Carretera de sierra

MIGUEL CARDADOR LÓPEZ
(Presidente-Editor)


Hace unos días mi amigo Juan, camionero, me contó un episodio que sucedió hace años en una carretera de nuestra Sierra Morena. Un coche Opel se salió de la carretera en una zona de plena sierra y el vehículo se despeñó al fondo del barranco.

El de aquel año era un invierno particularmente duro, algo parecido a lo que estamos pasando en la actualidad, en las últimas semanas. El coche, al caer, desapareció entre la niebla como si se lo hubiera tragado un portón al submundo. De no haber sido porque Pedro, conocido de mi amigo Juan, venía con su camión en dirección inversa y pudo ver el accidente, el coche podría haber permanecido perdido allí hasta bien entrada la primavera.

Avisada una pareja de la Guardia Civil su Patrol tardó 25 minutos en llegar. Los guardias necesitaron una cuerda para llegar hasta el Opel y en la operación se hicieron heridas leves y desgarros en los uniformes. En el coche descubrieron a una mujer de unos 40 años de edad, herida, como pasmada todavía por el shock, a la que costó mucho subir hasta la carretera.

Un guardia le preguntó a la mujer si con ella iba alguien en el vehículo que pudiera haber salido despedido durante la caída. En ese instante, en el rostro de la mujer, como si acabara de recordar algo, se dibujó una expresión de espanto: ¡Mi madre! ¡Mi madre iba conmigo!, gritó, e inmediatamente después sucumbió en un desvanecimiento que, una vez evacuada al Hospital Reina Sofía, se haría más profundo por culpa de un coma inducido.

Los guardias volvieron al lugar y buscaron a la anciana hasta que se hizo de noche. No la encontraron, tampoco al día siguiente, ni al otro, donde dieron por terminada la búsqueda.

El misterio de la desaparición se propagó por los pueblos cercanos. Se decían hasta barbaridades de que a la vieja se la podían haber llevado los lobos, y que ya estaría devorada. También otros llegaron a decir que la anciana podía estar por el monte vagando absolutamente amnésica. Así hasta varias conjeturas más cargadas de tintes fantástico-dramáticos. Cómo no, también salió a relucir el de la presencia de un asesino psicópata que estaba resguardado en lo más arbusto de la sierra desde que un tiroteo en un control había provocado la fuga a pie de ese hombre armado que en el maletero del coche llevaba un cadáver.

Nada de esto había sido comprobado jamás. Pero en los pueblos deseaban creerlo y hablaban de ello junto al brasero o a la chimenea de leña, en momentos en los que algunos querían creer que aullaban los asesinos de desaparecidas viejas.

Todo el mundo se encerraba en casa temprano, a media tarde, cuando caía sobre los tejados la prematura noche invernal.

Una semana después de este incidente la mujer accidentada despertó en el hospital. Los guardias pusieron sumo cuidado en no agitarla demasiado al decirle que no encontraron a su madre después de tres días intensos de búsqueda. Luego salieron lívidos de la habitación después de que ella les diera una más concreta explicación.

Y volvieron al lugar donde permanecían los restos del vehículo accidentado, y en el maletero encontraron una urna que contenía las cenizas de una mujer que días antes en un tanatorio había sido incinerada. Eran las mismas cenizas que pretendían ser aventadas en un lugar determinado de la sierra por su hijo.


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