Calle Madrid... ¿Sola? No, sola no


ANA CASTRO


La vida nos lo pone complicado para vivir en solitario. El alquiler o la hipoteca, los recibos, la Declaración de la Renta, los planes de ocio… Una gran carga económica amenaza con aplastarte si apuestas por el osado camino de la vida de a uno. Luego, están las abuelas y las tías (e, incluso, los padres) que nunca comprenderán por qué ese interés de vivir sola y curiosean acerca del silencio por la casa. Sí, en mi casa -que es sólo mía (y de mi gata)- hay silencio cuando quiero y otras veces Spotify, la lavadora, Netflix, amigos, la aspiradora e, incluso, el amor. No es de mi propiedad, pero pago mi cuota de alquiler religiosamente y está repleta de la porción de luz que necesito para vivir. Así que sí, es mi casa durante el tiempo que el contrato de alquiler esté en vigor y yo quiera prorrogarlo y mi gata siga paseándose feliz por todos sus rincones. Y vivo sola a mucha honra. He elegido vivir así -pese a que mi nómina no se lleva demasiado bien con los recibos- porque creo que la libertad y autenticidad plena sólo se alcanza cuando vuelves del trabajo, cierras la puerta de casa tras de ti y tan sólo cuenta lo que tú decidas cuando más te apetezca. Sin ser juzgada ni observada. Nada, sólo tú.

Esa plenitud no tiene precio. Bueno, sí, lo marca el alquiler y renunciar a parte de ocio por un bien superior: vivir sola, que es conseguir la completa autenticidad en casa de manera atemporal. Que al cerrar la puerta de entrada no importe si eres hija, hermana, empleada, artista, compañera, amiga o pareja. Que sólo tengas que ocuparte de ser tú (bueno, y el ama de la gata, que es como ser tú elevado a la enésima potencia con un apéndice peludo) sin límite de tiempo. Abrir el balcón para dejar entrar la lluvia de madrugada, hacer un bizcocho a las 0h am, desayunar con música o dejar tiradas cosas aquí y allá sin que nadie reclame. Cosas así de pequeñas, que definen y dan sentido al día y que probablemente no hiciera tan libremente si fuera compañera de piso, amiga o amor de alguien -aunque que conste que también debe de ser extraordinario tener una casa común y que salga bien, que a mí todavía no me ha pasado-.

Mamá sí lo entiende, aunque frunce el ceño y se pone nerviosa cada vez que le planteo que quiero marcharme sola de viaje lejos (bueno, a Europa). Papá, que sostiene que no podrá comprendernos jamás, la apoya en lo de que no debería coger un avión y marcharme así sin más, sola. Y es que una cosa es vivir sola y otra irse de viaje sola. No, en realidad. Una cosa es vivir sola y otra vivir solo, que probablemente no se plantearan tantos inconvenientes si la palabra acabara en “o”. Yo, tan sólida y feroz como de costumbre, me defiendo y apelo a mi nivel de inglés, a la educación que me han dado y a mi propia experiencia vital, que tampoco es tan corta.

Luego, les hablo de mi último día sola en la piscina. Les cuento que terminé bajo la sombra de un árbol a media tarde junto a una mujer de mediana edad que también estaba sola. De manera instintiva, las dos nos mirábamos aunque ninguna decía nada. Ella, a su frus frus; yo, a mi libro y las horas y el calor y, de repente, un “perdona, ¿podrías echarme crema en la espalda?”. Yo sonreí y le dije que claro y le eché crema y luego ella se ofreció a echarme crema en la espalda a mí. Bromeé. Le dije que quemarse la espalda es el único inconveniente de venir sola a la piscina. “A veces vengo sola, no me importa”, se defendió ella. “A mí me gusta venir sola a la piscina”, preciso yo. Y luego más horas y más calor y un echarnos la vista de vez en cuando. De repente, anunció que se iba a comer; yo, que me daría un baño en un rato. “Si vas a darte un baño me llevo mis cosas”, comenta. “No, tranquila, me espero, claro que sí”, le respondo. Así, tácitamente, sin necesidad de acordar nada, ella había entendido que yo cuidaría sus cosas y yo que ella le echaría un vistazo a las mías por el mero hecho de formar parte de un “nosotras” que nos trasciende. Así, cuando fui a darme el último baño de la tarde después de que ella volviera de comer, me zambullí y dejé flotar mi cuerpo con toda tranquilidad, sabiendo que mis cosas estarían a salvo bajo la mirada de esa mujer.

Confío en que mamá y papá entiendan que el feminismo es transnacional y no entiende de olas de calor y que esa hermandad que le es intrínseca, esos hilos invisibles que nos vuelven aliadas y hacen que cuidemos las unas de las otras sin conocernos, hace que nunca esté sola. Luego les digo que lo han hecho bien, que yo querría que mi hija algún día supiera instintivamente que ha de cuidar del resto de su tribu (en la piscina, en la calle o en un avión), y les felicito por ello. Intento hacerles sonreír ante la idea de que su hija quiera coger una maleta y marcharse lejos para ser sólo Ana frente al mundo durante unos días.

Además, apelo a las referencias compartidas con mamá y hablo de “The Handmaid’s Tale”(El cuento de la criada), tanto de la sobresaliente serie de HBO como del brillante libro de la grandiosa escritora estadounidense Margaret Atwood en el que se basa. Hablo de estar solas y ser ejército a su vez, de reconocernos con apenas una mirada y de cómo nos esforzamos para que el mundo de nuestras hijas sea un poquito mejor y llegue un día en el que nuestras nietas o sus hijas no tengan que preocuparse por viajar solas.

Una amiga cercana me dijo hace un tiempo: “A mí lo que me ayudó a superar todo eso es el feminismo”. Yo contesté al instante: “A mí también”. “Todo eso” es una gran amalgama en la que comprende el maltrato, las parejas tóxicas, los amigos que traicionan, el dolor que persiste, la familia que falla… Y sí, el feminismo ayuda en la lucha contra todo eso. Vivir sola y dedicarse tiempo a una misma y cuidarse también.

Sí, vivo sola y viajo sola, pero no, no estoy sola. Tengo el feminismo. Y a mi gata. 


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