Dehesa, lluvia, tradiciones y nuestra Virgen de Luna

EMILIO GÓMEZ
(Periodista-Director)


La caja del tambor hace retumbar las paredes de las calles. El sonido abre paso entre la algarabía de los muchachos. Al oír ese repiqueteo nos escapamos a conquistar el tiempo, ese tiempo que regresa con la llegada de la Romería. Cuentan que la Virgen se enamoró de nuestra dehesa y quiso quedarse allí. Entró sin hacer ruido, a la luz de la luna y con el canto de la noche en la Jara. Por eso las estrellas brillan con tanta fuerza en ese encinar y la luna se ve tan clara.

Este año la dehesa no ha sido ese tapiz verde al que nos tenía acostumbrados por estas fechas. No ha corrido el agua por los arroyos y no ha latido en su esplendor. La escasez de lluvias nos ha dejado sin ese jardín natural tan nuestro. Nuestra dehesa es una tierra fabulosa, un paraje fantástico, un reino maravilloso para contemplarlo. Un mosaico deslumbrante lleno de pozos antiguos a los que este verano se les verá el fondo (si todo sigue así). Cuna del cerdo ibérico y tierra de valientes ganaderos a los que casi nunca les cogió el sol metidos en la cama. El campo funciona como una gran fábrica al aire libre en su quehacer diario.

Los sueños por aquí vuelan lentamente como nubes que se mueven contigo en tu camino. Los colores ocres del atardecer y el sol entrelazado del amanecer entre las encinas nos marcan el camino. Belleza y más belleza. No hay charcos en el camino que nos llevará al Santuario. Todo muy seco. Lo que no se seca nunca es el amor que se tiene a la Patrona. Después de haber andado muchas veces el camino uno llega a la conclusión de que las cosas no se acaban, empiezan sin más. Uno las contempla mientras está. Estamos hechos de momentos. Y volvemos siempre a esos sitios que nos atraparon en esos instantes. La memoria es viajera por lo que recuerda. Somos como los peces que siempre vuelven al río que conocen, porque allí se quedaron los trocitos de vida que vivirán después en peces nuevos.

La devoción se mezcla con la fiesta y con el verso. Nos subimos al caballo que aún anda dando vueltas por el tiempo con amor de hornazo, de Arroyo Hondo, de Venta Caída, de Pisa El Moro, de soga y campana, de verde Jara, de bellotas de la Virgen. El milagro ya está hecho. Acaso no es milagro esa manera de conmover, de recordar y de generar emociones. ¿Hay algo que pueda aglutinar más sentimiento? Las cosas que son verdaderas son las que se sienten y perduran. Durante siglos esta tradición ha provocado tantas cosas. Ha mezclado sabores viejos y nuevos pero seguimos celebrando que nos siga enamorando este día, este camino, este Santuario.

Por encima de todo debemos de conservar nuestras tradiciones. No debemos copiar lo que en otros sitios hagan. Hay muchas romerías como hay muchas ferias y Semanas Santas por ahí. Pero nuestra celebración debe ser la misma que vivieron nuestros abuelos, padres y nuestros hijos en cada sitio. Eso lo hace bien la Cofradía de la Virgen de Luna que no se mueve nunca de su ritual.

Hacer el camino es recorrer nuestra vida en zapatillas. Sonido, eco, viento, soplo, aire. Es el diálogo que mantenemos con nosotros mismos sabiendo que al llegar todo será como ha sido siempre. Vivimos en una sociedad de cambio permanente, de usar y tirar. No solo en lo material sino también en lo sentimental. Es por ello que debemos conservar lo vivido, lo que nos une y lo verdadero. La Dehesa es color, silencio, quietud, escarcha, bellotas en el suelo, paredes de piedra. La Romería de la Virgen de Luna es la fiesta que rompe ese silencio entre las encinas.


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