Pozoblanco, la vida como era antes (II)

EMILIO GÓMEZ
POZOBLANCO


“A veces, no sé si estoy viviendo en el mismo pueblo”. Eso lo decía mucho mi abuela cuando cambiaban las cosas del día a día. Ha cambiado mucho la vida en los pueblos. También en Pozoblanco. Evidentemente quedó la raíz. La mudanza fue de cosas y no de sitio. Escribir del pasado es como sacar los cajones del armario olvidado. Uno empieza a encontrar cosas y formas de vida con las que no contaba ya. No es el mismo paisaje pero sabemos lo que hubo antes. El tiempo transforma todo. Sucursales bancarias donde estaban tabernas y casas, oficinas en viejas carpinterías, nuevos garajes que han sustituido a comercios de alimentación. El pueblo, a veces, es una representación de las cosas perdidas, de los bares cerrados, de las conversaciones robadas, de ausencias sentidas, de lo que fue y ya no es. Las modas son necesarias para renovarse aunque no todas son buenas.

Mi primer recuerdo fue, como el de muchos niños de Pozoblanco, la escuela de Santa Ana. Un parvulario en el que por las tardes nos cerraban las ventanas para que no hubiera luz pues existía la siesta en clase. Por Santa Ana pasaban casi todos los niños del pueblo. Se daba clase en aulas sin aire acondicionado, sin ordenadores y con sillas de estar por casa. Una vida mucho menos lujosa. Era lo que había. Uno vivía sin lujos aunque era una vida decente. Se buscaba la imagen que no era igual que el marketing de ahora. Se era autosuficiente. La imagen era que cada uno encalaba la fachada de su casa y hacía limpieza general los sábados. Casas grandes, de largos pasillos con cocinas de azulejos azules, con mucho humo y tazas de porcelana. 



Por entonces, las tiendas que más se frecuentaban eran las de barrio y las mercerías donde se compraban botones, hilo, cordones, lanas. El pequeño comercio, de todo tipo, sobrevivía de una manera digna. Nadie imaginaba que años después habría tanto shopping e hipermercado, tanta cadena mayorista y compras por un aparato (el ordenador) que por entonces no existía.

La leche se compraba en la casa del lechero, las verduras en la del hortelano y el pescado, la carne y los huevos en el Mercado de Abastos. Compras por cercanía, amistad y confianza. Un modo de vida diferente. Había más almas generosas porque todos estábamos más cercanos entre nosotros (casas abiertas, amistades vecinales extraordinarias y más afectos).



Se vivía en casas frías sin suelo radiante pero con grandes patios donde acechaban las lagartijas en el arriate, había gatos cazadores y perros que se buscaban la vida por sí solos. Llovía mucho más aunque algún año fuera de sequía. Los arroyos (hasta los perdidos ahora) llevaban mucha agua. Esas encinas centenarias eran más jóvenes y había más. La Dehesa no la hemos descubierto ahora. La gente de campo lleva pregonando las bondades de nuestra tierra infinidad de años. Lo que pasa es que a la gente del campo no se le ha escuchado en los pueblos. El campo era lo que nadie quería donde estaban los que para otras cosas no servían (según algunos). ¡Qué gran mentira! ¡Si no hubiera sido por las bondades de nuestra tierra y el esfuerzo de los que vivieron y trabajaron en ella noche y día!

A muchos ganaderos no se les ha olvidado esos días descargando cántaras de leche de dos asas en el muelle de la cooperativa. Se sabía que la aventura de Covap sería maravillosa aunque nunca se soñó con las dimensiones que posteriormente alcanzaría.



Mucha gente se queja de que nos conozcan por la cogida de Paquirri en aquel 26 de septiembre de 1984. Pero sucedió. Nuestra historia nunca podrá desprenderse de este hecho. Francisco Rivera llegó una tarde a Pozoblanco repleto de juventud y fama, y se marchó herido de muerte tras un fatal desenlace con el toro en el ruedo. Es cierto que no nos trataron bien en las informaciones que se dieron. Es cierto qué se ha hablado y se sigue hablando demasiado sobre algo que ocurrió accidentalmente, aunque la historia está ahí y nos marcó. Nada fue igual después. La imagen más repetida era la del Hotel Los Godos donde durmió por última vez el diestro. Cuesta ver ese hotel cerrado en el centro del pueblo y con la historia que tiene detrás.



Los años 80 fueron vitales para el desarrollo de España y, por supuesto, para el de Pozoblanco. El Hospital Comarcal, la explosión del comercio, el progreso de Covap. Faltaban cosas importantes como la mejora de las comunicaciones. Ha sido una vergüenza las carreteras por las que hemos tenido que transitar hasta hace muy poco. El viaje a Córdoba era terrible (curvas, asfalto deteriorado y malos accesos). Se vivió en las condiciones que se vivió. No obstante, la pobreza material no tiene que ser pobreza sentimental. Había menos recursos pero se sentía la niñez. Se veían calles repletas de saltos, juegos, balones y alegría. Los amores adolescentes tenían su fantasía con besos robados, besos secretos, bailes, desengaños, conquistas, paseos por la calle Mayor o películas románticas en un viejo cine de verano. Historias a pie de calle con las sillas sacadas al fresco y las puertas abiertas siempre. Pozoblanco, tal como era antes.


 


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