EMILIO GÓMEZ
(Periodista-director)


Cuenta Vicente Cámara que en su infancia le gustaban las cometas voladoras. Incluso fabricó una para ganarle al ‘Troloncho’ quien poseía la cometa más grande de Santa Eufemia. Tuvo que ser un bonito el duelo en el aire. También abajo, pues las mujeres que iban a lavar a las pilas asistían a una lucha de cometas por el cielo que tuvo vencedor, “la cometa del Poca-Ropa le gana a la del Troloncho”, decía una mujer vestida de negro.

Volar, escaparse, ser libre. Esa es la victoria. Hay quien nunca escapa de los callejones sin salida de la vida por no saber volar.

En realidad somos aire y volamos. El aire, cuando lo dominas, no solo no te detiene sino que te lanza. No nos podemos retener. Volamos. ¿Para qué quedarnos abajo si arriba podemos escapar? Nadie es más que nadie. El hilo de la cometa es muy fino. Eso nos hace movernos de un lado para otro. Da igual que sean de colores, blancas o de papeles pintados. Ese hilo es mágico aunque sabemos que se puede cortar. Nunca sabemos cuándo podemos caer. Mientras tanto por qué no volar, escapando de la realidad y siendo libres como pájaros.

Cuando nuestra cometa vuela debemos olvidamos de quienes nos han querido cortar el hilo, de quienes creen que los sentimientos se compran con dinero, de quienes dicen ser más que lo que son, de quienes quieren gobernarnos por obligación. Volando nos olvidamos de ellos. No nos importan. Solo volar y volar en nuestra vida regalada. Qué grande es vivir haciendo lo que uno quiere en el aire que le pertenece.



Como decía Proust, todo paraíso es un paraíso perdido. Y en ello estamos. Miremos hacia nuestros adentros y volemos, volemos buscando el paraíso que tuvimos y que perdimos. Hoy me dice una de mis gemelas que mañana se acaba la escuela. Lo dice con la alegría del que parece quitarse un peso de encima. Es cuando le digo yo, lo que daría por estar en el pupitre que ella está. No valoramos las cosas hasta que las perdemos. El paraíso estaba en nuestra infancia, en la fantasía, en la cometa que echábamos a volar.

Es por ello que cada día soñamos con ser el niño que fuimos. Sí, ese niño que en las yemas de sus manos tenía el hilo de la cometa y el mundo sin saberlo. Eran esos tiempos cuando uno creía que todo era perfecto. Pero no lo era. Estaba el sufrimiento ante el que no hemos sabido luchar juntos. No nos gusta una sociedad que se olvide de la gente que está luchando en una sala de hospital, no nos gusta que los mismos quieran ser la sota, el caballo y el rey de todas las partidas, no nos gusta que el dinero público se vaya siempre hacia a los mismos sitios, no nos gusta los oportunistas, maleantes, aprovechaos y palmeros, no nos gusta que dejen a niños sin cometas.

No podremos recuperar los besos de los nuestros que ya no están, ni las tardes de calle y juego, ni los olores a libro nuevo, ni las viejas tiendas que desaparecieron, ni la juventud de nuestros padres, ni la infancia nuestra. Eso lo perdimos porque el tiempo simplemente pasó. Lo que no podemos perder nunca es nuestro vuelo. Lleguemos donde lleguemos. El mundo de cada uno es el que queramos nosotros que sea. Ese mundo que vemos y ese que no existe pero que imaginamos. Que a nadie le roben los sueños. Todos tenemos nuestra cometa. Ya está bien de que haya gente comprando cometas de otros por ahí.

Si no saben hacerlas volar, para qué las compran. 


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