Llévame a la luna

ANTONIO RUIZ SÁNCHEZ
(Periodista)


Me llamo Kristoffer, soy sueco y me encanta viajar. He visitado cientos de países en todo el mundo y conocido de cerca sus tradiciones, pero siempre recordaré un lugar llamado Pozoblanco.

Había visitado tantas ciudades a lo largo y ancho del mundo que ya nada me llamaba la atención. Un día, presa del aburrimiento y buscando un viaje especial, escribí en Google: “Take me to the moon”. Recorriendo la red, apartando hipotéticos viajes en nave espacial, películas y artículos que no me interesaban, encontré una entrada que contenía la palabra “Luna”. Y allí estaba. “Pozoblanco, Romería de la Virgen de Luna”. Jamás había oído ni leído esos nombres, pero me llamaron la atención. Una virgen de la luna. Un pozo blanco… Sonaba original y exótico, un destino diferente.

Comencé a indagar por internet y organicé mi viaje. A finales de Enero viajé en avión hasta Madrid y allí alquilé un coche para trasladarme a Pozoblanco.

Conforme iba acercándome, quedé asombrado del entorno natural que me encontraba. Había mu-chas encinas y una vegetación que nunca había visto en Suecia. Cerdos, ovejas y vacas salpicaban el paisaje y lo llenaban de vida.

Cuando llegué a aquel pueblo me sorprendió que todo el mundo se saludaba por la calle y se decían ¡adiós! unos a otros. No domino muy bien el español pero no tuve problema en localizar los sitios porque la gente era muy amable y me indicaba sin problema. A una señora muy simpática le dije que había viajado hasta allí para vivir la Romería de la Virgen de Luna, así que gracias a la infor-mación que me proporcionó supe que el domingo de la Romería muy temprano, los hermanos de la Virgen de Luna iban de casa en casa despertándose unos a otros para acudir al santuario. En-seguida pensé en mis amigos suecos y lo que me dirían si los llego a despertar a esas horas en las que ni siquiera ha salido el sol.

Los hermanos de la Virgen de Luna me parecieron personas muy respetuosas de sus tradiciones y que vivían profundamente su Romería. Me asusté un poco cuando vi sus escopetas, pero me di cuenta que dar tiros al aire era parte de su tradición y lo hacían en señal de alegría y respeto.

Me habían dicho que para vivir la experiencia completa de la Romería tenía que caminar varios kilómetros hasta la ermita donde estaba esperando la Virgen de Luna, en la Jara. Recuerdo que aquella palabra me encantó la primera vez que la oí y nunca más la olvidé.

Así que bien equipado con zapatillas de deporte, me dispuse a caminar hasta la ermita para ver a aquella Virgen de Luna que no conocía pero, no se porqué, sentía ganas de estar cerca de ella. Quizá fuera la emoción y la alegría que me iban transmitiendo las personas que me iba encontrando por el camino y que también andaban hasta allí.

Fue un trayecto inolvidable porque, aunque hacía un poco de frío, disfruté de un amanecer que jamás había visto en mi vida. Quedé sobrecogido por las tonalidades del cielo, el color del sol y la forma de las nubes mientras el sol ascendía iluminando las encinas y el precioso paisaje de la dehesa.

Aquella palabra, dehesa, me pareció extraña cuando la oí, no sabía lo que significaba. “Dehesa es un bosque de encinas”, me dijeron. Pensé que debería haberme llevado papel y bolígrafo para apuntar todas las nuevas palabras que estaba aprendiendo, pero la guardé en mi memoria para no olvidarla.

Llegué a la ermita algo cansado pero muy satisfecho. Me encontré con un paraje que me encantó a primera vista. La ermita, una gran explanada, una cruz de piedra, encinas por todas partes…Era un sitio único y singular.

La gente iba llegando y el ambiente se llenaba de bullicio y fiesta. Todos estaban muy contentos y saludaban a amigos y conocidos que se iban encontrando. Comían muchas variedades de cerdo: jamón, lomo, salchichón, chorizo… Todo estaba delicioso, pero me llamó especialmente la atención lo que ellos llamaban lechoncito frito. Aquello era lo mejor que había probado nunca.

Y ya que todo el mundo me invitaba, no dudé en declinar una invitación. Así pude probar la deliciosa gastronomía de Pozoblanco, algo que no había encontrado en ningún país en el que había estado.

Pero por supuesto, no me había olvidado de la Virgen de Luna. Me acerqué a la ermita a verla y allí vi que todos tiraban de una cuerda muy larga que hacía sonar la campana de la pequeña iglesia. “De aquí no te puedes ir sin tirar de la soga de la campana”, me dijeron. Así que tiré unas cuantas veces. Yo ya me sentía pozoalbense total. “¡Tarugo, ya eres todo un tarugo!”, me decían mientras me daban golpecitos en la espalda.

Finalmente entré en la ermita y allí estaba ella. La Virgen de Luna. En Suecia no era común ver algo así, la imagen de la Virgen María con su hijo. A mi me impresionó la gran humanidad que reflejaba la cara de la Virgen y la devoción con que la gente se acercaba a ella, rezaba y hablaba como quien habla con su madre.

El día se pasó rapidísimo y cuando me di cuenta, ya tenía que volver. Había sido un día inolvidable, pero todavía no había terminado. Me emocionó ver como uno de los hermanos de la Virgen de Luna ondeaba una enorme bandera y me encantó ver como los niños le ofrecían a la Virgen unos dulces llamados hornazos, que también tuve la oportunidad de probar. Estaba el hornazo tradicional de torta y huevo duro y una especie de versión moderna con huevo de chocolate. Ni que decir tiene que ambos me encantaron, porque no son cosas que encuentras normalmente en Suecia.

La Virgen salió en procesión desde la ermita hasta una iglesia de Pozoblanco llamada Santa Cata-lina. Comprobé como todo el mundo la recibía lleno de alegría y en un ambiente festivo.

Al día siguiente llegó la hora de marcharse. Me iba con cierta tristeza pero muy feliz por haber conocido a gente tan amable y por haber vivido experiencias únicas que nunca había encontrado en ningún otro lugar del mundo.

La Virgen de Luna y Pozoblanco quedaron en mi memoria y en mi corazón desde ese viaje. El día que escribí en Google “Llévame a la luna” nunca pensé que conocería un lugar tan único con unas costumbres y tradiciones tan especiales. No viajé hasta la luna, pero me llevé la Luna conmigo.



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