Los libros de feria entre los pliegos de cordel y los corrillos de los mentideros

ARTURO LUNA BRICEÑO


Siempre me ha gustado echar la vista atrás, y no para ver el camino que no se ha de volver a pisar, que dijo Machado. Lo hago cuando pienso en mi pueblo y me doy cuenta que ha cambiado en su fisonomía, costumbres y un poco en su esencia. Los mejores testigos de esta evolución, o retrocesión según se mire, son los Libros de Feria.




Los libros de feria, vistos en la distancia, además de ser la cartelera de los acontecimientos que debían de pasar y los espectáculos que podrían verse, eran un muestrario de escritores que plasmaban sus versos, sus vivencias y sus anhelos. Pero sobre todo ello su finalidad final, y hoy su gran valor, eran los anuncios que se mostraban a los vecinos.



El Libro de Feria en Pozoblanco en tiempos de carencias de medios de comunicación era el único periódico que las gentes del pueblo tenían para saber de la feria, a que espectáculos podían asistir y quién se había muerto, casado o nacido. Y sobre todo leer los anuncios de las empresas, tiendas y comercios más importantes que existían.



Los industriales y comerciantes del pueblo sabían que los libros de feria iban a ser tratados como los santos correcalles que dentro de sus capillas de madera iban pasando de casa en casa a lo largo de un mes. Santos protectores de los hogares y de las calles. Devoción compartida y que imponía dar cobijo y rezos a la imagen nómada. Eran los libros de feria algo parecido.



Por lo general lo adquiría el vecino más pudiente y pasados unos días se lo prestaba a su vecino y este a su vez al suyo, y así el Libro iba de casa en casa siendo devorado, más que leído por los que sabían leer, que no eran todos.

Lo malo del ir y venir del dichoso libro es que algunos vecinos se enteraban de lo que ocurriría en la feria de Septiembre para Navidad.



Llevo un tiempo organizando el archivo de mi padre y de mi hermano Luis. Un trabajo lento pero que te depara agradables sorpresas. Y así cayó en mis manos el Libro de Feria de Pozoblanco de 1955. Que a saber por el sello que lleva procede del Ateneo de Estudiantes de Pozoblanco, al que todos conocimos siempre como “EL Casino”. Lo que garantiza que este libro estaba tan “sobao” y leído como el Libro que recorría las calles.



El Libro está lleno de anuncios. Los hay de todas clases y repartidos por todas las calles e incluso en unas misceláneas, en las que se cuentan lo que sucedió hace cincuenta años, o lo que es decir hace más de un siglo, en que dicen que ha muerto un comerciante que tenía su tienda de ultramarinos en el Pozo Viejo, y que a su entierro había acudido todo el barrio. Sin duda era una de esas tiendas que se fiaba, y muchas veces se socorría a los que no tenían ni para comer ni para vestir.




Pensé que cuántos de estos vecinos generosos han vivido en Pozoblanco y fueron ángeles protectores de los menos afortunados. Me di cuenta que las calles no solo las forman las casas y los empedrados. Que las calles están cimentadas en la convivencia de sus habitantes. En la solidaridad y en la amistad.




No hay comentarios :

Publicar un comentario