¡Se escribe WhatsApp! Ayudar al casero

JUAN BAUTISTA ESCRIBANO CABRERA



Si muchos cortijos de nuestra sierra y de nuestra jara se están derrumbando o, peor aún, se encuentran en un lastimoso estado de absoluta ruina y abandono, ya me dirán ustedes a dónde han ido a parar la mayoría de los oficios y de los roles sociales que -no hace tantos años- se daban en ellos. El casero, la casera, los hijos e hijas del casero, los gañanes, los segadores, los porqueros, los pastores,… el amo y el hijo del amo.

El hijo del amo era ese muchacho tan feo, tan feo que… solo dejaba de serlo y de que se lo dijeran, cuando corría la noticia de que era precisamente “el hijo del amo”. A partir de ese momento y “bien mirao” no resultaba tan feo el muchacho.

Estos cortijos, convertidos hoy (según su suerte) en un montón de escombros o en casita rural para uso y disfrute del ocasional turista, gozaron en los primeros años del pasado siglo de una vida social que, ahora, cuesta siquiera imaginar. Eran como pequeñas aldeas en las que, en relación a la temporada agrícola o ganadera (siembra, siega, montanera,…) en la que se encontraran, multiplicaban su número de habitantes o se despoblaban. Es evidente que la razón principal por la que los caseríos de nuestros Pedroches de nuestra alma se llenaban de gente se llama trabajo y es sabido que dónde se congrega gente (sobre todo gente joven) para trabajar, aunque sea de sol a sol, aún quedan ganas de diversión para cuando el redondón amarillo hace mutis por los montes que se miran en el Zujar.

Hoy los cortijos se han vaciado y, si acaso, ofrecen un uso ocasional y muchas veces asociado al ocio, que algunos confunden con el bienestar. Conviene aclararlo porque estar bien o bien estar no es, ni mucho menos, vivir en estado de ocio permanente. Yo, cuando escucho hablar de la sociedad del bienestar, entiendo una cosa bien distinta. Para mí se trata de una sociedad laboriosa, con trabajo digno para la mayoría y con escuelas gratis, medicinas y hospital (que nos cantó el coplero Carlos Cano), solidaria, comprometida de verdad con el medio ambiente,… y con su necesaria dosis de cachondeo y esparcimiento.

Ojeando las programaciones que realizan muchos ayuntamientos (no hablo de política ni, por supuesto, de colores) llaman la atención los bienintencionados y elaborados programas para ocupar nuestro tiempo de diversión. En esos mismos ayuntamientos, sin embargo, y en la sociedad de nuestros queridos Pedroches de nuestra alma, en general, se echan de menos iniciativas y avances significativos en lo que debería ser la prioridad número uno, que no es otra que disminuir el número de ociosos forzosos por kilómetro cuadrado, sobre todo entre los jóvenes. Quiero decir que cuando la gente tiene trabajo y se siente útil, valorada e importante en su parcela, no hay que esforzarse tanto en buscarle programas para que se diviertan. Somos capaces de hacerlo solitos, aunque se agradezca una cuidada oferta, ya sea pública o privada.

Como queda dicho, cuando en aquellos vetustos cortijos terminaba una temporada o faena concreta y se acababa el tajo, solía llegar el consiguiente despoblamiento. Cuentan que, en esos días de fin de un ciclo, un jovenzuelo -se habría quedado por ser familia de los caseros que, como su nombre indica, permanecían en la casa todo el año- deambulaba solo por el corral del caserío, cuando fue interpelado por alguien (no sabemos si el amo) que llegó por sorpresa: “Bueno y ¿tú qué haces aquí, ahora?” El muchacho, sin dudarlo, contestó: Yo… ¡Ayudar al casero! Pero vino una segunda y traicionera pregunta: “¿Y qué hace el casero?” Esta, el joven, la pensó un poco más y finalmente con la misma franqueza, respondió: “Na”.

La respuesta, sin duda, injusta para quién cuidaba con esmero de la hacienda, no oculta que si aquel joven percibía que en el cortijo no había “Na” que hacer, (aunque no lo refiera el chascarrillo) lo más seguro es que, más pronto que tarde, recogiera el “jato” y se marchara de allí.

Bienvenidos a ¡Se escribe WhatsApp! Muchas gracias por acompañarme hasta aquí. No es necesario añadir jejeje ni marcar emoticono alguno. Espero que nos sigamos encontrando en alguna de las plazas de nuestra comarca y, si las ofertas de ocio nos dan un respiro, podemos hablar de qué tareas les hemos reservado a nuestros jóvenes y si solo les ofrecemos (a corto, medio y largo plazo) la de ayudantes del casero, no nos debe extrañar que, en nuestros queridos Pedroches de nuestra alma, los cortijos se vengan abajo, las casas se cierren y los pueblos se queden sin gente.


Cuando nuestros muchachos y muchachas se alejan en masa (en muchos casos sin billete de vuelta) imagino una manifestación en la que el lema más coreado es: ¡Menos ocio y más bienestar! Pero deben de ser eso, imaginaciones mías o que cada día me va faltando más el oído. 



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