió de la casa de sus descendientes, el actual convento de las Concepcionistas, hasta el sitio donde está ubicada su tumba donde se le dio sepultura. Y ahí estuvieron hasta el mes de agosto de 1936. 


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