Mis escritores de género policíaco preferidos (I)

FÉLIX ÁNGEL MORENO RUIZ


Todos los lectores de novela negra tenemos nuestras preferencias. Es una cuestión de empatía hacia ciertos detectives literarios, de sentirse a gusto en el espacio geográfico y social en el que se mueven y resuelven los crímenes, en el estilo de su creador y en su forma particular de ver la vida.

Sirva el presente artículo (y alguno más) para rendir un humilde homenaje a los autores que me han cautivado y para explicar someramente los motivos por los que los considero mis predilectos. Comenzaré con los que, como lector, me asomé al género policial por primera vez. Fue durante la adolescencia, etapa en la que predominan las lecturas desordenadas y la búsqueda de unas señas de identidad. Son tres y todos, casualidades o no de la vida, anglosajones.

Sin ningún género de dudas, Agatha Christie se encuentra en un lugar privilegiado en el virtual altar de mis escritores favoritos. Descubrí a través de ella un mundo que me resultaba ajeno y, a la vez, muy atrayente: la sociedad británica de entreguerras, el Londres cosmopolita con sus hoteles lujosos, la campiña rural con sus vecinos curiosos, unas costumbres y una gastronomía diferentes, Scotland Yard y los superintendentes, los expresos que siempre llegaban a su hora, con sus compartimentos de primera clase y sus vagones restaurantes… Y, todo ello, como marco para unas tramas en las que los crímenes tenían varios sospechosos, cada uno con motivos y oportunidades para cometerlos. La lectura de sus novelas se convertía, así, en una aventura que no defraudaba, en un pulso para sortear sus engañosas trampas y llegar victorioso al final de la historia. Entonces comprobaba, con satisfacción, que había averiguado quién era el asesino o, con asombro, que la escritora se había burlado de mí sacando de la chistera al culpable más inverosímil en el último momento. Pronto Hercule Poirot (el detective belga con cabeza de huevo y ojos verdes de gato), Jane Marple (la ancianita cotilla que se metía en todos los charcos, fuese en su pueblo natal, St. Mary Mead, o en el Caribe) y, en menor medida, los Beresford (Tuppence y Tommy, un matrimonio propietario de una agencia de detectives un tanto especial) y Parker Pyne (un peculiar detective “del corazón”) me cautivaron con sus numerosas aventuras policíacas, que devoraba con verdadera fruición en las soporíferas tardes estivales o en las crudas noches de invierno antes de acostarme.

Agatha fue una escritora prolífica (publicó más de sesenta libros) y esta circunstancia favoreció que ensayara con éxito casi todas las fórmulas detectivescas que hoy siguen vigentes y en las que los narradores actuales se inspiran (o, directamente, copian) en mayor o menor medida. No ignoro que la autora inglesa no disfruta de buena reputación en la novela negra actual. A pesar de que en la adolescencia aún no había madurado el sentido crítico, ya era consciente de que había ciertos aspectos en sus historias que no me agradaban: una visión conservadora y, en no pocas ocasiones, sentimentalista de las relaciones humanas; una actitud clasista, propia de una dama victoriana; los prejuicios hacia los mediterráneos de tez morena… Sin embargo, eran tantos sus aciertos (predominio del diálogo, escuetas descripciones, argumentos bien tramados) y contribuyó tanto a la modernización del género que hoy sigue siendo una de las escritoras más leídas y, sobre todo, más adaptadas a la televisión y al cine.

Hablar de mis lecturas juveniles es hablar también de sir Arthur Conan Doyle y de sus geniales creaciones: el detective Sherlock Holmes y su inseparable compañero, el doctor Watson. Y eso, a pesar de que su autor (como suele ocurrirle a más de un artista que, agobiado por la grandeza del personaje que ha ideado, por la presión de la crítica y del público, termina odiando a su hijo literario) intentó sin éxito acabar con él. Afortunadamente, volvió a darle vida después de un violento encontronazo con su antagonista, el profesor Moriarty, en las cataratas suizas de Reichenbach, para deleite de tantos seguidores que, muchos años después de su muerte, seguimos disfrutado con sus aventuras. El gran acierto de Doyle fue la aplicación del método empírico de la ciencia a la investigación policíaca, el retrato crítico de una nación que, en aquel momento, era un imperio que se extendía hasta los confines del mundo y, sobre todo, la invención de un personaje único, excéntrico, megalómano y bipolar, que, cual Quijote detectivesco acompañado de su fiel y torpe escudero, se dedicaba a resolver crímenes por el mero placer de cultivar el intelecto.

No querría terminar este artículo sin mencionar, aunque solo sea brevemente, al tercer autor de género negro que descubrí en mi adolescencia y que no es otro que Gilbert K. Chesterton. El corpulento escritor, muy dado a los excesos vitales, fue, sin embargo, el creador de un detective aficionado tranquilo, sosegado y gris: el candoroso padre Brown, un cura católico que, en plena Inglaterra anglicana, se dedicaba a desentrañar misterios utilizando su conocimiento de la naturaleza humana, una buena dosis de sentido común y otra de perspicaz inteligencia. Con su particular y reconocible indumentaria (sombrero de teja, sotana y paraguas) y, aprovechando que el desempeño de su oficio solía abrirle las puertas de las casas y el corazón de las personas, el padre Brown solucionaba casos al tiempo que indagaba en la génesis de la maldad humana. Sus maneras pausadas, sencillas y humildes han sido el antecedente y modelo de detectives que luego han seguido su senda: desde el televisivo teniente Colombo a sor Consuelo, la monjita ideada por la pluma de Manuel del Pino, por poner solamente dos elocuentes ejemplos.



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