Vivir con una enfermedad crónica

MIGUEL CARDADOR LÓPEZ
(Presidente-Editor)


Durante nuestra corta o larga existencia en esta vida terrenal hay algo que está por encima de todo: vivir teniendo salud. Tópicos aparte, después de tener nuestras necesidades básicas cubiertas, lo más importante de todo es el patrimonio de estar sano.

Es increíble y admirable que haya personas que pasan de los 70 años y que en su vida no han tomado una pastilla, ni apenas han acudido al médico. Lógicamente estos son una minoría, porque por desgracia son muchas las personas que tienen que vivir con una enfermedad crónica de por vida.

En una parte están las enfermedades derivadas del estado físico, que en parte merma la calidad en la movilidad de la persona, siendo más o menos reducida dependiendo de la propia patología y de la fuerza mental que tenga el enfermo para vivir con ella el día a día.

En el otro apartado están las del tipo mental, que son más complejas, porque a pesar del gran avance médico en el que estamos la mente sigue siendo una gran desconocida, pues a través de ella el ser humano es capaz de hacer lo mejor como también las atrocidades más grandes.

Dentro de estas enfermedades de la mente hay bastantes como la ansiedad, la variedad de depresiones, el trastorno obsesivo, el trastorno obsesivo compulsivo, la doble personalidad, la esquizofrenia, la falta de afectividad, alzhéimer, demencia senil, etc.…

Todas éstas están creciendo en los últimos años, como se demuestra con la atención y ocupación de profesionales en el sector público y sobre todo en el sector privado, pues psicólogos y psiquiatras tienen sus consultas abarrotadas de pacientes. Se calcula que un tercio de la población española, aproximadamente, necesitará en algún momento de su vida atención profesional.

Todos conocemos en nuestro entorno personas que padecen alguna de estas o parecidas patologías y otras que las padecen en el anonimato.

Centrándome en estas últimas, puedo decir con base, que son un calvario y por momentos llegan a ser un infierno en vida, porque la mente en vez de ser un aliado positivo se convierte en el más atroz enemigo, convirtiéndose en una losa muy pesada en el día a día, reduciendo la calidad de vida al mínimo, porque en muchos momentos los “enanitos dañinos” que se introducen en la cabeza se imponen al sentido común, haciendo pasar al enfermo un bloqueo de tal magnitud que anulan la capacidad normal como persona.

La medicina ha avanzado y ayuda, pero solo eso, ayuda, y dependiendo de cada organismo, además de los efectos negativos que muchas veces ejerce sobre otros órganos que anulan su capacidad a la mitad.

No es baladí el dato que más de 3.400 personas al año fallecen por suicidio en nuestro país, teniendo el 85% relación directa con una enfermedad mental. Cuando una persona llega a esta drástica y trágica solución de quitarse la vida, es porque no puede seguir luchando, el vivir se le hace una bola mastodóntica de inercia negativa y deciden poner el punto y final.

Toda ayuda es poca, aunque en muchísimas ocasiones los que conviven directamente con la persona que padece la enfermedad no entiendan muchas de sus decisiones, o mejor dicho, de su falta de decisiones. Que sepan que el que peor lo está pasando es el enfermo, y que su apoyo y ayuda es vital.

El trabajo, el deporte, la lectura, la música, la selección de programas televisivos, la convivencia social, etc, son muy buenos “medicamentos” para intentar que por lo menos en esa vida de irregularidad que tendrá el paciente, quizás lo más importante sea que en los días de bajón estos no pasen de un grado y en los buenos por lo menos se llegué de 0 a 10 al 5 ó 6, porque en la mayoría de los casos la misma permanecerá con nosotros hasta el final de nuestra existencia.


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