Los pollos quisieran ser toros

DIEGO GÓMEZ PALACIOS


Poco antes de jubilarme tuve ocasión de visitar un matadero de pollos con motivo del accidente laboral de un trabajador de la empresa, que resbaló sobre la superficie metálica de un camión tráiler a causa de las cacas de los pollos que transportaba, en la operación de descarga de las jaulas; fue en el pueblecito de Cuevas Bajas, lindante entre las provincias de Córdoba y Málaga.

Los pollos venían hacinados en jaulas como las que de antaño se veían en los mercadillos extra de Navidades, pero metálicas: 30 cm. de altas, un metro de anchas y casi tres metros de largas. No recuerdo cuantos pollos iban apretujados en esas jaulas pero, por supuesto, no podían deambular dentro.

Se cargaban ordenadamente sobre el tablero del camión bien amarradas con estrobos planos a los bordes del tablero y a lo largo; el camión no utilizaba los laterales ni lona superior porque se asfixiarían los animalitos y no los aceptaría el matadero. Así llegaban los pollos sin poder caminar desde Pontevedra a Cuevas Bajas, cagando los de cada jaula sobre la de abajo con frio, calor, lluvia, vientos y pernotando en alguna área de servicio sin comer ni beber.

Creo que cuando llegaban al matadero, o antes, deseaban perder esa vida; vida que habían vivido en su granja dentro de otras jaulas individuales no mayores que el canasto de un trabajador que lleva su almuerzo a la fábrica, campo u obra.

La “granja” es una nave donde tienen luz las 24 horas y música, para que duerman poco, con agua y pienso para engorde con hormonas e inhibidores sexuales, que les permiten pesar dos kilos en dos meses.

Para que sean felices, su muerte es de lo más dulce, una especie de eutanasia activa: Colgados de las patas de un monorraíl reciben una descarga eléctrica leve, solo para adormecerlos y no sufran el corte mortal que a continuación le aplican en la nuca, canal de sangrado y paso a un túnel de vapor sobrecalentado para facilitar el desplume y limpieza, siempre colgados de las patas en el monorraíl.

Me pregunto, porque a veces sucede que alguno no haya sentido la descarga eléctrica adormecedora o sufrido un corte parcial en la nuca o sobrevive a la “sauna” final. Da igual, la suerte está echada.

Observen cuando compren uno de estos desgraciados, que no tienen cresta ni testículos y que reducen su volumen casi a la mitad cuando los preparan fritos con ajos.

Aparte del informe sobre el accidente menos grave del trabajador, quise informar sobre el accidente mortal de cientos de pollos; pero no se me permitió porque son bichos sin derechos ni riesgo de extinción.

Con tanto pollo, no debo extenderme más analizando el tema de los toros, lo dejo para otro momento pero les anticipo, porque los he entrevistado, que no tienen vocación de pollos.


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