Días de tambor, pólvora y hornazos


ARTURO LUNA BRICEÑO


Diputados para traer y llevar a la Virgen 

Uno de los pocos documentos que se salvó del Archivo del Ayuntamiento de Pozoblanco a primeros del siglo XIX, data del año 1806 y dice que se presenta Fernando de Sepúlveda y Gallardo para recoger el Acta de Diputado para traer y llevar a la Virgen de Luna a su Ermita. Privilegio que le pertenece a su familia y por haber muerto su tío Fernando de Sepúlveda y Escalera, que lo gozaba, lo reclamaba él.

Fernando de Sepúlveda y Gallardo es uno de los hombres más activos de Los Pedroches del Siglo XIX y uno de los menos conocidos. Era el poseedor del Vínculo o Mayorazgo que fundó Juan Ginés de Sepúlveda y por lo tanto su heredero universal. Fue, junto a su yerno, Antonio Félix Muñoz el gran animador de la Sociedad Económica de Amigos del País, que entre otras cosas instituyó una logia masónica, desamortizó las tierras de la Iglesia, creó la Junta de Sanidad y para ello liquidaron y fusionaron los dos Hospitales: el de Pobres de la Cofradía de la Caridad y el de Jesús Nazareno.

Fue Diputado a Cortes y Comandante en Jefe de los dos Regimientos de Milicias Nacionales de los Pedroches. Bajo su mandato se dividió el término Común de las Siete Villas, sin hacer mención ni tener en cuenta las Escrituras de Compra que les dio el rey en 1645. Aprovechó su influencia política para hacerse con muchas propiedades en las Desamortizaciones de Mendizábal, entre ellas el Eremitorio de Pedrique, donde se construyó un gran cortijo que hoy se anuncia a bombo y platillo como Monasterio en el que vivió Juan Ginés. Nada más lejos.

Años más tarde en el Callejero que hizo el Ayuntamiento Liberal, seguidor del General Espartero, en la sesión del 27 de Junio de 1841 se leía: “ Calleja de Díaz Morales, a la antigua de Martín Redondo, vulgo también Risquillo, en justo tributo y gratitud al patriota y Diputado a Cortes en 1822 y Diputado Provincial y suplente en la actualidad de este Partido Don Francisco Díaz de Morales, teniente Coronel de Artillería de la Ciudad de Córdoba por el interés y esmerado celo con que ha defendido en todos los tiempos a los vecinos de esta población.

Díaz de Morales está ligado a la Virgen de Luna en dos acontecimientos. Uno porque quiso crear un pueblo en el Santuario a costa de entregarles treinta fanegas de tierra a las viudas y huérfanos de los milicianos nacionales muertos en la batalla de la Garganta. La iniciativa no gustó a las Siete Villas y no se llevó a efecto.

La otra fue la creación de la Milicia Nacional de Pozoblanco en 1833 siendo alcalde Fernando de Sepúlveda y Gallardo, año en que ejerció su derecho a traer y llevar a la Virgen a su ermita acompañado de “su” Compañía de la Milicia Nacional.




La Hermandad de la Virgen de Luna

Desde muy antiguo. Quizás antes de que se fundaran Pozoblanco y Villanueva, la tierra santa de la Virgen de Luna ya existía y debía de ser lugar de peregrinación. Pero desde que las dos Villas que la veneran fueron poblaciones de entidad acudieron a por ella a su ermita para que acabara con una sequía, los liberara de una plaga o para hacerle fiesta por agradecimiento. Para acudir al santuario había que ir armado para defenderse de los osos y los lobos, muy abundantes hasta el principio del Siglo XVII. La Crónica de Pedro el Cruel dice que estuvo en los Pedroches cazando osos.

En el siglo XV y XVI solo los Caballeros Cuantiosos, aquellos que tenían más de dos mil ducados de capital y que estaban obligados a acudir con sus gentes a la Guerra con el Rey, eran los encargados de traer y llevar a la Virgen. Solo ellos y sus criados tenían licencia para portar armas. A principio del Siglo XVII existían en Pozoblanco cinco Caballeros Cuantiosos, tres pertenecían a la Familia Pedrajas y dos a los Arévalo Sepúlveda.

El Concejo los nombraba Diputados y Mayordomos y a sus expensas debían de costear la Romería. La traída y la llevada duraba una jornada. Se preparaba comida fría, entre ella el típico hornazo, y vino que se llevaba en una carreta y en este mismo vehículo se traía a la Virgen. Los romeros armados eran invitados de los Caballeros Cuantiosos y ser elegido se consideraba un honor. No existía Cofradía porque los derechos sobre la Virgen y el Santuario eran del Concejo que sufragaba la cera y los gastos de la procesión y la fiesta en el pueblo.

