Fandiño, el viaje de un torero diferente

EMILIO GÓMEZ
(Periodista-director)


A los toreros como Fandiño los imagino en la puerta de su casa, sentados en una silla de anea, mirando por si en alguna callejuela saltara un toro al que torear entre el ruido que hacen las pisadas en los viejos adoquines.

Se afanan los toreros en hacer de su oficio un arte y un juego con la vida. Juegan con ella por amor a una pasión que tienen dentro y no se pueden sacar. Saben que esas pasiones les acompañan a todos sitios. Me refiero a la de torear, a la de ser artista en el ruedo, a la de ser ángel en la plaza en medio del gentío, de un pasodoble, que quien sabe si fue el que anunciase su muerte.

Cuántas tardes burló Fandiño a la muerte. Cuántos kilómetros recorridos en busca de ese duende que llevaba dentro. Lo ves, ahí está el duende. Unas veces lo atrapaba y otras se le escapaba. Le salía a veces y en otras se escondía. En medio del sol del tendido, brillando en traje de luces con una muleta para defenderse y, a la vez, para interpretar la melodía de este arte incomprendido en tantas ocasiones.

Vergüenza da leer esos comentarios alegrándose por la muerte de Iván. Tenía 36 años. Solo 36. Qué mentes y que alma tendrá esa gente que piensa y escribe eso. ¿La gente no sabe que el toro bravo no existiría sin la tauromaquia? La gente que dice defender a los animales desde el radicalismo enfermizo, nunca ha estado con animales en el campo, nunca le ha dado leche en un caldero de zinc a ningún ternero, nunca ha corrido detrás de ellos cuando se escapaban, nunca le ha dado pienso cuando lo necesitaban. Esos no saben lo que es el campo. Esos no saben cómo se crían animales porque no se han criado con ellos.



Fandiño era el GLADIATOR del toreo aunque también tenía ese alma de poeta. Tenía una historia de amor con esos versos de una generación perdida que pudo ser la del 98 o la del 27. Es la historia de una amante en la trinchera. Era diferente porque era auténtico. Incomprendido por muchos y héroe para otros. Era Fandiño. Sin más.

¿Dónde irá la fantasía cuando un torero se muere? ¿Quién llora al arte que se escapa en una tarde de toros? El misterio de la tauromaquia es el misterio del arte, el de los poetas, el de los versos de Lorca, el de los capotes que sobrevuelan, el del sol cayendo, el de la tarde que se pierde, el de la disyuntiva de la vida, el del preguntar porque viene la muerte, el de los secretos escondidos, el de la vida entregada a la suerte, el del albero que llora sin necesitar ser regado, el de las prisas al hospital, el rezo de las madres, la tristeza del padre que pierde al hijo. Es el misterio de la vida que se escapa como se escapó la de Fandiño en una tarde de sábado.

No sé porque la gente no respeta el arte, porque a los escritores le llaman cursis, porque ignoran a los poetas, a los pintores, a los creadores, a los que venden palabras, a los sueños de los toreros. Hemos creado una sociedad del instante. Una sociedad carente de arte que ni lo tiene ni ve al que lo lleva. Pero el arte existe. Está en los hombres. Estaba en Fandiño en una tarde de sol con un cantaor asomado a la ventana y él clavado en la puerta de su casa esperando su duende, esperando a que saliera el toro. Esperando nada.

Como decía el padre de Djukic cuando su hijo falló aquel penalti con el Depor; “Tanta pasión para nada o para tanto Fandiño”. La carretera se cortó en ese camino. Allí perdiste o encontraste tu duende. Nos lo contarás en la otra vida donde ajustarás las cuentas a esas ratas que se alegran porque te has ido.

Se ha ido Fandiño dicen en la plaza, en los bares, por los balcones de las casas. Se ha ido al torero. Se fue sin maleta. Allí donde va no hacen falta ni relojes ni pulseras. No hay hora y el tiempo nunca pasa. Deja lo que hizo en vida, muletazos, triunfos, orejas, aplausos, recuerdos y su obra. Arte, arte, arte…..se ha ido un torero tan diferente. Se ha ido tan pronto y ha sido tan fuerte.

En qué plaza portátil estarán toreando los Victor Barrio, Montoliú, Yiyo, Paquirri o Fandiño. En el cielo están haciendo carteles que nada envidian a los de la tierra donde las plazas lloran las ausencias de la fiesta.

A los toreros como Fandiño los imagino en la puerta de su casa, sentados en una silla de anea, mirando por si en alguna callejuela saltara un toro al que torear entre el ruido que hacen las pisadas en los viejos adoquines. 


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