¿Viviendas colaborativas? ¡Sí, gracias!

SEBASTIÁN MURIEL
(Docente jubilado)


Compartir es una de las cosas por las que merece la pena vivir. En su esencia lleva implícito la presencia de otras personas, un tener en cuenta otras opiniones, mirar “el ombligo de otros” y de alguna forma, consensuar unos objetivos comunes. Las personas somos más felices cuando compartimos y nos sentimos más satisfechas.

La primera vez que compartí un piso de estudiante lo pasamos francamente bien. En la convivencia diaria se crea un ambientillo de comunicación y complicidad que te ayuda a vivir. Te sientes protegido y te echan de menos si te retrasas sin previo aviso. Además de desarrollar tu vida, te enriqueces con aportaciones de las personas que usan la misma cocina y que cobija el mismo techo. De ahí mi cierta fascinación por las familias numerosas a las que adorno con más “pro” que “contras”.

Compartir con tu pareja, con tus hijos, con familiares, amigos y compañeros de trabajo son ocasiones para pasarlo bien y aprender viviendo una pluralidad de situaciones, opiniones, colores y matices. Aniversarios, comidas, viajes, conversaciones, duelos, bodas y cumples se convierten así en escenarios de vida, en lecciones sin libro, en funciones de teatro donde las mismas personas son actores y público a la vez.

A partir de los cincuenta – sesenta años de vida las personas empezamos a plantearnos cómo organizar nuestra vejez. La lógica de la vida nos dice que los hijos se van y, aunque vuelvan, cada cual procura – en la medida de sus posibilidades – no ser una carga para nadie. La posibilidad de un asilo siempre asoma aunque nos retrae imaginar personas encorvadas andando con dificultad o un pasillo repleto de sillas con ruedas y los muchos años que se desprenden de las canosas personas que las ocupan. Seguir viviendo en tu casa atendido por una o varias personas es algo que se escapa a la mayor parte de nosotros. Además, como depende de tu entorno, la sensación de soledad puede resultar aplastante y los achaques o enfermedades que se presenten pueden hacer imposible tu vida en tu propia casa.

Hay una solución intermedia que cada día me gusta más. Está inventada y puesta en práctica por alguna gente: Se trata de volver a compartir piso con otras personas afines. Repito afines. La elección de los “compañeros de piso” es fundamental y entiendo que es clave. Tengo entendido que hay empresas que se dedican a buscar “perfiles similares” al objeto de reunir personas con educación parecida y pareja escala de valores. Los ocupantes de la vivienda generarían sus propias reglas. Estoy pensando en un piso con tres o cuatro dormitorios, seis u ocho personas, catering para el medio día, una persona que vaya dos o tres veces a la semana para tareas domésticas, ambiente colaborativo, respeto….Los sesenta, setenta, ochenta…….son un periodo excepcional para vivir intensamente con algunas cosas aprendidas. Es una etapa deliciosa si la salud te respeta. Es tiempo de saborear la vida, de seguir haciendo cosas y disfrutar de la gente que quieres. Creo que las personas que conviven así son más dueñas de su propia vida, evitan la masificación de una gran residencia y la posible soledad de tu propia casa. Volver a compartir techo con otras personas te rejuvenece, te permite ayudar y ser ayudado. Además se comparten gastos. Por fortuna, las nuevas tecnologías y los servicios a domicilio facilitan esta forma de estructurar una madurez joven, manteniendo una importante autonomía personal.

Entiendo que las Administraciones Públicas (Estado, Autonomías, Diputaciones y Ayuntamientos), entidades bancarias, asociaciones de vecinos, etc…deberían de apostar por este tipo de co-viviendas implicando a los propios interesados en la promoción y desarrollo de “su vivienda autogestionada y compartida”.


En cualquier caso, sólo he pretendido reflexionar sobre otro modelo residencial para viejos jóvenes. Salud. 


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