¡Se escribe WhatsApp!... ¡De diez me llevo una!

JUAN BAUTISTA ESCRIBANO CABRERA


Aunque esta mudanza climática parezca desmentirlo y aunque siga agobiándonos la penúltima ola de calor de este larguísimo verano, la hora de los colegios ha vuelto a sonar. Aunque nuestros campos no lo puedan despedir vestidos de verde, de nuevo nos alcanzó y se marcha septiembre y, sin una razón aparente, se me viene a la cabeza aquella Hilariada, referida al asunto colegial: La tontería más grande que se les enseña a los niños es: “de diez me llevo una”.

Además de poeta, Hilario Ángel Calero fue maestro (mi padre, pocos años más joven que él, acudió a su escuela y lo tiene por un buen educador y todavía, a sus ochenta y ocho años, es capaz de recitar algunos sonoros versos de Rosalia de Castro que él le descubrió: Ariños, airiños aires/ airiños da miña terra…) Aquellos niños de la posguerra que acudieron algunos meses o algunos días a la escuela, hubieron de aprender precipitadamente. Su tiempo, en un Pozoblanco de casas destrozadas por las bombas, lo marcaban otras directrices y otras urgencias. Y porque se los arrancaban de su apasionada lucha contra la ignorancia (a los que tenían la suerte de pasar alguna temporada en su casa-escuela) para llevárselos a trabajar en el campo, este joven maestro sabía que era tontería enseñar que de diez me llevo una.

Eran tiempos de aprendizaje memorístico, en los que la comprensión y el razonamiento habían sido desterrados de muchas escuelas y en los que se daban la mano la letra que entraba con sangre y la que lo hacía con canciones y poemas y las tablas de multiplicar que se grababan en el alma acompañadas muchas veces de coscorrones y palmetazos y, como música de fondo, incorporaban aquel run-run cansino, que (algunos años antes) no había pasado desapercibido a don Antonio Machado.

Eran tiempos de sillas de anea y mesas inapropiadas para escolares. Eran tiempos de lata con brasas y picón de encina para combatir el frío que habitaba (un personaje más) en las oscuras cámaras, con ventanas sin cristales, de la casa del maestro. Eran tiempos de pizarrín y trapo o rústico borrador.

Eran tiempos de aprender cuanto antes las cuatro reglas que, al fin y al cabo, sería lo único –pensaban ellos y sus padres- que les iba a resultar de utilidad. Eran tiempos de muchos alumnos de todas las edades en la misma clase (es un decir) y eran tiempos de ser un niño bueno y hacerle caso al maestro, porque de esa forma, “el día de mañana llegarás a ser un hombre de provecho”. Esto último nadie sabía muy bien en qué consistía, ni el propio maestro, pero sonaba tan categórico, tan importante, que los niños lo repetían, al tiempo que en sus cabezas intentaban componer una imagen que se correspondiera con aquel hombre de provecho del día de mañana y que, cuando parecía que iba a configurarse y tomar presencia, explotaba en una nube de harina, reduciéndolo todo a una nebulosa más de los pocos años.

Eran tiempos en los que, no se sabe muy bien cómo, todos los niños acababan por aprender que “de diez me llevo una”. Sin embargo, el poeta y visionario no podía prever que algunos años después, su campechana e irónica sentencia podría resultar cierta, pero justamente por todo lo contrario. Si él y sus alumnos, los niños de los años del hambre y muchos que vinieron después, no podían admitir en su moralidad de pueblo honrado llevarse una de diez, aquel maestro no sospechaba (¿o quizás sí?) que vendrían tiempos habitados por siniestros personajes que de diez se llevarían las diez, sin despeinarse, mintiendo como bellacos con un perfecto nudo de corbata y una inalterable sonrisa-profidén.

Allá cada cual con su manera de interpretar la suma con llevada… permítanme, ahora que de nuevo se nos abrazó septiembre, que les recuerde que aquellos eran tiempos -¡Como los actuales!- en los que por encima de corrientes pedagógicas, criterios de evaluación, competencias y modas o imposiciones didácticas… siempre emergía la figura del maestro. En todos los tiempos, la verdadera suerte residía y reside, sencillamente, en encontrarse en el camino con un buen maestro. Casi todo lo demás resulta secundario, cuando no absolutamente prescindible.

Bienvenidos a ¡Se escribe WhatsApp! Muchas gracias por acompañarme hasta aquí. No es necesario añadir jejeje ni marcar emoticono alguno. Espero que nos sigamos encontrando en alguna de las plazas de nuestra comarca, de paso, podríamos repasar la música de las tablas de multiplicar o algún poema de Hilario Ángel Calero o de Machado. Podríamos referir batallas de nuestro transitar por la escuela.


Y ojalá que, aunque todos terminásemos aprendiendo que “de diez me llevo una”, no hayamos tenido que ponerlo en práctica y -¡más ojalá todavía!- que al relatar nuestras historias escolares, surja imponente en ellas el buen nombre de alguna maestra o de algún maestro de nuestra infancia, es la señal inequívoca de que fuimos afortunados en la escuela. Los amigos, doy por hecho que no faltaron. 


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