Sobre el acoso escolar

DIEGO GÓMEZ PALACIOS


Espero que tanto día mundial sirva para algo. Habría que mentalizar a muchos puñeteros padres y bastantes puñeteros enseñantes para que el buen resultado empiece a notarse dentro de pocos años.
Les hablo de mis experiencias vividas de niño en las que, más que acosos se producían agresiones físicas de las que fui víctima por parte de los alumnos de un aula superior a la mía y la de su maestro. Porque un mal día decidí defenderme y este mal nacido conocedor del problema, me arreó una paliza más propia de un sádico o inquisidor que de un educador.

Como contrapunto pondré el ejemplo de un hecho sorprendente y positivo: Ya en otro colegio donde inmediatamente me trasladó mi padre en vez de “arrancarle la cabeza a ese infame”. Curso 1951/52. A las dos semanas de marcharse la maestra cuando yo solo era “el Nuevo”nos llegó un maestro que se estrenó con nosotros, D. Rafael N.H.

Este era un chaval criado en el Hospicio que quiso y se hizo maestro de los buenos, profesional y vocacional. Fuimos muy afortunados sus alumnos porque, además de sus enseñanzas y atención general, lo hacía de forma personalizada, pese a que no éramos 15 sino 15x3. Me colocó en el grupo A; ya no era el nuevo sino un alumno estimado y con autoestima. Allí coincidí en la misma mesa de ocho plazas con un chaval un año mayor que se sentaba enfrente, Manolo R.D.

Este chaval desde muy niño se ocupaba en cuidar marranos bajo las directrices de su hermano el mayor, (obvia describir a los mayores de esta Comarca, las tareas que esto conllevaba hace 65 años) Él tenía más talla que yo, acostumbrado a desplazamientos sobrecargado y a los guantazos de su hermano, era fuerte y resistente como un buey…

Hacíamos una plana de caligrafía, materia de mal gusto para mí, mojando en tinteros encastrados en la mesa, con tinta de polvillos. Terminé y exclamé ¡Uf, por fin! Manolo me dijo ¡Qué bien!, a la par que me daba un guantazo seco en el dorso de mi mano donde aún sujetaba el palillero y la cervantina mojada. Manché con gotas de tinta toda la plana y Manolo sonreía.

La paliza que me zumbó aquel maldito maestro, como dos meses antes no me sirvió de correctivo: Solté el palillero y le aticé un directo al hocico, se le saltaron los mocos pero se echó mano a la boca. Lo espectacular fue que cayó al suelo de espaldas porque los bancos no tenían respaldo y el golpe le pilló en retirada.

Todo el alumnado miraba sorprendido menos D. Rafael, más mirón que un mochuelo, nos miró y se hizo el sueco paseando y observando par ver en que quedaba aquello. Aquello no quedó en nada, Manolo se incorporó, yo sequé las manchas y las raspé con media “palmera.”

No obstante tuve la seguridad de que Manolo me endiñaría una paliza de órdago. Fueron quedando atrás los compis de nuestro propio itinerario a casa; yo, el más alejado del cole, quedé solo con él en Las Margaritas, donde él vivía. Simplemente me dijo: “Diego, hasta mañana”

Increíble ¡Por Dios! No puedo olvidarlo. Este chaval tenía un par… y el maestro otro par. Con el tiempo fuimos durante 10 años compañeros de trabajo y amigos dentro y fuera de la empresa.

…/…


Cuando aquel malvado maestro me apaleaba, a cada varazo que recibía, desnudado por él desde el cogote a los tobillos, yo pensaba: algún día te devolveré esto con creces… A mis dieciocho años, deportista, ágil y fuerte, una tarde/noche lo veo venir en un lugar discreto, amplio y solitario, estaba muy canijo y envejecido; no pensé arrancarle la cabeza como deseaba mi padre en su día, pero sí mandarlo a la UCI una temporada, impunemente, con solo unas patadas y unos puñetazos. Pasó a mi lado y no lo hice, nos miramos de reojo, quedé quieto pero debo confesar que no fue por perdón, piedad, misericordia, lástima, ni caridad. Lo siento, que Dios me perdone, pero ¡ME DIÓ ASCO! 


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