Comienza el nuevo curso escolar

MIGUEL CARDADOR LÓPEZ
(Presidente-Editor)


Comenzamos un nuevo curso escolar y parece que comienza bastante mal, ya que la Consejería de Educación ha decidido dar los títulos de la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO) a alumnos con dos suspensos sin necesidad de presentarse a la recuperación en el mes de septiembre, lo que ha provocado una investigación por parte de la Fiscalía Superior de Andalucía, tras la denuncia presentada por la Asociación de Profesores de Instituto (APIA).

Esto de reconocer y entregar el título de forma tan fácil me parece una barbaridad, ya que así se premia la falta de esfuerzo y trabajo, fomentando de esa manera la holgazanería. Además de seguir debilitando cada vez más la figura del docente, que cada año que pasa se encuentra con menos herramientas de persuasión que le sirvan para fomentar el estudio entre sus alumnos, y al paso que vamos va a llegar a ser una figura testimonial, cuando debería ser al revés, ser la figura más reforzada del estamento educativo.

Estoy totalmente de acuerdo con el Juez de Menores de Granada, Emilio Calatayud, que invita al máximo responsable provincial Germán González y a los padres a que acudan a los juicios y vean el pobre nivel que tenemos. También tiene pensado invitar a la Consejera, Sonia Gavá, así podría comprobar de primera mano la cantidad de menores cuasi analfabetos o de ínfima cultura que tenemos en la actualidad.

La mayoría de los casos que tiene que juzgar se relaciona con chavales que a duras penas saben leer y escribir. Y la pregunta que nos debemos hacer es: ¿Cómo esos niños pueden estar en 3º o 4º de la ESO? Tener u obtener un título en buena lid debe de ser una llave que abra puertas, pero hacer lo contrario, esto es, regalarlo, puede conducir inexorablemente al más rotundo de los fracasos.

También es significativo que el propio juez ponga más de 200 condenas al año que tienen como única obligación la de que el menor se saque el título de la ESO. Asimismo hay sentencias para niños de esas edades que les obliga a saber leer y escribir, haciéndoles el propio juez un examen final, como si fuera un maestro, si lo ve necesario.

Es sorprendente y vergonzoso, por lo que dice de nuestra sociedad pretendidamente desarrollada, que un juez en los tiempos que estamos, bien metidos en el siglo XXI, tenga que dictar cierto tipo de sentencias a los chavales de entre 16 y 18 años para que éstos decidan (por la cuenta que les trae) sacarse la ESO. Nos encontramos pues con la escena, a estas alturas de la civilización, de un juez ejemplar intentando reparar en lo que pueda los enormes agujeros de un sistema educativo lamentable.

Esto nos lleva a otra conclusión de lo que está ocurriendo en nuestra sociedad, la situación de los padres que están completamente desamparados en muchas circunstancias, pues igual que pasa con los docentes, cada vez tienen menos fuerza legal y social en su figura esencial como educadores, y su debilidad llega hasta tal punto que parte de ellos reconocen, ya derrotados, que no pueden obligar a sus hijos a ir al colegio.

Si a todo esto tenemos que sumar el aprobado de despacho, porque lo dice una norma incoherente e ilógica, podemos considerar la situación actual como una vergüenza.

Sencillamente, como decía antes, de esa manera no sólo no se premian los valores de la voluntad, el esfuerzo y el trabajo, sino que de esa manera se premia y fomenta la vagancia y la holgazanería, con el peligro que eso supone de degradación progresiva de toda la sociedad, que debiera tener como pilar fundamental y básico una buena y correcta educación. Una sociedad donde no se cuide convenientemente la educación y la cultura es una sociedad condenada a la podredumbre y la decadencia.

Es descabellado que se conceda en junio un título con suspensos, cuando para eso está el mes de septiembre, para que durante los meses de julio y agosto el alumno se esfuerce, estudie y adquiera los conocimientos que luego deberá acreditar en el examen de septiembre, y de esa forma, una vez acreditados suficientemente los conocimientos necesarios, obtener un título, ahora sí, de forma legítima y justa.

Otra cosa sin sentido es dar becas a los alumnos que suspenden, porque ese dinero sale de nuestros bolsillos, de todos los contribuyentes con nuestros impuestos.

Todo este cóctel de despropósitos nos da un sabor agrio y de poco recorrido, donde cada vez más la figura de los profesores queda completamente sin autoridad, encontrándose en muchas circunstancias y situaciones absolutamente indefensos.

Recuerdo que hace unos 8-9 años le pregunté a un profesor de los Salesianos, que llevaba 30 años ejerciendo de docente, cómo veía el futuro de la enseñanza, él me contestó: «Miguel, con el cachondeo de cambios y nuevas normativas estamos criando auténticos analfabetos. Cuando llegan a clase y por ejemplo le pregunto a alguno que por qué no han hecho los deberes, me contesta que “porque no le ha dado la gana”. Yo sólo puedo decirle que nada, que cuando lo crea conveniente que los haga. Todo esto dándole una suave palmadita en el hombro».

Aquello se me quedó grabado y también le dije que con el carácter extrovertido y exigente que tenía en otra época pasada, cuando la figura del maestro estaba súper protegida, cómo llevaba este giro de 180 grados en la educación. Él me hizo una mueca forzada, cargada de desánimo, como queriendo decir, “qué quieres que haga, si estamos atados de pies y manos”.

Comenzamos un nuevo curso y las bases no pueden ser peores pues, resumiendo, al alumno trabajador se le penaliza y al vago se le premia. 


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