Tiempos confusos

EMILIO GÓMEZ
(Periodista-Director)


Hubo un tiempo precioso donde había unos pobres idealistas que soñaban con tener un país más próspero. La gente soñaba con tener un futuro mejor. La gente soñaba con dejar el pasado atrás. La gente soñaba con tener cosas que ellos no había tenido pero deberían tener sus hijos.

Se consiguió. Tiempos de cambio. Tiempos de bonanza social. No se pudo tener nunca la igualdad total porque también debe de existir el premio al que se esfuerza más. No obstante, se cambió el modo de vida.

Duró lo que duró ese tiempo para sumergirnos después en tiempos confusos. En ellos estamos. Nos disfrazamos de cosas que no somos, tuvimos más de lo que necesitamos y creímos construir un mundo a medida. Era falso. Nos lo dieron construido y amueblado. Ya no nos sorprende nada porque nos bebimos a tragos largos la vida. No saboreamos las cosas, no le dimos importancia a lo que realmente lo tenía. Nos regalaron un bienestar ficticio y luego nos lo quitaron dejándonos enganchados a un mundo irreal. Los regalos siempre esconden otras realidades.

Sueños de espuma que se quedaban en nada. Esos son los sueños que hemos tenido o nos han vendido. El problema de ahora es que nadie cree a nadie. La palabra no tiene valor. ¿A quién creemos? Vivimos en una sociedad controlada y anestesiada. La gente que luchó en la transición luchaba por algo más que la comodidad. Luchaba por lo suyo y lo hizo tirando de casta, de entrega y de lucha por la verdad. Pero ahora la verdad ya no es propiedad de nadie. Hay quienes la rehúyen, otros la ignoran, a la mayoría ni le interesa. Solo unos pocos la persiguen.

Nos hemos o nos han instalado en un mundo en el que no sabemos salir del laberinto de la mentira. Antes sabíamos el camino de vuelta a casa cuando nos desviábamos. Asumir la debilidad sigue estando mal visto. somos más débiles cada día porque estamos tentados por un mundo de mentira. Hemos errado el tiro. La felicidad no estaba en la fiesta interminable. Estaba en las pequeñas cosas que teníamos todos (el saludo de un amigo, el beso de tu hijo, la importancia de los gestos, la ayuda del que tienes al lado, el interés desinteresado del vecino, ver una puesta de sol, un desayuno en familia y unas risas de domingo).

En esa carrera por ver quién es mejor que los demás, por ver quién gana más, hemos dejado de pensar, de sentir, de amar. Hemos luchado contra nosotros mismos. No hemos valorado al que tenemos al lado en la casa, al que tenemos al lado en el trabajo. Solo hemos corrido por conseguir mentiras en forma de dinero, de poder o de fama.

Llegará el día en el que nos demos cuenta y llegará ese momento en el que tendrán cabida los reencuentros. Solo entonces veremos lo que hemos perdido y que es realmente lo que hemos conseguido. Si nos paramos a pensar en los días en los que éramos más felices, veremos que eran aquellos en los que estábamos con nuestros padres, hermanos, primos y amigos cuando no éramos lo que ahora somos. A lo mejor no teníamos dinero, pero éramos felices. A lo mejor no lucíamos ropajes caros, pero éramos felices. A lo mejor no teníamos coches lujosos, pero éramos felices. A lo mejor no hacíamos grandes viajes, pero éramos felices. A lo mejor nos hemos confundido.



Nunca está uno preparado para la vida. Vivimos sin más. Olvidamos permanentemente que la vida no son las grandes cosas sino las pequeñas, las diarias, las de siempre. Los palos de la vida nos hace pequeños y vulnerables pero mientras nos vemos con fuerza pensamos en que no nos parará nada. Ilusos en un tren del que nos bajarán en cualquier momento por mucho que nos cambiemos de asiento. ν

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