El libro del Arca

ARTURO LUNA BRICEÑO


El Archivo de Protocolos de Pozoblanco, que se encuentra en el Archivo Municipal, comienza, en la parte que se conserva, en 1591 y tiene en protocolos de diferentes siglos una extraordinaria colección de ajuares de novias de Pozoblanco, Novias, que desde tiempo inmemorial tejían, cosían y bordaban las ropas que necesitarían en sus futuros hogares. Yo he conseguido algunos más antiguos, como el de María de Sepúlveda, hija de Bartolomé de Sepúlveda y primera heredera del Mayorazgo que fundara el Cronista. Es de 1564 y de una gran riqueza. Tengo una copia de otro, también muy antiguo, en el que se hace el listado de la dote que tenía que recibir una huérfana pobre que dotaba la Capellanía que en Santa Catalina fundara Juan Ginés de Sepúlveda y a la que destinó todas las tierras, casas y dineros que percibió por su condición de sacerdote. Beneficios curatos, raciones de Iglesias y sueldo de Capellán del Rey, que no era poco el emolumento.



Cuando un ajuar era de familia pudiente figuraba, entre los objetos a citar, un arca de pino claveteada, con cerradura de forja, que para abrirla se necesitaban unas llaves como las que porta San Pedro en algunos pórticos de las Catedrales de España. Y ya se sabe el viejo dicho de los tejedores de bayetas, que tanto abundaron en nuestra tierra: El buen paño en el arca se vende.

Y es que en aquellos tiempos un traje, un abrigo, una camisa o una ropa interior tenían que durar años. Había que cuidarla tanto al lavarla, que los lavadores de pino estriados, eran muy traidores y luego había que guardarla en lugar seco y aislado de las polillas, que tanto gustan de cargarse las prendas en los armarios. Y para evitar que los mariposones se comieran parte del ajuar dentro del arca, entre los paños y las ropas, se introducían membrillos maduros que impregnaba el interior del arca de un buen aroma, a la vez que ahuyentaban a las polillas.



Pero ya está bien de hablar del arca y ahora vamos a hablar del libro.

En mi vida hay unas constantes, que están a medio camino de la obsesión y la manía: Y es recuperar los viejos libros que en mi pueblo dejaron una impronta. Textos ajados por el uso que sirvieron para formar el espíritu y el talante de muchas generaciones. Una constante en la forja de la manera de ser que caracteriza a las gentes de Pozoblanco. Uno de estos libros es el de Los Coloquios que durante cinco generaciones ha utilizado la familia de Mari Carmen Luna, mi mujer, mi mayor crítica, mi editora y la impulsora de que yo pase muchas horas enfrentándome a la página en blanco.

Los Coloquios es un teatro de Navidad, que surgió de la pluma del Cura de Colmenar de Málaga; Don Gaspar Fernández y Ávila, Ya os he hablado de este libro y en el momento histórico en que se escribió- Ahora, cuando el próximo día 28 de Diciembre, y no es una inocentada, si la autoridad, el tiempo y la imprenta no lo impiden lo presentaremos en Pozoblanco.



Este libro me recuerda al manuscrito que sobre la risa escribió Aristóteles, y que es el eje de un crimen en la película del Nombre de la Rosa. Y me viene a la memoria porque el libro en cuestión tiene el ángulo inferior derecho de sus páginas algo ennegrecido por la huellas de tantos y tantos dedos ensalivados que lo han repasado a lo largo de dos siglos.

El libro pertenece a una de las ediciones de Los Coloquios que se hicieron en Madrid en los 20 del Siglo XIX. Pero no es un libro más. Es un libro, que como el buen paño se guardaba en un arca. Y solo se sacaba para Adviento y Navidad. Se hacía para copiar los papeles que se debían dar a cada actuante en la representación del Misterio del Nacimiento de Jesucristo. Tradición perdida en nuestro pueblo y que con este Ensayo Histórico pretendo que al menos se retome para crear retablillos con los que pedir el aguinaldo.



Existían otros días en que el libro era sacado del arca. Era cuando esas tormentas que se ceban en Los Pedroches yendo y viniendo, sin piedad, desde el Puerto de Mochuelos al Puerto del Calatraveño. Un ir de Sierra Madrona a Sierra Morena crujiendo con sus truenos las bóvedas de las casas. Cuando esto pasaba se iba a por el libro y se recitaba “El Magnificat”, para conjurar la tronada. O por si acaso, Santa Bárbara escuchara algo, e intercedía para que la Sierra Madrona dejara pasar la tormenta a Tierras de la Mancha. Lo dicho es la historia que hay en torno a un libro que arropó la cultura sentimental de cinco generaciones de Pozoblanco.



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