La Eugenesia no fue cosa solo de los nazis

MIGUEL CARDADOR LÓPEZ
(Presidente-Editor)


La historia muchas veces es incompleta, o presenta notorias manipulaciones provocadas por intereses partidistas o ideológicos dependiendo de las personas que la investigan y escriben. Es la misma comparativa de las leyes, que son aplicadas e interpretadas por hombres que se denominan jueces, pero que estos desde su infancia tienen educaciones e influencias y pensamientos diferentes, lo que les hace una interpretación particular en muchos casos de esas leyes.

La eugenesia es la aplicación de las leyes biológicas de la herencia a la pretensión por algunos de “perfeccionamiento” de la especie humana, tanto físicamente como intelectualmente.

Antes de la Segunda Guerra Mundial los nazis regularizaron la esterilización de personas con enfermedades hereditarias y dictaron leyes que desembocaron en el asesinato de más de seis millones de judíos, igualmente que de gitanos y enfermos mentales. Mucha gente pensó que los alemanes fueron los que inventaron la práctica de la eugenesia. Pero la triste realidad es otra muy diferente. Los orígenes de la historia moderna hay que buscarlo en Londres, a principios del siglo XX, donde Sir Francis Galton, sobrino del célebre naturista Charles Darwin, afirmó que el talento era hereditario y que la raza humana podía ser mejorada por medio de la ingeniería genética (cosa que compartía el mismo dictador Hitler).

Se consideró una obligación social el atajar las enfermedades degenerativas o mentales, aunque hubiera que utilizarse métodos destructivos. Entre sus partidarios en Gran Bretaña se encontraban destacados pensadores asociados a la clase dirigente liberal o a la izquierda, como por ejemplo el economista John Maynard Keynes. Este afirmó que “la gran transición en la historia humana empezará cuando el hombre civilizado se atreva a asumir el control consciente en sus propias manos, lejos de la mera supervivencia predominante”.

Sorprendente es que, una vez que los nazis fueron vencidos y condenados por sus crímenes, algunas naciones mantuvieron planes de eugenesia, lo que incluía la esterilización forzosa de individuos.

En Estados Unidos se abolieron a principios de los años 60, Suecia, el país de mentalidad moderna, lo practicó hasta 1996. El país escandinavo utilizó 230.300 personas entre 1936 y 1996, por razones de higiene social y racial. Cerca de 62.000 personas fueron sometidas a estas prácticas entre 1935 y 1975. Otra 165.000 fueron esterilizadas entre mediados de los años 70 y 1996.

La mitad de los afectados firmaron ese acuerdo, pero del resto no hay datos, a excepción de 6.000 personas que fueron forzadas a la esterilización y unos 15.000 fueron sometidas a ese tratamiento de manera coercitiva y bajo engaños.

Como vemos los crímenes y aberraciones también se cometen en países que consideramos democráticos y avanzados, y que incluso llegamos a admirar por las muchas leyes y lecciones que imparten.

Yo, desde mi corta experiencia, puedo decir que he tenido conocidos y compañeros de trabajo con discapacidad que desarrollan el trabajo igual o mejor que personas que no tienen teóricamente ninguna discapacidad.

Aún recuerdo un hecho que me impactó sobremanera hace cerca de 20 años, en un torneo de tenis que me tocó jugar con un rival de Córdoba, unos 5 años mayor que yo. Cuando estábamos ambos calentando observé que tenía una levísima cojera y pensé que era que salía de alguna lesión. Cuando íbamos a empezar el partido, ambos nos dirigimos a nuestras sillas para incorporarnos a iniciar el encuentro. Mi sorpresa vino cuando advertí cómo mi rival se ajustaba la pierna ortopédica izquierda hasta la altura de la mitad del muslo. Él, que se dio cuenta de mi asombro, me dijo:”oye, no me vayas a tener la más mínima consideración jugando, porque como vea que aflojas en el juego me voy a acordar de algún familiar tuyo”. Yo, balbuceando, le respondí: “no te preocupes, que yo voy a jugar a muerte para ganar el choque”.

Al final gané yo, no sin esfuerzo, y al terminar nos dimos un efusivo abrazo de despedida. Para mí quedó la lección de superación que me había dado, porque nunca pensé que un hombre que le faltaba una pierna pudiera jugar al tenis en la modalidad de individuales y al nivel que lo hizo.

Por un momento pensé que el que tenía la discapacidad era yo y no mi rival.

Todo ser humano, tenga la minusvalía o discapacidad que tenga, tiene un potencial enorme e insospechado. Y en muchos casos, poniendo empeño y voluntad, puede llegar a realizar lo que se proponga, y puede hacerlo igual de bien o incluso mejor que otra persona de las que consideramos como “normales” porque su discapacidad (la discapacidad que en algún grado o en alguna medida todos tenemos) no es tan notoria o patente a la vista. 


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