Orgullosos

ANTONIO RUIZ SÁNCHEZ
(Periodista)


Todo el mundo se enfada. Con sus amigos, con su pareja, con sus hermanos, con sus familiares… Es algo que va dentro del ser humano y es imposible evitarlo. Porque por muy tranquila y sosegada que sea una persona, siempre habrá algo que la haga estallar inevitablemente. Y si se trata de una persona con poco aguante, más todavía.

Ahora bien, aunque un enfado sea inevitable podemos intentar gestionarlo. Uno de los puntos de conflicto más comunes en una discusión es que ambas partes piensan que tienen la razón. El orgullo no deja dar el brazo a torcer y no hay quien se mueva de su posición.

Comienza entonces un periodo de silencio tóxico porque no hay manera de acercar posturas y cada uno tiene sus argumentos para permanecer en sus trece.

A nadie le gusta estar mal con alguien al que quiere o tiene aprecio y menos por alguna tontería sin importancia, pero el orgullo es tan fuerte en nuestro interior que no nos permite arreglar las cosas. ¿Consejos? Dicen los psicólogos que es importante quitarse de encima la necesidad de tener siempre la razón. Hay que poner sentido del humor a los conflictos, reírse de los problemas para desestresarse y mirar la vida con menos angustia. También es esencial no ofenderse fácilmente, no estar continuamente a la defensiva y no hacer un drama de la vida.

Y sobre todo: humildad. Porque al final disculparse es lo único que hará que se vaya la mala sensación de tu interior. Ser humilde, ser compasivo y seguir adelante con la vida. 


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