¡Se escribe WhatsApp! ¡Alza dos y deja una!

JUAN BAUTISTA ESCRIBANO CABRERA


Que levante la mano aquel que nunca en su vida haya aparentado ser más de lo que era, que no haya querido que los demás pensasen que tenía más de lo que en realidad eran sus pertenencias, que no se haya echado -alguna vez- miajones en la pechera antes de salir de casa, para que todos creyeran que ya había comido. En fin, que levante la mano el que siempre estuvo conforme con su suerte y su lote le pareció insuperable.

Supongo que en la humana lucha por mejorar, nos encontramos todos y aunque alguna vez hayamos echado mano de mentirijillas piadosas o de poses que ya narraba la novela picaresca, lo cierto es que siempre hemos tratado de llevar ese afán de superación con cierta dignidad y, más o menos, bajo control.

Cuentan que en nuestros queridos Pedroches de nuestra alma, hubo una vez una mocita casadera que, por algún asunto especial que no recuerdo, una noche, recibió la visita en su casa del mozo que la pretendía, acompañado de sus padres. La visita, anunciada con tiempo, se había preparado a conciencia, para impresionar al futuro yerno y consuegros, intentando cuadrar armónicamente la verdad y las apariencias. Así, por ejemplo, se había pactado que, en un momento dado, el hermano pequeño se retirase a dormir y, desde su habitación, alto y claro preguntara: “¿Cuántas sábanas levanto?”. Dando la oportunidad de responder exagerando un poco y causando la impresión de que en aquella casa iban sobrados, hasta en el número de sábanas que se colocaban en las camas.

Pero sea porque siempre queda algún fleco suelto (por más que se trabajen las estrategias o porque los niños suelen decir la verdad), cuando, llegado el momento, el infante dio las buenas noches y, desde su cuarto, gritando más alto de lo deseado, preguntó: “¿Cuántas sábanas levanto?”. Su madre, después de componer una estudiada sonrisilla que debía pasar por espontánea –como quien no quiere la cosa- respondió: “Alza dos y deja una”. Con eso ya se la habían colado a las visitas y ahí debía terminar el debate de la cuestión, pero les faltaba un reglamento interno de la cámara o nadie había explicado al chaval que no existía turno de réplica ni de contrarréplica y que, tras la respuesta de su madre, debía callarse y simular que el nivel de aquella familia superaba, con creces, la media nacional. Sea como fuere, inesperadamente, el niño formuló una nueva pregunta que sonó más a afirmación sincera: “Pero, si he alzado una y estoy en las hiniestas…?

¡Y ahora qué! ¿Cómo se sale de un fangal en el que te has metido tú solito a base de preguntas estúpidas o inconvenientes? Los filósofos, esos que estamos retirando de las áreas de estudio de nuestros jóvenes (para no darles la paliza a las criaturas) se diferencian del resto de los mortales, no tanto por sus respuestas certeras (que también), como por formularse preguntas que solo se les ocurren a ellos. En este terreno de las preguntas existen muchas leyendas urbanas –que dicen ahora- o topicazos con poco fundamento según los cuales hemos de creer que los profesores de historia de los institutos aún continúan preguntando de memoria la lista de los reyes godos y se quedan tan tranquilos, o que la policía no sabe interrogar más allá del ¿Dónde se encontraba usted el día D a la hora H?... En conclusión, nuestro tiempo necesita de mentes emergentes y preclaras que planteen cuestiones del máximo interés, para solucionar los grandes problemas y retos de la humanidad.

Y mire usted por dónde, nos toca sufrir a diario cuando, a individuos que (colocados –por ellos mismos, su dinero, sus partidos,… y nosotros- donde no merecen estar y habiéndoles regalado -para que se explayen- los micrófonos que se niegan a otros con aportaciones de mucho más interés) nos hacen pagar un altísimo precio como consecuencia de la formulación de preguntas ridículas, inoportunas o fuera de lugar, para las que exigen respuesta urgente. Sí, me refiero también al Brexit; independencias sí o independencias no y aquí y ahora; elecciones –otras más- anticipadas y primarias y… ¿quién es la más bella del reino?;… como si no hubiera nada mejor de lo que hablar o nos fuera la vida en ello. En los años del hambre, una niña -después de besarlo- preguntaba siempre a su padre: “¿Papa, traes pan?” He ahí una buena e inaplazable cuestión.

Hartos de responder a esas preguntas con las respuestas que se nos marcan (Sí o No. Este o Yo.) o con un asentimiento silencioso, algún día, el pueblo o la gente, o como quieran llamarlo, se cansará y responderá de manera inconveniente y dejará a la nueva clase “filosofal” confundida y la forzará a reconvertir la estúpida situación creada con una estúpida solución final.

En nuestra historia (perdida la noción de la realidad con aquella interpelación, como poco, innecesaria) el padre y la madre de aquel niño preguntón se miraron confundidos, rojos de vergüenza y suplicándose el uno al otro con la mirada, que encontrase las palabras exactas para arreglar aquel desaguisado… Finalmente, el padre, con carita que pretendía ser de suficiencia, exclamó: “¡Ay qué tonto, pues no se ha metido en la cama del perro!”


Bienvenidos a ¡Se escribe WhatsApp! Muchas gracias por acompañarme hasta aquí. No es necesario añadir jejeje ni marcar emoticono alguno. Espero que nos sigamos encontrando en alguna de las plazas de nuestra comarca. Podemos exagerar y aparentar todo lo que nos apetezca, pero superemos los egocentrismos -más propios de niños de pocos años- y no tengamos ninguna duda de que nuestros semejantes nos tienen bien calados y no son imbéciles, aunque a nosotros nos lo pudiera parecer.

Cuidado por quién y qué nos dejamos preguntar: He sabido que el chiquillo de nuestra historia (alzase dos y dejara una o se acostara directamente en las hiniestas) al menos, hasta el día de la preguntita, había dormido cada noche a pierna suelta. 


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