Mayo y las cruces de Añora

EMILIO GÓMEZ
(Periodista-Director)


La vida la interpreta uno mismo. Es como el director de cine que quiere que su película sea la más bella. Pero la vida es a veces imprevisible. Tiene cosas que no se pueden parar. Nadie tiene una vida perfecta. El más listo es el que sabe aceptar lo que la vida le trae.

De momento lo que nos trae es el mes de mayo. Flores, sol, calle, fiestas, patios, muñecas, cruces. Mayo es distinto. Es el mes que nos anuncia que llega el buen tiempo y que pronto estará el verano. La antesala a tantas cosas. En mayo hay cielos naranjas, ese aire de primavera que enamora y esa ilusión de abrir un nuevo período más florido. En la vida, las cosas cambian aunque no nos demos cuenta. Los años que nos separan del niño que fuimos, las mariposas que volaron sin saber por qué y nunca más volvieron, los abrazos que no se dieron y las luces que se apagaron.

Mayo es festivo. La fiesta de la cruz en Añora es algo espectacular. Es la noche de la magia, de los sueños. Si le preguntas a las cruceras sobre su vida siempre se van a esta fiesta con el recuerdo de noches interminables y mágicas. ¿Y el secreto? Compartir. El pueblo comparte en grupo, su amor, devoción e ilusión por una fiesta que conocieron sus abuelos, sus padres, y en definitiva sus antepasados. Flota en el ambiente algo que sale muy de dentro.

Las cruces vistiendo de blanco a Añora forman parte de su historia. No quieren perder el esplendor de ahora, que es el mismo que el esplendor de antaño. Conservan su tradición tal y como la vivieron en su infancia. Es como una medida del tiempo absolutamente única, nueva y vieja a la vez. La fiesta de la Cruz es leal y fiel con el pasado, presente y futuro. Ha sabido protegerla en el sentido de hacerla y mantenerla. Es tan real y tan viva porque ha sabido conservar la raíz popular. Esto no es un acto que viene de fuera, lo hacen los vecinos que viven en Añora. De novela, sin duda.

Las más ancianas del lugar se felicitan de que se haya mantenido viva y activa esta tradición y recelan que en un futuro las más jóvenes puedan dar larga vida a la cruz de Añora. Le transmiten su saber y lo más importante le repiten que es del pueblo. Nunca dejó de ser del pueblo, de la gente y de su vida. Por eso sigue, porque forma parte de su historia. Ayer, hoy y mañana. Miles de puntadas que cosen amor de madre en estas creaciones.

A las cruceras de Añora les ha caracterizado un gusto exquisito a la hora de exponer sus cruces. El concepto de pureza, de arte y de fascinación está presente en las miradas de los que contemplan su cruz. Es el goce del instante. Es diferente. Las cruces de Añora tienen misterio. Al mirarlas tenemos una sensación de calma, de paz interior, y de silencio aunque a la vez te deslumbran. Una perfección inacabada que te hace volverla a mirar. Una ilusión con ese duende misterioso que las adorna. Se cuidan hasta las sombras que de la cruz. Se cuida hasta el silencio que provoca. Una obra única que reúne cada año a miles de visitantes para disfrutar de momentos absolutamente irrepetibles.


Cuando miras la cruz no se habla de asuntos mundanos como el trabajo, el colegio, las notas, el sueldo, el éxito, el poder o el bien común. Solo se mira y en silencio. Siempre en silencio porque las obras se contemplan en silencio aunque al salir por la puerta hagamos la valoración de lo que ha producido en nosotros esta cruz o la otra. ¡Son todas tan hermosas!  


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