Nostalgia de los días de escuela

ARTURO LUNA BRICEÑO


Por fin, y tras larga espera, la cirugía ambulante del Estado me ha rebanado dos dedos del pie derecho y me ha mandado al dique seco más de un mes y medio. Tiempo que he dedicado a leer y ordenar mis archivos y he encontrado viejos trabajos y voy a resumir uno de ellos publicado en un Libro de Feria.
“Ahora, cuando mis nietos me hacen recordar la niñez, comienzan lentamente, y con morbosa sensación, a tomar vida los viejos recuerdos de la infancia. Con ellos llegan los lejanos tiempos de pantalones cortos, de niños descalzos y de tediosas y frías tardes de escuela.



Pensando en todo esto he desempolvado un viejo libro. Un librito que es una pequeña joya, lleno de ingenuidad y dulzura: “Historia de la aparición de la Virgen de Luna” del inolvidable Adolfo de Torres.



Con este libro me vuelven a la memoria las frías tardes invernales en aquella enorme escuela. Tardes de latas de carne membrillo llenas de ascuas. De sabañones reventones en unos pies ayunos de cueros. Eran las tardes de aquellos inacabables corros en que uno tras otro, sucediéndonos en el sonsonete, nos acercábamos al maestro canturreando más que leyendo: “Había en Pedroche, ha mucho tiempo, un pastor que antes de amanecer salía con sus ovejas, blancas como la nieve…”



– ¡Tilín, tilín!
Ya se fueron las estrellas
¡Talán, talán!
Ya viene el sol en busca de ellas.



Y el que venía detrás de ti en la cola, más torpe que tú, porque las colas de aquellas escuelas estaban formadas siguiendo el orden de la aplicación, el interés y las luces del alumno, eso sí, bajo el recto y autoritario criterio del maestro, que era más humanista que los de ahora y se suponía que lo sabía todo. De todas formas daba lo mismo, uno tras otro nos íbamos turnando en la lectura y si se terminaba el libro en la mitad de la cola, pues vuelta a comenzar cayera a quién cayera el inicio.
Este librito fue un entrañable compañero de nuestros primeros años. Piedra angular sobre la que cimentar el amor y el conocimiento de nuestras más arraigadas tradiciones.



Los sábados por la mañana, después de rezar el rosario nos ilustrábamos en dos materias: Aprender las canciones de la Virgen de Luna y el Cara al Sol. A fin de cuentas eran dos formas claras de lo que entonces se suponía que era hacer patria. Pero claro está, no era lo mismo hacer guardia en los luceros que zamparte el hornazo,

Hoy he vuelto a leer este librito y automáticamente he empezado a hacerlo con el casi olvidado sonsonete. Y creo sinceramente que estaba escrito para leerlo así.


Adolfo de Torres merece un póstumo homenaje. Y lo merece por ser ese eterno canto de nuestras cosas buenas. Pero sobre todo por esta preciosa leyenda que nos dejó, Es una pena que no se vuelva hacer una reedición de este libro.


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