¡Se escribe WhatsApp! ¡Está oscuro y huele a queso!

JUAN BAUTISTA ESCRIBANO CABRERA



No está mal eso de asesorarse y pedir consejo u opinión. No está mal escuchar a aquellos que pueden aportarnos información o saberes de los que nosotros carecemos. Y no está mal reconocer que no somos enciclopedias con respuestas para todo, recetas para todo y soluciones para todo.

Ayuda asumir que necesitamos aprender más que enseñar. Que escuchar nos aporta, la mayor parte de las veces, más que hablar. Y que, antes de escribir, no está de más haber leído y reflexionado un poco.
El secreto, en mi modesta opinión, radica en tener suerte o acertar con los asesores, consejeros, informadores, maestros, orientadores, oradores y escritores. Una buena elección de los mismos asegura el camino del éxito: Hablo de la satisfacción de sentirte bien contigo mismo, razonablemente bien, sin entrar en detalles, que me decía un amigo.

Pensando en estas cosas mías, me vino a la cabeza una historia que me contaron cuando yo era chico. ¡Hace muchísimos años!:

…a una familia sentada en sus sillas bajas de anea, hipnotizada y adormilada en torno a la chimenea de un modesto cortijillo, se les había echado la noche encima hacía mucho rato. El pan bazo, las sardinas y la morcilla eran un recuerdo y un regusto de la cena reciente y, narrados por la abuela los oportunos cuentos al calor de la lumbre, sólo quedaba hacer la digestión de ese tempo de paréntesis e indefinición que concluye cuando alguien con autoridad proclama: ¡A dormir!

En aquellos años, la historia de España se escribía sin telediarios ni telepolítica ni telecorruptos ni telejuicios ni teledeportes ni teletiempo, que es precisamente lo que interesa a nuestra historia. Al no existir el Instituto Nacional de Meteorología no se facilitaba información en lo que a la climatología se refiere y quiromantes, cabañuelistas y refraneros dominaban el mundo del ¿Qué tiempo nos espera mañana?

En fin, antes de acostarse, el abuelo, para componer su propia previsión meteorológica, conminó a uno de los nietos: “Niño, asómate a la puerta y dime cómo está la noche”. El chiquillo, que se había quedado dormido con la cabeza apoyada en las rodillas de su madre, se levantó obediente y se dirigió sonámbulo hacia la puerta, la abrió y, asomándose como le habían ordenado, después de dudar y pensarlo un rato, contestó serio al requerimiento de su abuelo: “¡Está oscuro y huele a queso!”

Y con eso –sin isobaras ni isotermas ni isoyetas- te haces tú la composición oportuna y sacas conclusiones, ¿Qué tiempo tendremos mañana? ¿Subirán las temperaturas? ¿Lloverá?... y ¿Esquilamos las ovejas? ¿Segamos el heno?...

Pero aquellos abuelos eran sabios, no por sus años de escuela ni por sus muchas lecturas ni por sus consultas en la Wikipedia. Lo eran por su larguísima experiencia vital y porque no se contentaban con cualquier respuesta y realizaban seguimiento férreo, antes de conceder crédito a sus informadores.

Por eso, el de nuestra historia no quedó conforme con lo que escuchó y, mirando con ternura a su nieto le aconsejó: “Anda, vete a la cama que estás dormido y, en lugar de asomarte a la puerta del cortijo, has metido la cabeza en la alacena”. El suyo era un simple “ayudante de meteorólogo aficionado” pero qué pasa con los que “nos ayudan” a administrar nuestro dinero, o a decidir qué se hace con los códigos nucleares, o a formar nuestras mentes, o a salvar nuestras almas, o a procesar la información...


Bienvenidos a ¡Se escribe WhatsApp! Muchas gracias por acompañarme hasta aquí. No es necesario añadir jejeje ni marcar emoticono alguno. Espero que nos sigamos encontrando en alguna de las plazas de nuestra comarca, podemos hablar del tiempo o de lo que nos plazca, pero tomemos ejemplo del abuelo de nuestra historia y, si queremos saber de verdad qué nos espera mañana, empecemos por asegurarnos de que abren (o abrimos) la puerta correcta. No sea que, con la cabeza metida en la alacena, nos parezca que la noche está oscura y huele a queso. 


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