Un mundo rural que no es lo mismo que el turismo rural

EMILIO GÓMEZ
(Periodista-Director)


Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que los ríos llevaban mucha más agua, la verdura era de la huerta propia y la vida se hacía en el campo. Se estaba tan cerca de todo y tan lejos a la vez. El mundo del campo carecía del glamour mentiroso de la ciudad. La vida rural era el enemigo del moderno desarrollo. Y así nos fuimos separando de las bondades de la naturaleza. Rompimos con esa forma de vida que sonaba a historias de hombres y mujeres de antes.

Los pueblos empezaron a parecerse a sus capitales mintiéndose a sí mismos. Rotondas horrorosas, construcciones de copia y pega, sin tener en cuenta el lugar, y viajes a grandes almacenes y a lugares con atracciones repetitivas y carentes de identidad. Olvidamos lo que teníamos que era mucho. Lo dejamos de enseñar a los que venían detrás. Los placeres de lo sencillo, de lo natural y de lo auténtico siguen sin tener precio. Ir a buscar espárragos, recoger setas, hacer matanza en casa, disfrutar con la sucesión de ferias, fiestas populares y romerías que existen en una comarca de 17 pueblos, descubrir paisajes nuevos, rutas de senderismo, pasar por caminos que se han ido perdiendo, escuchar historias de viejos, escuchar coplas de aceituneras, ver atardeceres en medio del campo y anocheceres en los cortijos. Un mundo de fantasía.

Ahora cuando me hablan de turismo rural me pregunto si no era esa vida que habíamos abandonado. De repente, lo que teníamos antes es lo que ahora vale. Mucha gente vendió sus casas de bóveda y de fachadas encaladas para mudarse a pisos en zonas céntricas que daban más prestigio. La élite social era la que vivía en las calles importantes por donde parecía nacer una nueva metrópoli. Mientras dormíamos en nuestras ciudades nos robaron el huerto, la vaca, la leche y el modo de vida.

La verdad es que ya desapareció el turismo rural. La representación que se está haciendo de este tipo de turismo no es verdadera. No es rural puro. Son imitaciones de cosas que ya no existen. Nos queda un fabuloso viejo bosque adehesado y unos campos despoblados. Todavía los tenemos aunque no le hemos dado el valor que le corresponde.

La naturaleza es un contacto auténtico. Te llenas de silencios, de aire fresco, de soledad triunfante, de surcos, de luz del sol, de alimento del ganado, de robustos árboles, de veredas y de olor a tomillo. En ese ambiente vivían nuestros antepasados. Un mundo rural que no es lo mismo que el turismo rural. Lo que hemos olvidado que no se puede perseguir solo el negocio. El mundo rural era mucho más, pues representaba un modo de vida antiguo y sabio. 


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