¡Se escribe WhatsApp! Ajo calmante hace al hombre caminante...

JUAN BAUTISTA ESCRIBANO CABRERA


Ajo calmante, o era caldante, o tal vez cardante (de cardo)… No lo sé. Lo aprendí en el marco del lenguaje oral y nunca tuve certeza ni supieron darme razón precisa. Lo relevante era, por un lado, que se refería a esa comida que los de Pozoblanco (los más jóvenes sin saber muy bien lo que cantan) celebramos en nuestro villancico más señalado: El torreznito y, por otro, que debía rimar con caminante. A ese “ajito de cuajar”, o de lo que se pueda, es al que se refiere el titular.

Ahora nos llama menos la atención cuando, en un supermercado, encontramos personas que se leen las etiquetas de los productos antes de echarlos al carrito de la compra. No me refiero a los que miran el código de barras para descartar automáticamente, por ejemplo, los productos ingleses o catalanes (Qué pena, a dónde nos están llevando esos políticos iluminados que nos toca padecer). Hablo de quienes se leen toda la información referida a ingredientes, composición, elaboración, conservantes, colorantes, grasas saturadas de las buenas, de las malas y de las regulares, modo de preparación, cosecha, fecha de envasado y caducidad, recomendado o contraindicado para…

A pesar de todo, cada día es mayor mi certeza de que para adquirir (y para ingerir) muchos de los productos que consumimos a diario, es necesario llevar a cabo un sincero acto de fe, de otro modo moriríamos de hambre. No, no me pronuncio en contra de que se exijan unos rigurosos controles de calidad y de que se nos informe y nos informemos de manera clara y precisa. Todo lo contrario. Sin embargo, cuando nos ponemos demasiado tikismikis (más en la forma que en el fondo), suelo acordarme de aquel viejo toro que, en la fila del matadero, comentaba: Tiene guasa, con lo machote que yo he sido y con los hijos que tengo repartidos por el mundo, que dentro de un rato, me vayan a hacer pasar por filetes de ternera. Ironías de esta nueva manera de alimentarnos.

Aquellos que, durante muchos días de su vida, almorzaron una sopa que consistía en unos ajos (de ahí su nombre) cortados sin mucho miramiento y fritos en candela con sartén de rabo largo y -con suerte- unas tajadillas de cuajar o de hígado o alguna patata… Añádase agua -¡Ajo y agua!- y unos trozos de pan duro o bien asentao y mézclese lo anterior, convenientemente, con el hambre feroz de alguien que empezó a barcinar antes de las cinco de la madrugada. El resto es cultura de nuestros Pedroches y sudor y callos en las manos, salpimentado (en su justa medida) con un sol abrasador y las socorridas canciones de trilla… y ¡A aventar, cuando hace aire! Y cuando no lo hace, también. Decía, que aquellos que comieron de este ajo conocen el resto de la retahíla: Ajo calmante hace al hombre caminante, saltaor y brincaor

Nuestros abuelos sabían de lo que hablaban y habían comprendido en carnes propias, hasta dónde te puede llevar un ajo caldante. No precisaban otra información (sobraban las etiquetas) que la que su propio organismo y experiencia les dictaba. Lo de la pirámide de los alimentos y las dietas hipocalóricas o la de la berenjena, que es la más sana y es la más buena y los hidratos de carbono,… ¡No digo nada de Masterchef! son terminologías recientes ¡De ayer mañana! que diría un castizo.

Y, lo han adivinado, el dicho cuenta con una apostilla (conozco otras versiones) y completo reza así: “Ajo calmante hace al hombre caminante, saltaor y brincaor, pero arrancaor de encinas, no”. Y, mire usted por dónde, incluso sin tener certeza de cómo debo enunciarlo, encuentro una interesante correlación: la alimentación de nuestros antepasados tiene mucho que ver con la densa y frondosa dehesa de encinas que nos legaron. No les quepan dudas, después de trabajar todo el día hasta la extenuación, aún les quedaban ganas de andar de ronda por la noche, saltando y brincando por los caminos, pero, con un plato (o la propia sartén compartida) de ajo como principal fuente de energía, por muy sufridos que fueran, ya no les sobraba ni pizca de fuerza para arrancar una sola encina. ¡Así nos entregaron la jara!

Bienvenidos a ¡Se escribe WhatsApp! Muchas gracias por acompañarme hasta aquí. No es necesario añadir jejeje ni marcar emoticono alguno. Espero que nos sigamos encontrando en alguna de las plazas de nuestra comarca, de paso, podríamos discurrir juntos sobre por qué (con todo lo que sabemos) nos estamos poniendo tan gordos y tan indolentes ante la maquinaria de destrucción masiva de arrancar encinas que nos invade. Por qué, en lugar de leer tantas etiquetas, no le echamos de vez en cuando un ojillo a nuestra cultura y, al menos los de Pozoblanco, no deberíamos conformarnos con cantarlo una vez al año por Nochebuena sino que tendríamos que readmitirlo nuevamente en nuestra dieta: ¡Lo que nos estamos perdiendo!


Hablo del ajo calmante. El ajito de toda la vida, sin conservantes ni colorantes. Recomendado para caminar, saltar y brincar y contraindicado para arrancar encinas. En definitiva y por si fuera poco: Respetuoso con el medio ambiente y en particular con la dehesa. ¡Casi na! 


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