¡Se escribe WhatsApp! Tres veces diez y una vez tres

JUAN BAUTISTA ESCRIBANO CABRERA



Mis compañeros de clase y yo mismo, los pies colgándonos del banco o llegando al suelo con dificultad y leyendo en la pizarra (cual niños chillones de San Ildefonso) cantidades de tres, de seis y hasta de doce y más cifras. “…Tres mil trescientos treinta y tres millones trescientos treinta y tres mil trescientos treinta y tres”. Cuando aprendías la mecánica y una vez lanzado, encadenabas los números que te pusieran por delante. Así, ¡Del tirón!

Crecimos convencidos de que dos y dos siempre son cuatro y de que, te pusieras como te pusieras, las matemáticas nunca fallan. Las ciencias exactas cerraban el círculo y nuestro mundo se configuraba redondo, preciso y, en cierto modo, previsible. Y esa exactitud lo dotaba todo de una aparente certeza y seguridad. El paso del tiempo nos demostró que, como en tantos otros terrenos de la vida, se equivocaban los que así lo enseñaban y los que lo aprendimos como un credo.

En mi infancia conocí a un pastor que nunca había acudido a la escuela, siempre quedó demasiado lejos de su casa y de su existir y en lo relativo a cantidades, la instrucción recibida no pasó de la decena. Del número de dedos que sumaban sus manos de niño, que los años se encargaron de llenar de cicatrices y de vivencias, contadas invariablemente de diez en diez. Si se le preguntaba el número de cabezas de ganado que conformaban su rebaño de ovejas contestaba: “Tres veces diez y una vez tres”. Al carecer de la formación oportuna, nuestro pastor se vio privado de bastantes estímulos y emociones y perdió, qué duda cabe, muchas oportunidades en su vida pero ¿Era un inculto aquel hombre?

Incapaz de contar hasta treinta y tres, en cambio, podía sobrevivir solo durante días en el campo, sabía partear una oveja, podía ordeñarla, ayudarla a amamantar a su cría si era necesario, defenderla de las alimañas, llegado el caso podía desollarla y cocinarla de distintas formas, curtía su piel, adiestraba a sus mastines, con un cordero pequeño sobre sus hombros era capaz de caminar largos trechos, por eso sentía una punzada de dolor cada vez que veía partir a un grupo de sus borregos camino del matadero…

El tomate que se comía en el mes de julio había comenzado a gestarse el verano anterior con la selección y secado de las pipas, con guardarlas en lugar apropiado, con la preparación y cuidado de la almáciga, con la siembra de las tomateras en el momento y lugar oportuno, con regar, estercolar, arrancar las malas hierbas,… hoy, como todos sabemos, resulta mucho más sencillo ¡y rápido! comprarlo (no haré publicidad) ¡Cualquier mes del año! que nos apetezca. Si algunos niños de los sesenta, a la pregunta: “¿De dónde sale el pan?” respondían sin dudarlo: “¡Del cajón!” No quiero ni pensar lo que contestarán ahora (sin consultar Wikipedia) si les preguntas ¿De dónde viene el tomate?

Aquel hombre nunca aprendió a contar más allá de la decena, pero se adaptó al medio que habitaba y vivió razonablemente bien (sin entrar en detalles) con los tiempos y la realidad que le sirvieron de marco histórico-geográfico. Nuestras señas de identidad y nuestros rasgos culturales se hallan íntimamente unidos a un mundo rural que, incluso para nosotros, ya es pasado. Y si, por alguna razón que no acierto a imaginar, nos acercamos a él, lo percibimos como un viejo documental en blanco y negro de Oficios para el recuerdo. Todo ha cambiado y se configura de manera muy distinta a como lo aprendimos. Y me pregunto si vale la pena recordarlo, valorarlo y quererlo. O se trata solo de un vacío ejercicio de nostalgia. Me faltan respuestas.

Es cierto que ya no se cuentan cuentos al calor de la lumbre porque, para empezar, no hay lumbre. Tal vez por ello no hemos reparado en que sí quedan cuentos y abuelos y niños. A ver si resulta que cambiamos la candela por una tele o un ordenador y nos creemos que nada de lo demás sirve, incluyéndonos a nosotros mismos. Lo realmente peligroso –digo yo- no es que hayamos cambiado, sino que despreciemos lo que fuimos.


Bienvenidos a ¡Se escribe WhatsApp! Muchas gracias por acompañarme hasta aquí. No es necesario añadir jejeje ni marcar emoticono alguno. Espero que nos sigamos encontrando en alguna de las plazas de nuestra comarca. Podemos dejar las cantidades de nueve cifras para los banqueros y celebrar nuestro encuentro compartiendo un tomate con sal, mientras escuchamos un cuento recuento que no se acabe nunca o cantamos la Ovejita lucera o una de Aliara, con ese divino empeño en que no las olvidemos. Ya saben: “El que canta su mal espanta” y si, de carambola, traemos la lluvia: “¡Miel sobre hojuelas!”. 


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