Símbolos

FÉLIX ÁNGEL MORENO RUIZ


A mediados de los años noventa del pasado siglo, inicié mi carrera profesional como docente en la comarca pacense de la Serena: primero, en un instituto de Cabeza del Buey; luego, en otro de Villanueva. Durante aquellos años, seguía invariablemente la misma ruta: Pozoblanco, Alcaracejos, Villanueva del Duque, Fuente la Lancha, Hinojosa y Belalcázar. Antes de llegar a este pueblo, en la larga recta que conduce a él, mis ojos descubrían en el horizonte la torre del homenaje de la fortaleza que doña Elvira de Zúñiga mandó construir a mediados del siglo XV y su visión ―no utilizo la palabra contemplación porque esta implica un grado de atención que me exigía la carretera y que hubiera entrañado el peligro de salirme y de estamparme contra un cercado― no me abandonaba hasta que entraba en aquel penoso tramo de vía estrecha sin arcén, repleto de curvas y de repechos, que terminaba cuando cruzaba el puente sobre el río Zújar y entraba en tierras extremeñas, como si aquel puñado de kilómetros dieran fe del abandono en el que se encontraba nuestra comarca.

En el momento en que dejaba de ver el alcázar, llegaba la hora de la despedida:

―Hasta pronto ―me decía.

De igual forma, cuando regresaba para pasar el fin de semana y atisbaba tras un cerrillo los primeros sillares de la torre, asomaban a mis labios las mismas palabras:

―Ya estoy en casa.

En casa.

Aunque he nacido en Pozoblanco ―por esas cosas de que hay que nacer en algún sitio―, siempre he sentido como mío cualquier lugar de esta tierra, a cuya idiosincrasia mis sentidos se han acostumbrado desde la infancia, y he aprendido a sufrirla y a amarla: el frío intenso de los duros inviernos de sabañones y braseros de picón; el canto de la chicharra en los calurosos días estivales; los caminos polvorientos; los cercados de piedra, que en su día impidieron el avance de la caballería de las fuerzas regulares indígenas durante la famosa batalla del 37; el intenso olor a jara, a tomillo y a hinojo; las encinas de troncos retorcidos y el granito, omnipresente en adoquines, dinteles, sillares, canteras ―desperdigadas, aquí y allá, como heridas a medio cicatrizar― y en las moles silenciosas, cubiertas de musgo, que pacen eternamente en el singular paisaje de los Pedroches.

Esta tierra, como cualquier otra, posee sus símbolos. Si buscáramos unas estampas que la retratasen, tendríamos que recurrir, inevitablemente, a la dehesa bañada por la niebla y a su mar de encinas, a una de las calles de Añora que aún conservan la arquitectura tradicional, a la contemplación de Pedroche desde lejos con la torre de la iglesia de El Salvador coronándolo, a los dinteles, decorados con blasones, de las casas solariegas de Dos Torres y, cómo no, a la torre del homenaje del castillo de Belalcázar. Porque la fortaleza, situada en los límites provinciales y regionales, señorial y orgullosa, firme y sólida ―y, al mismo tiempo, tan frágil―, que ha soportado estoicamente varias guerras, el paso del tiempo y la estulticia de los hombres, representa ―como ningún otro símbolo― a nuestra comarca.

Han pasado los años y, de vez en cuando, regreso a la Serena para, como suele decirse, recordar viejos tiempos. Ahora, aquel tramo de carretera destartalado y sinuoso ha sido arreglado y es una vía medianamente aceptable para el tráfico del siglo XXI, pero, cuando detengo el vehículo y ―ahora sí― lo contemplo, el bello alcázar me parece más desamparado que nunca, como si, desde su silencio de piedra, pidiese a gritos, con desesperación agónica, una ayuda que nunca llega.

Dicen que los ingleses se irán de Gibraltar en el momento en que desaparezcan los monos que habitan en el Peñón. Dicen que caerá la monarquía británica cuando los cuervos no se posen sobre la torre de Londres. Me temo que, antes de que esto ocurra ―menudos son los ingleses para salvaguardar sus tradiciones y su patrimonio, y qué envidia me dan―, caerá la torre del homenaje del castillo de Belalcázar, la más alta de la Península Ibérica. En ese día aciago, si acaso llega, habremos perdido para siempre el símbolo que nos define como pueblo.

Entonces será demasiado tarde para poner remedio.

Entonces solo nos quedará, como siempre, lamentarlo. 


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