Bares, tiendas de comestibles, y el arte de comunicarse

EMILIO GÓMEZ
(Periodista-Director)


La gente tiene que comunicarse. El móvil y las redes sociales se han convertido en los grandes vehículos de comunicación del siglo XXI. Se ha roto con una estructura comunicativa que llevaba siglos. Los pueblos eran, hasta no hace mucho, escenarios representados por las casas, la iglesia, las tabernas y bares, las tiendas de comestibles y de ropa, el cuartel de la Guardia Civil y el hospital o consulta del médico.

Eran los sitios donde la gente se comunicaba. Se iba a comprar a la tienda de comestibles para comprar de comer, pero también para charlar con los vecinos y vecinas. Es curioso recordar como muchas de estas tiendas eran casas antiguas donde sea había habilitado una habitación o un bar con un poquito de tienda. No eran como los supermercados de ahora que son iguales en Madrid, en Pozoblanco, Villanueva o en Hinojosa.

Antes, cada tienda tenía su encanto, su barrio y los elementos que la diferenciaban del resto. No había tanta variedad pero no faltaban las cosas básicas pues se vendía de todo (hasta los cordones para los zapatos). Había mostradores de madera, cajas registradoras enormes, se echaba la cuenta en el papel del pescado. Se mezclaba un batiburrillo de aromas que marcó nuestra infancia. El olor fuerte la bacalao de antes, las especias que se vendían a granel, el pimentón para la matanza, el azafrán, las máquinas de cortar fiambre, a manivela y el vino enranciado. Todos los olores se mezclaban. Olía a tienda. No faltaba nunca en las estanterías las cajas de flan o las galletas María. Los sacos abiertos ofreciendo las alubias secas que se pesaban en las balanzas de metal. Aromas, recuerdos y una forma de comercio mucho más humana y menos mecánica que la de ahora. Y, sobre todo, más comunicativa.

Allí, en esas tiendas de antes, se hablaba de las noticias del barrio, de los que se casan, de los que venden la casa, que si Lucía se ha ido al extranjero y la hija de Pedro se ha licenciado en medicina. Comprando se hacía un paréntesis en el trabajo y sobre todo, se hacían amistades. Historias del pueblo que cobraban vida en una tienda de comestibles comprando un paquete de café molido o unas magdalenas para la merienda.

Y luego estaban lo bares donde, después de leer el periódico que estaba encima la barra, se criticaba al gobierno y se comentaban los goles del Madrid en Chamartín o los del Barça en el Camp Nou. Se hablaba de toros, de cante, de las historias de antes cuando la gente se las componía para vivir sin nada y de los problemas diarios con los que uno se enfrenta cada día. Un lugar apto para la tertulia y para pasar un rato agradable y disfrutar. Se decía que en los bares se bebía mucho pero mucho más se bebe, y sin control, en un botellón.

Estos establecimientos han marcado nuestra forma de ser. Sitios abiertos para la comunicación donde se han cerrado tratos, se han celebrado bodas, bautizos y comuniones, donde se han conocido y enamorado miles de parejas o simplemente hemos pasado ratos tan agradables que son dignos de ser recordados. En el bar siempre te podía esperar cualquier sorpresa y uno casi nunca estabas solo. Ahora, hemos dejado los bares más vacíos. Ya lo hemos dicho en más de una ocasión, el bar más grande y céntrico de Pozoblanco, está cerrado con la pena que eso nos causa.

Todos estos establecimientos deberían de estar mucho más protegidos. Es una cuestión de sentimientos. La historia sentimental de un pueblo debe ser guardada y custodiada porque nos dice de dónde venimos y lo que fuimos. Los bares y tiendas de pueblo han ayudado a transmitir nuestras costumbres, tradiciones y a crear vínculos de amistad que hoy echamos en falta. El carácter local del comercio debe trabajarse y conservarse. Si no se pone remedio, no habrá ni rastro de lo que fuimos.

Sabemos que esas figuras de pueblo, donde cada uno tenía su función, se han perdido. Hablo del zapatero, boticario, sastre, esquilador, herrero, vinatero, sacristán y, en fin, todos los oficios que una comunidad necesitaba. Ahora se está perdiendo los lugares de comunicación. Todo está en la red. Pues en la red no están esos olores de las tiendas de antes, ni los sabores de esas tabernas y bares. Tampoco se ve la cara que pone con el que contactas en la red ni lo escuchas. Los sentidos para la comunicación se están perdiendo. Es decir, hay más mentira en lo que se dice y en lo que se siente.


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