No nos entienden

FÉLIX ÁNGEL MORENO RUIZ




Hace unas semanas, pudimos leer en la prensa que Alfonso Dastis, ministro de Asuntos Exteriores, había destituido de forma fulminante al cónsul de España en Washington cuando este tuvo la inoportuna ocurrencia de hacer en Facebook un comentario pretendidamente jocoso sobre el vestuario y la forma de hablar de la presidenta de la Junta de Andalucía.

Esta noticia podría dar para un artículo en el que se valorasen los peligros que encierran las redes sociales cuando uno padece de incontinencia verbal y luego tiene que arrepentirse de haber escrito lo que ha escrito en un momento de arrebato o de escasa lucidez. En el caso que nos ocupa la cosa es aún más grave (de ahí la fulminante destitución) porque quien lo hizo es nada más y nada menos que un diplomático de carrera con una dilatada experiencia a sus espaldas, que se dedica, precisamente, a guardar las apariencias.

También (y este, sí, es el objeto del presente artículo) podría valorarse el menosprecio que el excónsul mostraba hacia la pronunciación de los andaluces al imitar en su escritura, buscando la cómplice sonrisa del lector de su entrada, ciertos rasgos que, según él, poseemos (entre otros, la ch fricativa, el seseo y el ceceo).

Esta actitud no es anecdótica. De vez en cuando, ciertos políticos de otras comunidades más septentrionales hacen comentarios desafortunados sobre nuestra forma de hablar. Vienen a decir que, a la par que salerosos y simpáticos, no se nos entiende. Como muy acertadamente ha escrito Lola Pons, profesora de Historia de la Lengua en la universidad de Sevilla, en un artículo titulado El cónsul y los vendimiadores y publicado en el diario El País el pasado dos de agosto, este desprecio se sustenta en razones económicas: los andaluces seguimos siendo todavía para algunos los trabajadores no cualificados que emigramos desde el sur inculto hasta sus tierras de promisión para ocupar los puestos más bajos de la sociedad.

Quienes así piensan desconocen que el Andaluz es una modalidad lingüística formada, en realidad, por un conjunto de hablas que pertenecen al Español Meridional o Español Atlántico, el cual engloba no solo a la Comunidad Autónoma de Andalucía, sino también a algunas provincias limítrofes como Badajoz, a las Islas Canarias y a buena parte de los países americanos que comparten nuestra lengua.

Estas hablas poseen unos rasgos comunes (yeísmo, seseo, aspiración y pérdida de la s en posición implosiva y final de palabra, con la correspondiente apertura de la vocal precedente, por citar solo los más llamativos), muchos de los cuales tienen su origen en la Andalucía de los siglos XV y XVI, que se expanden durante la conquista de América porque parte de los colonos y marineros era de nuestra tierra y porque las embarcaciones que salían a ultramar lo hacían desde Sevilla y, más tarde, desde Cádiz.

Quienes así piensan desconocen que estas hablas constituyen una avanzadilla del Castellano, es decir, son formas de pronunciar más innovadoras que, además, son las que triunfarán finalmente. Dentro de varios siglos, el Español Atlántico se habrá impuesto por la sencilla razón de que la mayoría de los hipanohablantes vive en América, que es donde están presentes estos rasgos como ya se ha indicado anteriormente.

Quienes así piensan desconocen también que nuestra pronunciación evita, precisamente, vulgarismos que se comenten en otras latitudes con pasmosa impunidad. Tal es el caso del laísmo (Ayer la di a mi prima un beso), común en la capital del reino y que, en los oídos de un andaluz, suena tan atronador como el disparo de una escopeta a un metro de distancia.

Finalmente, quienes así piensan desconocen que Andalucía es tan extensa y tan rica culturalmente que caben en ella numerosas formas de pronunciación, que en una misma provincia (como ocurre en Córdoba) puede darse el caso de que se sesee, se cecee y se distinga. Esta variedad es un claro indicador de que poseemos un patrimonio lingüístico que hay que cuidar con esmero y del que hay que sentirse orgullosos.


Aunque algunos sigan sin enterarse y sin querer entendernos.

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