Nuestros campos, el olvido y lo que somos

EMILIO GÓMEZ
(Periodista-Director)


Quien ha vivido en el campo sabe lo que es la paz entre el silencio, el discurrir del agua, sentir el frío, contemplar el cielo limpio, la tierra pisada y el verdor de la hierba, la reconfortante soledad, el cuidado de los animales, la lluvia que moja, el dulce movimiento de las ramas y hojas de los árboles, los olores de la mañana, el viento de tormenta, las nubes corretonas, las semillas que brotan, el camino de tierra que se corta. Son los placeres de la naturaleza.

Tenemos una joya con nuestros campos y la gente que habita en ellos. Gente para los que el campo era y es su trabajo, su vida, su paisaje y su cobijo. Gente que no sabía ni sabe de vacaciones ni de domingos. Gente que sacó de la tierra su comida, su casa, los estudios de sus hijos, su casa, los recursos y la vida. En estos días hablamos de que nos preocupa la ausencia de lluvias. La sequía del campo no es solo de agua sino de gentes. Esa es la sequía que lo está matando. Esa es su peor soledad.

No nos enseñaron que somos de campo. No nos enseñaron que los despachos de nuestros antepasados estaban al aire libre. En los campos se están perdiendo miles de testimonios que mañana serán irrecuperables. Siempre hay una gran historia detrás de un campesino. Esa que habla de sufrimiento, de flores que brotan y de campos que despiertan con el canto de los pájaros. Ellos saben que en el campo las cosas crecen si le damos su tiempo y su cuidado. Nada que ver con ese mundo acelerado al otro lado del campo, en el asfalto, donde los pisos crecían como setas entre grandes avenidas. Allí marchó tanta gente donde ahora no hay sitio para todos. Y lo peor es que ahora apenas queda gente que entienda de huertos, de tierras, de cosechas y de olivos con esta falta de lluvia y de aprendizaje que lo está secando todo. 


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