Cucurrucucú, Paloma

ARTURO LUNA BRICEÑO


Cada vez que voy a mi casa de Pozoblanco me despierta el zurear de una banda de palomos ocupas que tengo en los balcones y el canalón. Y como me pasa siempre me afano en buscar antecedentes históricos y legales sobre la cría de estas aves o sobre su libertad para campar y fastidiar al prójimo. Y lo primero que me encuentro es un análisis profundo que Juan Ginés de Sepúlveda hace sobre un conflicto legal ocurrido en Los Pedroches en el siglo XVI.

Se quejaba un agricultor de que una rastrojera de su propiedad, y que tenía reservada para alimento veraniego de su piara de cerdos, estaba siendo invadida y degustada por una banda de palomas. Así que decidió el buen labriego, y no sin argumentos lógicos, que si las palomas se comían el rastrojo, por qué él no se podía comer las palomas. Puso en marcha los garlitos y a dar jaque mate colombino a las depredadoras de las espigas caídas.



Y la cosa se complicaba, porque al matar a la paloma se acababa con sus defecaciones. La famosa palomina, apreciado estiércol que se utilizaba en las tenerías para adobar y curtir los guadamecíes, cordobanes y vellocinos. Lo que no dejaba de ser un agravio añadido. Porque si tu perdías con la visita de los volátiles mangantes el grano del rastrojo también lo hacías con la palomina que las palomas dejaban, tras digerir el grano, en los palomares de sus amos. Todo un dilema que fue además difícil de solucionar.

Más cerca en el tiempo, en los años de “la jhambre”, en cada casa se tenía un palomar. Preferiblemente en los mechinales de las cuadras, donde las palomas hacían sus nidos y cada dos meses traían al mundo dos o tres pichones, que en breve tiempo aprendían las artes de sus padres. Había quién aprovechaba el incubar de las palomas para cambiarles sus huevos por otros de gallina americana. Esa casta enana que estaba más tiempo llueca que de ponedora, y precisamente por eso se llevaban su huevos al palomar, porque la llueca americana recibía los de las gallinas comunes, que solían ser cenizas, javas, con “el pescuezo pelao”, blancas o negras.



Pero si tenías a la paloma incubando los huevos de la americana, no tenías pichones para echar a la olla. Y esta escasez de volátiles en el potaje se arreglaba teniendo un palomo ladrón.

El palomo ladrón era un ave infiel, sin respeto ninguno a su pareja, y mientras ésta le estaba calentando los huevos a la americana él salía a volar por esos cielos de dios en busca de una pichona de buen ver.

Hoy son protagonistas de uno de los deportes más peligrosos del mundo: La Colombicultura. Consiste la cosa en soltar una paloma y a la vez a una banda de palomos que llevan pintadas los bajos de las alas con las divisas de sus dueños. Todos ellos tratan de enamorar a la paloma y llevársela consigo. El lance se desarrolla a campo abierto y los dueños en moto, en bicicleta o corriendo persiguen a las aves mirando al cielo y ahí está el peligro porque tropiezan con las piedras, se caen a las acequias y se suelen partir la crisma. De ahí que lo consideren deporte de alto riesgo.



Escribo estas líneas porque varios paisanos, que sufren la ocupación de las palomas, me piden que cuente algo. Y también lo hago para leérselo al arrogante palomo que se ha adueñado de mi balcón. Quiero que se entere que fueron los enviados de Noé, el símbolo de los cristianos en las catacumbas de Roma y también el logotipo de la paz. Toda una cultura echada a perder por unos bandos de aves desaprensivas e irresponsables. Así que me despido: Cucurrucucú Paloma, recuerdos al Ayuntamiento.


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