Libertad de expresión para mí y no para mi vecino

MIGUEL CARDADOR LÓPEZ
(Presidente-Editor)


Estamos llegando a límites estrafalarios y al mismo tiempo de tintes desmedidos con lo que es correcto y lo que no a la hora de expresarse.

En España, a la cual consideramos un país democrático y de mentalidad abierta, en los últimos tiempos estamos asistiendo a límites extremos que se aplican en censurar y criticar duramente lo que no es nada más que un punto de opinión, dentro de este marco que consideramos “libertad de expresión”. En este país y en esta sociedad actual, donde manda la tiranía de la corrección política, o se agacha la cerviz y se pasa siempre por el aro de lo hoy establecido como políticamente correcto, o ya sabes que vas a recibir una tormenta de palos de proporciones bíblicas.

La última patochada por esta falta de libertad ha sido la destitución fulminante del cónsul español en Washington, Enrique Sardá Valls, por hacer un comentario pretendidamente chistoso por fallo de protocolo (escrito en supuesto “andaluz”) sobre un vestido que llevaba Susana Díaz, presidenta de la Junta de Andalucía, de color rojo pasión parecido al que también lucía cuando la acompañaba la reina Letizia.

Yo no conozco mucho la trayectoria profesional del diplomático catalán Enrique Sardá, pero creo que los 40 años que tiene de experiencia profesional debieran de pesar muchísimo más que un comentario ocasional algo desafortunado que ha hecho sobre este asunto, y por lo tanto su cese fulminante me parece injusto por desproporcionado. Todo esto se ha aprovechado para inventarse un agravio contra todo lo andaluz y contra todos los andaluces. El Consejero de Cultura de la Junta ha aprovechado para decir un disparate como que “este diplomático ataca el acento de Góngora”. Como si alguien supiera cómo hablaba el escritor cordobés. Además reacciona dirigiéndole otras lindezas con acusaciones de “iletrado” o “analfabeto funcional”, mientras él no tiene rubor en expresar algo tan estrafalario como que “el andaluz es el español evolucionado”.

Mucha gente ha pedido poco menos que la hoguera para este diplomático catalán, cesado fulminantemente por el Ministro de Asuntos Exteriores con petición previa del Sr. Zoido (ministro andaluz del PP) y secundado por gran parte del equipo de gobierno andaluz.

Yo creo que la desmedida y la exageración, por lo que parece, está bastante extendida, y resulta consustancial a muchas personas de determinada naturaleza, pero esto no permite inventarse cosas como cuál era la dicción de Góngora, cuando no hay ningún registro de voz de este poeta. Aquí hay mucha sobreactuación, porque ni los andaluces hablamos todos de igual o similar manera, ni por supuesto pensamos lo mismo. La lengua es y debe ser el territorio de la libertad. Hay andaluces que cecean, otros sesean, muchos aspiran sonidos y algunos apocopan fonemas. Pero todos ellos hablan español.

Ese supuesto acento andaluz por lo tanto no existe, ya que no tenemos un idioma propio, sino compartido, y eso es un enorme activo.

Este pensamiento particular está refrendado por un especialista en la materia como es Antonio Narbona, que dejó escrito, “el español de Andalucía no tiene rasgos exclusivos ni uniformes, no es homogéneo, sino heterogéneo”.

La banderas lingüísticas, vengan de un delirio de superioridad tribal o alimenten los vagos sentimientos de inferioridad cultural, son peligrosas. La Junta debería dejar de montar tempestades en un vaso de agua y preocuparse más de las cinco o seis cosas que más nos interesan a los ciudadanos, sus paisanos. Las sandeces no merecen una epifanía patriótica, y esta lo es y mucho.

Además debiera tenerse en cuenta que el propio ex-cónsul pidió perdón por lo que admitía había sido una mera broma absurda, y mandaba disculpas a la gente que se había sentido molesta por su comentario en Facebook. También ha manifestado “que en España ya no hay libertad de expresión ni sentido del humor”.

Toda la modernidad que nos ha traído internet con su diversidad de formas de utilización hace que muchas veces sirvan de guillotina, para que te sentencien como en este caso. Pero, en cambió, en otros casos mucho más aberrantes, como por ejemplo desear la muerte porque le gustan los toros a un niño de 10 años que tiene cáncer, en esas expresiones no pasa nada.

España, que era un país alegre y chistoso, ya no lo es nada, nadie que ocupe un puesto público puede permitirse el menor desliz, por insignificante que sea.

En nuestra propia comarca pasan cosas que tienen bastante paralelismo. En algunos de los diferentes blogs y otros medios parecidos se atacan de forma desmesurada cuando el dueño del mismo ve algo en otro medio de comunicación que no le gusta. Algunos de ellos, con todos los estudios universitarios que tienen, por una parte, no saben o no han entendido lo que es la libertad de un artículo de opinión, y por otra, da la sensación de que se han creído ya que están por encima del bien y del mal y en posesión de la verdad absoluta.

Habitualmente dedican mucho tiempo a controlar, fiscalizar y desmenuzar al milímetro lo que sale en los otros pocos medios de comunicación, incluido éste, para poner la lupa (o el microscopio) donde haga falta y sacar sus colmillos y atacar, porque les cuesta respetar aquellas opiniones vertidas por personas con nombre y apellidos que se salgan de su círculo de pensamiento, que entienden debe ser el oficial y el único admisible.

Deben saber que, igual que ellos, toda persona tiene libertad de expresión, un derecho que está recogido en nuestra Constitución, y puede ser ejercido plenamente por cualquiera, con los límites que establece el Código Penal y un mínimo inexcusable de decoro.

Por eso es triste comprobar cómo no tenemos que salir de nuestra comarca para encontrar algunos iluminados, que instalados en sus púlpitos de modernos inquisidores y yendo mucho más allá de la expresión de la legítima discrepancia, queriéndose atribuir la función que tenían los censores en épocas oscuras, pretenden el silencio de ciertas opiniones que están vertidas por personas identificadas con nombre y apellidos, porque estas opiniones no son de su agrado o no pasan el filtro subjetivo y personal que ellos se creen con el derecho de imponer a los demás. Son los mismos que proclaman a los cuatro vientos la palabra “libertad”, sí, para ellos, pero no para sus vecinos.


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