Las facciones carlistas de Gómez y Cabrera en Pozoblanco

ARTURO LUNA BRICEÑO


La entrada de Cabrera en Córdoba, aprovechando una puerta mal cerrada, provocó el pánico entre las Milicias Provinciales que se habían dado cita para defender la ciudad, que corrieron despavoridas a refugiarse en el Alcázar y el Palacio de la Inquisición. Unos milicianos de Iznájar que no les dio tiempo de llegar se refugiaron en una posada y desde allí dispararon a la caballería de Cabrera, que en galope enloquecido y dando aullidos recorrían las calles de Córdoba.

Al pasar junto a la posada los milicianos dispararon contra ellos y abatieron a Villalobos, el lugarteniente de Cabrera. El Tigre del Maestrazgo mandó pegarle fuego a la posada y cuando salieron, los cercados milicianos, los mataron alanceándolos.


Alaix.


Era Villalobos hombre que gozaba de fama de valiente y muy apreciado por la caballería carlista. Su muerte azuzó a las tropas asaltantes que poco tardaron en asaltar los refugios de los liberales. La prensa local narraba el hecho así: “Noticias fidedignas, no oficiales, informan que en la tarde de ayer (1 de Octubre de 1.836) se rindió el fuerte donde se defendían los Nacionales de Córdoba en número de 2.000 con tres piezas de artillería, siendo los rendidos conducidos al convento de la Merced. Con los fusiles, vestuario y correaje de los 2.000 nacionales se arman otros 2.000 cordobeses carlistas”

Gómez y Cabrera anduvieron por la Campiña llevando a los prisioneros hasta que la presión de las tropas realistas, mandadas por Alaix, le hicieron volver a Córdoba.


Almadén, siglo XIX.


Luis Lavaur en el Extra nº 6 de Historia y Vida (1.976) en artículo titulado: La vuelta a España del general Gómez, basándose en el diario de guerra de la expedición, narra lo siguiente: “... el 13 de Octubre regresan a la capital, abandonándola para siempre en la noche del mismo día internándose en Sierra Morena. Al alcanzar Pozoblanco se hace necesario afrontar un problema generador de enojosas tensiones internas en el seno de la expedición. Gómez había sacado los prisioneros de Córdoba con la intención de canjearlos por los perdidos en Villarrobledo, iniciativa fracasada al encarcelar Alaix a los parlamentarios enviados por Gómez para negociar el trueque. El empeño de Gómez, hombre de formación jurídica, en cumplir a rajatabla el convenio de Eliot, garante de la vida de los prisioneros de guerra, encontraba oídos sordos en Cabrera, quien consideraba a las fuerzas que controlaba totalmente desligadas de un tratado solo firmado por los Ejércitos del Norte. Arreciaban las feas noticias acerca de las sumarias ejecuciones de cautivos perpetradas en la división aragonesa, por lo que en Pozoblanco, y contra el parecer de Cabrera y del Serrador, Gómez puso en libertad a todos los prisioneros, más de dos mil hombres.

Como pretexto de su generosidad Gómez alegó la necesidad de aligerar las piernas de la tropa para explorar las posibilidades de una marcha relámpago sobre Madrid”.


Caballería de Cabrera.


El General Gómez le dio un salvoconducto a cada prisionero y les hizo firmar una declaración jurada en la que se comprometían a no luchar contra las tropas carlistas.


Moguel Gómez Damas.


Salió hacia Madrid por la Sierra Madrona y a las pocas jornadas se enteró de que el Ministro de la Guerra, José Ramón Rodil, venía a su encuentro con 9.000 hombres y 600 caballos de la Guardia Real. Y Luis Lavaur dice: “Las tropas de refresco sumadas a las que le vienen persiguiendo, presentan ante la consideración de Gómez magnitud suficiente para inducirle a modificar el rumbo reculando hasta Pozoblanco tras dibujar con su marcha un círculo por Sierra Morena”.


Cabrera el tigre.


Decidió el General Carlista asestarle un duro golpe al Gobierno de Madrid tomando la villa minera de Almadén”.

Y Luis Lavaur siguiendo el cuaderno de guerra de Gómez narra así la partida de la expedición de Pozoblanco:” Nada más que dos jornadas por la sierra de Los Pedroches sitúan a Gómez y Cabrera a la vista del Almadén que rodean por completo antes de tocar retreta. Dentro del cerco yacen las riquísimas minas de mercurio, recién arrendadas por Mendizábal, como presidente del Gobierno, a sus antiguos patrones, la Banca Rothschil de Londres, odiosa servidumbre no redimida hasta 1.870”.

La visita de los facciosos de Gómez y Cabrera a Los Pedroches dejaron pueblos saqueados y algunas secuelas que se tardaron en olvidar.


Cabrera el tigre.

 


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