Memoria histórica en Los Pedroches

ANTONIO MERINO MADRID
(Editor del blog "Solienses")


La asociación “Los Pedroches por la República” organizó hace algunas semanas un homenaje al combatiente noriego José Caballero con motivo de cumplirse este año el centenario de su nacimiento. José Caballero nació en Añora en 1917 y era uno de los líderes obreros locales cuando en 1936 estalló la Guerra Civil. Al acabar la contienda ostentaba el grado de teniente del Ejército de la República, tras haber sido herido en las batallas de Teruel, en la del Ebro y en Segre. Exiliado a Francia, José Caballero se incorporó pronto a la Resistencia contra el nazismo: tras pasar por los campos de concentración franceses, fue destinado a una Compañía de Trabajadores extranjeros enviada a la Alta Saboya, donde a finales de 1942 se unió en Doussard, cerca de Annecy, a la guerrilla anti-nazi. En 1944 fue uno de los 56 españoles que estuvieron en el Plateau de Glières, una meseta situada en la Alta Saboya, que había sido elegida como base de operaciones de la Resistencia francesa. Allí se recibieron los lanzamientos en paracaídas británicos de armas para alimentar la resistencia local y luego se designó como base de operaciones para el momento del esperado desembarco de los aliados. En marzo, las Glières fueron asaltadas por una división alpina de la Wehrmacht, matando a la mayoría de resistentes, en un episodio histórico de heroísmo muy presente en la memoria del pueblo francés.

En agosto de 2008 José Caballero y Ángel Gómez, otro compañero en las fatigas, recibieron la insignia de Caballero de la Legión de Honor, la más importante condecoración que concede el estado francés, por su participación en la liberación de Annecy, ocurrida en agosto de 1944 con la única fuerza de la Resistencia. Los resistentes de Glières son considerados héroes en Francia, por su contribución a la justicia y la libertad. José Caballero murió en Annecy, donde tenía su residencia, en octubre de 2010.

Un hijo de José Caballero se desplazó hasta Añora con motivo de este homenaje y no pudo menos que confesar, dolido: “A mi padre lo han recibido en Francia todos los presidentes de la V República, de cualquier ideología, desde De Gaulle hasta Sarkozy, pasando por Pompidou, Giscard d’Estaing, Miterrand o Chirac, pero en España no ha recibido ningún reconocimiento público mientras vivía”. La constatación avergüenza por el abismo moral de tratamiento entre un país que condecora sin reservas ni matices a quienes se han destacado en su defensa de las libertades y otro que anda todavía sumido en las dudas e incertidumbres de una conciencia social y política no suficientemente madura.

Hace pocos meses el escritor Pérez Zarco promovió en Torrecampo un acto de homenaje a Florián Andújar, otro paisano que se significó en la defensa de Francia frente al nazismo y cuyo nombre aparece mencionado en un poema de José Ángel Valente dedicado a los españoles refugiados en territorio francés que se sumaron a la Resistencia para combatir la invasión alemana en una tierra que ni siquiera era la suya. El alcalde de Torrecampo, sin embargo, no tuvo reparo en reconocer públicamente que se había visto “obligado” a suspender el acto de homenaje, que incluía la inauguración de un monolito en memoria del ilustre paisano, “ante las presiones de unos vecinos que no van a dudar en recurrir a la violencia”. La capitulación de un servidor público ante el chantaje de un grupo reducido de anónimos violentos dio la medida de cuál es el estado de la cuestión sobre la memoria histórica en nuestros pueblos y la consideración que les merece a algunos la evocación de los ciudadanos que en el pasado murieron luchando por un futuro mejor para todos.

Pocas semanas después, durante la celebración de un acto civil de jura de bandera en Dos Torres, organizado conjuntamente por el Ayuntamiento y la Base Aérea de Morón, se realizó un acto de “homenaje a los caídos” consistente en la colocación de una corona de laurel sobre la “Cruz de los caídos” que existe en la fachada lateral de la parroquia de la Asunción, conmemorativa de los que murieron en el bando franquista durante la Guerra Civil Española y en la que puede leerse: “Señor, glorifica a los que cayeron por tu honor y la grandeza de España”. No hubo explicación convincente sobre el hecho ni disculpas por semejante muestra de desprecio a la legalidad que encarna la Ley de Memoria Histórica. Tan solo IU interpuso una denuncia que fue archivada por la Fiscalía argumentando, más o menos, que la religión cristiana está amparada por la Constitución y que “aludir a la grandeza de la patria” no puede ser constitutivo de infracción alguna. Así de kafkiano.

Todavía hoy unas grandes placas con los nombres de los muertos en uno de los bandos de la Guerra Civil se muestran ostentosas en la fachada lateral de la Iglesia del Salvador de Pedroche, catalogada desde 1979 como Bien de Interés Cultural por sus valores históricos y artísticos. Precisamente por tratarse de uno de los símbolos más hirientes del régimen franquista, creados con la intención de romper la convivencia entre hermanos al homenajear a unos y no a otros, resulta más difícil de entender su permanencia en un edificio religioso que debería propiciar, por el contrario, el espíritu evangélico de concordia y fraternidad entre las personas. Pero van pasando los años, las décadas, y ahí siguen, como si en todo este tiempo en nada hubiera evolucionado la sensibilidad ciudadana hacia unos comportamientos que deterioran la convivencia y dañan en lo más íntimo a quienes todavía andan buscando los restos de sus familiares desaparecidos, mientras, en el otro bando, algunos de sus fallecidos han sido elevados a los altares.

Son detalles que muestran cuánto nos queda aún por recorrer en la formación de una auténtica conciencia cívica frente a los acontecimientos pasados que han forjando la historia. La apelación a heridas abiertas o cerradas constituye una evasiva improcedente que impide afrontar con valentía el reto de un comportamiento ético acorde a una sociedad democrática y políticamente madura. Urge un pacto social y ciudadano (no en las altas esferas del Estado, sino aquí mismo, entre nosotros) que clarifique cuál es la posición ciudadana frente a la historia, frente a unos acontecimientos desgraciados que, querámoslo o no, siguen condicionando nuestra forma de pensar y de actuar de hoy. Quizás así, si somos capaces de llegar a un consenso que no desprecie la justicia, que apele a la concordia y nos impida sentir vergüenza ante determinadas actuaciones, podamos algún día echar un velo sobre el pasado, sin olvidarlo, y, habiendo aprendido su lección, afrontar con solidez y firmeza el futuro, siempre azaroso, que nos aguarda.


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