Era tal el celo que se ponía en dar escolta a la Virgen que cuando Bartolomé de Sepúlveda y Escalera invitó a traerla, allá por los años de 1750, a Andrés Peralbo Cruzado, al que consideraban de descendencia judía, nadie quiso acompañarlo.

A partir de 1836, bien por existir la Milicia Nacional y para no ser sorprendidos por las Partidas Facciosas, la Compañía establecida en Pozoblanco comenzó a dar escolta al Diputado, mayordomo y romeros y hacer los Honores de Ordenanza a la Virgen.

Existen dos actas capitulares muy ilustrativas sobre esta Milicia una es la de la Sesión del 12 de Agosto de 1841: “ Acordaron constase en acta que los días festivos del mes de Julio y los domingos del presente agosto que han precedido sin haber tenido sesión ha sido por haberlos dedicado a la rectificación del alistamiento y a los sorteos de los reemplazos de 1840 y 1841; y que para el Domingo próximo, quince del actual en que se ha de jurar la Bandera de este Batallón de la Milicia Nacional se convide e invite a su asistencia a los Ayuntamientos, Milicias y Autoridades y no solo de los pueblos de este Partido sino del de Hinojosa y demás de este distrito de la Sierra, que se proponga a todos los Nacionales la puntual asistencia para aquel día, y se nombre comisión que cuiden de la Plaza de Toros para las capeadas que han de correrse, para baile y para la comida, ambigús y refrescos; así como otra que cuide de aposentar o alojar las personas distinguidas, consideradas de modo que haya en todo abundancia, pero al mismo tiempo el mayor arreglo y franca cordialidad, orden y la dignidad correspondiente a un acto tan solemne”.

Curiosamente la Milicia existía desde hacía años pero no tenían bandera y la habían encargado que se la bordaran en Córdoba con un escudo en el que figuraran una encina, un brocal y sobre él un gallo altivo. Un gallardo, en honor a su Comandante recientemente fallecido. Escudo que desde la bandera, con su formato llamado de “señorita”, fue adoptado por el pueblo en 1842.

El acta del día 19 de Agosto de 1841 dice: “ Después de haber concluido el acto cívico militar religioso de la bendición de la bandera de esta Milicia Nacional y a petición del distinguido patriota Don Francisco Díaz de Morales, ex diputado a Cortes y Provincial, Teniente Coronel de Artillería y Comandante de la Brigada Nacional de la Sierra de Córdoba que generosamente se había brindado, conducirla de aquella capital donde se había bordado a ésta donde tan dignamente ha sido bendecida y jurada, acordó constase este solemne acto en Acta del Ayuntamiento, sin perjuicio de referir por medio de la prensa del noble y gustoso y patriótico comportamiento de la municipalidad y la oración pronunciada por el Capitán de Granaderos del mismo Batallón Don Andrés Gonzalo Peralbo y demás circunstancias que habían concurrido a solemnizar y hacer memorable este día. Y acordado así siendo difícil enumerar todos los hechos en este acta”.

Esta es la fecha en que se hicieron las primeras descargas de salvas saludando a la bandera.
Cuando las partidas Carlistas fueron desapareciendo, el espíritu patriótico fue enfriándose y la costosísima Milicia Nacional fue perdiendo miembros y funciones. Solo quedó como una compañía de honores y así la recuperó la Hermandad de la Virgen de Luna, cuando se fundó después de las Desamortizaciones de Madoz, en la que el Santuario y sus tierras le fue asignada al mejor postor.

La Milicia Nacional desapareció pero su instrucción y sus rendimientos de honores a la Virgen y a la Bandera siguen vivos todos los años, cuando antes de primavera, el pueblo se despierta para ir a por la Virgen y lo mismo cuando, ya granada la primavera, vuelve a sonar el tambor por las calles para con su redoble convocar a la milicia para ir al Santuario.

Ya no bailan los “poseídos” en las puertas de los hermanos pidiendo bellotas, almendras, caramelos y monedas. Ya no repica el tambor para que bailen los muchachos, pero si sale el carro de la comida y se vuela la bandera y el pueblo “con manda” se encamina por los Callejones de la Virgen a su cita con la Jara. Camino que desde hace muchos siglos huele a pólvora, a rogativa y a oración.

Otro año más el capitán verá como el alférez vuela la bandera, el sargento guía la tropa y el cabo cuida la retaguardia. Es la vieja estampa de una milicia urbana que ennegreció la casaca hasta convertirla en levita, el quepi moñudo se convirtió en mascota de día de fiesta y los galones en escarapela con los colores nacionales. De las viejas armas aún se cuelga la cuerna de la pólvora en bandolera, a la cintura luce un sable y se ha añadido una canana. Una tropa improvisada que no ensaya y que rinde honores por tradición. Porque así ha sido siempre y así será. 



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