Toda una vida esperando

EMILIO GÓMEZ
(Periodista-Director)


La gente de antes se acostumbró a esperar. Sí, a esperar cosas que no tenían. Una maleta en el sótano a medio hacer. Vestidos de domingo que se repetían. Paraísos que no vieron. Sitios que desconocieron. Escuelas que abandonaron prematuramente. Siempre esperando. En esa larga espera, imaginaron. Se convertían en lo que querían. Soñaban con cosas que nunca tendrían. Y, a la vez, aguardaban lo que vendría con un interés que les hacía ser unos ilusionistas vendiendo sueños imaginarios.

Nosotros escuchábamos las historias de nuestros padres y abuelos. Las contaban con nostalgia y con la alegría de que muchas cosas han cambiado a mejor. Hoy nadie dice que vayamos para mejor. Antes, se alegraban porque nosotros tuviéramos lo que ellos no pudieron tener. Y nunca nos paramos a pensar en que ellos se pasaron su vida esperando. ¿Esperando a que? Posiblemente nada y posiblemente todo. Una vida mejor. Nadie sabe en qué consiste una vida mejor. Por eso antes se imaginaba con tenerla. No se buscaba las vidas de los demás. Se inventaba cada uno la suya propia. Hoy las buscamos en perfiles de Facebook donde todo el mundo engaña mostrando su mejor cara. Es una vida menos sincera. Un corta y pega.

A veces, me pregunto que dónde hemos dejado el arte de inventar. Tener tanto nos dejó sin espacio para la locura, para el sueño, para la reflexión. Tener tanto nos hizo tirar cosas. No entran todas en el cajón de la mesita de noche. Ni en el trastero. Ni en ningún sitio. Soy coleccionista de recuerdos, de esos que no necesitan un sitio para guardarse. Colecciono lugares que visité, calles, emociones, sentimientos, pensadores, paisajes que imaginé, conversaciones que grabé, alineaciones de equipos de otro tiempo, canciones que escuché. Colecciono cosas dentro de mí. El exterior es lo que se tiene y se pierde. El interior es lo que se guarda y permanece. Desaparece cuando despareces tú. Es ahí cuando lo pierdes todo. Hasta entonces, vives coleccionando e imaginando. Los sueños también se coleccionan. El mayor coleccionable de la vida es el de nuestros antepasados. Gente que se pasó la vida esperando y, mientras tanto, luchando para que un día sus hijos lo tuvieran todo. Lo consiguieron. La pena es que no se dieron cuenta de que la vida no es una cosa material. Es más un sentimiento. Sí, claro que me refiero a ese sentimiento de pasarse una vida esperando. Mereció la pena aunque el premio no fuera conseguirlo, sino soñarlo. 


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