El olvido de las relaciones humanas

EMILIO GÓMEZ
(Periodista-Director)


Vivimos en una época increíble. Nunca hemos disfrutado de tantas oportunidades. Jamás habíamos vivido entre tanta comodidad y bienestar. Estamos conectados con el mundo, con la vida, con lo que queramos a través de las nuevas tecnologías. El móvil es una maravillosa aportación. Te aleja al que está cerca y te acerca al que está lejos. El ordenador te hace navegar por mundos que ni imaginabas. Las consolas están hechas para acercarnos al mundo y no para alejarnos de él. Muchos chavales están alejándose de esta vida real. Solo saben vivir virtualmente. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes se preguntaba Nicholas Carr? Me decía el otro día un padre que su hijo no para de matar marcianitos en su máquina inteligente. Disparaba a todo lo que se le ponía. La vida es otra cosa. Es detenerse, observar y escuchar. Es la manera de aprender.

La forma en la que las personas perciben el mundo ha variado. Hemos perdido las relaciones humanas que han sido siempre la clave del éxito. El sentido de la vida está en lo que tenemos al lado y no en lo que tenemos lejos que, con el tiempo, desaparece. Ese tiempo de cambios extraordinarios ha venido también acompañado de un tiempo plagado de incertidumbres. Todo cambia. Nada es lo que era ayer. Estamos conectados con el mundo pero no estamos conectados con nosotros mismos ni con los que tenemos al lado. Nosotros somos la conexión. La conexión no viene de fuera sino de dentro.

Y ahí estamos agarrados al placer exterior, al instante, a lo efímero, a lo pasajero, a lo virtual. Cuando uno no conoce el valor de lo que se tiene, se cree que son derechos adquiridos, no se lucha por ello y se pierde. Privilegios que se conceden sin más y que desaparecen de la misma forma. Nos ha faltado voluntad para enseñar a los que van viniendo detrás. Se ha creado un mundo donde no tenemos tiempo para nada. Hemos creado mucho bienestar individual y hemos robado el tiempo a los nuestros. Los padres, carentes de tiempo, han dejado de enseñar valores esenciales que ellos habían recibido en el transcurso de sus vidas. Para recoger había que sembrar. ¿Por qué hemos regalado las cosas sin más? De esa manera hemos quitado hojas del libro de aprendizaje de nuestros hijos. Hemos dejado de compartir en esta sociedad. Lo hemos cambiado por competir. Y con ello, las relaciones humanas se han deteriorado. Y luego hemos dejado de enseñar a saber remar ante la adversidad. ¿Dónde está el coraje para sobrevivir a tiempos difíciles desafiando las dificultades? La gente no está satisfecha con lo que está viviendo. No hemos aprendido a navegar con vientos fuertes.

Dejamos de lado el estudio de nuestro pasado. Por el lugar en el que ahora transitamos pasaron muchas generaciones antes que nosotros. Esos caminos andados dejaron cosas que nosotros ahora despreciamos. Y así se ha creado una sociedad mercantil donde ya no es que se vendan artículos, es que se venden personas. Nos compran sin darnos cuenta. Ponemos precio a lo que hablamos, a lo que hacemos, a lo que escribimos, a nuestras relaciones. La felicidad está en el camino no en las metas que la sociedad nos marca. Ese camino tenemos que recorrerlo y valorarlo. No valoramos la vida porque no sabemos aplicar los valores que tiene. Tan sencillo como eso.


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