Réquiem por una calle

ARTURO LUNA BRICEÑO


Hay una calle en mi pueblo que está ligada a los recuerdos de mi niñez. Es el marco de mis nostalgias por los días que se perdieron en el tiempo. Un recorrido por el que paseé de niño, mis ilusiones y sueños, cogido de la mano de mi padre. Una calle que es tan antigua como el pueblo, pero que yo la viví renovada y activa. Pero ahora, al pasearla la he encontrado desvalida y olvidada. Sin que nadie pasee por ella la ilusión infantil camino de la fiesta y sin que nadie la vea llena de vida de los ambulantes, que ya hace años vendían los juguetes de lata, las botas albarcas del Viso, los turrones de cacahuete de Castuera, los tabardos y guerreras del ejercito usadas que vendían a los pastores de la sierra que habían venido a la feria para “jholgar”, contratar la escusa y apalabrar los “jhatos”. Una calle que cuando el verano se iba y se recibía al otoño se llenaba de trajineros, tratantes, charlatanes, buhoneros y gente que bajaba y subía por ella para ir y volver de la fiesta.

En el inicio de su historia se llamó Calle de los Arévalos, porque en ella se hicieron casa y solar los primeros pobladores de Pozoblanco, que desahuciados por los Marqueses de la Guardia abandonaron el Condado de Santa Eufemia y se vivieron a poblar las nuevas Villas de los Pedroches, Eran oriundos de la Villa de Arévalo en tierras castellanas de Ávila. La calle de los Arévalos comenzaba en la Plaza de la Alhóndiga y acababa al recibir la Calle del Cerro. La continuación hasta Los Llanos, ejido de eras, se llamó Calle de la Cruz del Pilar, porque partía de esta Cruz hasta llegar a los alfoces de Pozoblanco. Y por ella circulaban los que iban a Granada o a Montoro. Camino de arrieros que trajinaban con tejidos y aceite.



En 1841, los Liberales del Partido del General Espartero, con su tufo masón, que habían dado buena cuenta de los bienes de la Iglesia, conocidos como “La mano muerta”, se afanaron y dieron principio en cambiar el espíritu del pueblo. Cambio que consistía en dar nombre nuevo a las calles y dejar lo demás como estaba. Deporte que arraigó en España y que siguen practicando los partidos políticos. Y a la Calle de los Arévalos y Cruz del Pilar, que ya le habían cambiado el nombre por la de La Portería, las titularon así:

“Calle de Granada y Calle de Montoro: por ser las que conducen a dichos puntos, sustituyendo a los nombres que tenían de Calle Arévalo, desconocido en su origen, y Portería, más desconocido aun por ser nombre de convento, cuando afortunadamente no ha existido ninguno en esta población”.



El nombre de Portería, se debía en realidad, a que en ella estaba un fielato. Un puesto en el que se controlaban las mercancías que los comerciantes y arrieros traían al pueblo. Allí se pesaban, medían y se cobraban las alcabalas, tasas e impuestos.

Al año siguiente, 1842, liquidaron la Feria antigua que se celebraba el 14 y 15 de septiembre en honor a la fiesta de la Exaltación de la Cruz y tenía su real en la Plaza de la Iglesia, y fundaron la feria actual y pusieron su real en Los Llanos del Pilar. Y anotaron al margen del Callejero que La Portería, antes Cruz del Pilar, se llamaría en adelante Calle de la Feria.



Y con el tiempo, los dos tramos de la Calle pasaron a ser denominados como la Calle de la Feria.
Ahora la calle acoge a las dos tabernas antiguas que quedan en el pueblo. A vecinos orgullosos de ella, pero a su pesar, ha dejado de ser el paseo de la ilusión y la fiesta. Ya casi nadie acude caminando por ella a la Feria. Y yo, lleno de nostalgia, he ido este año a cumplir el viejo rito de ir a los toros detrás de la Banda de Música. La música, como siempre, ha partido de la puerta del Ayuntamiento y en la esquina de la Calle del Tinte, en la puerta de la Taberna de Matías, estaban esperando los alguacilillos y las mulillas de arrastre que han ido abriendo camino. Y detrás, mi mujer y yo, y nadie más. Añorando viejos tiempos y viendo como los vecinos de la calle, como han hecho siempre, salían a aplaudir el cortejo.


Me cuesta entender cómo se pretende recuperar un ritual de la feria y ni las autoridades del pueblo y las que presiden la corrida no van detrás de la Banda de Música. Así que al llegar al final de la calle decidí volverme a mi casa y rezar un “réquiem” por la calle, por mi niñez y por mi juventud. 




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