Los Santos protectores

ARTURO LUNA BRICEÑO


Hace mucho tiempo que no veo a fieles cristianos vestidos con el hábito del santo protector a quién le habían pedido una ayuda y para ello se imponían una “manda”. Una manda era una promesa que el peticionario ofrecía al santo protector al que se la solicitaba. Toda la gama de estos hábitos, que por lo general consistían en un vestido para las mujeres, una camisa para los hombres, y para ambos, un cordón. Todo ello en el color que le correspondía al santo o a la Virgen solicitada. Existía una tienda en Madrid, junto a la Plaza Mayor, donde estaban expuestos todos los hábitos de los santos protectores. La promesa de llevar permanentemente el hábito como atuendo duraba de acuerdo al bien concedido. Era como llevar un uniforme, no de soldado, sino de beato penitente. Hoy los tiempos han avanzado que es una barbaridad y no está ni el alma ni el ánimo para colocarte un hábito y lucirlo dos o tres años.



He encontrado dos vistas de Pozoblanco que ya tienen más de noventa años. Y escudriñándolas, con ojo de ratón de archivo, he visto reflejadas, con mayor o menor nitidez, las cuatro ermitas de los Santos Protectores de Pozoblanco. Y me he vuelto a preguntar porque se erigieron estos santuarios en los cuatro puntos cardinales del pueblo y todos sobre un cerro o un altozano.



A mí, no me interesa en que año le hicieron la ermita, si la hicieron de seguido, si el primer tejado que tuvieron fue de retama o de teja vana, porque toda esa historia es una historia de piedras. Me interesa más saber que movió a los habitantes de Pozoblanco a levantar estos templos y colocar en ellos a sus santos protectores para que los librara de los males de la cabeza y de los sufrimientos que era la protección que ofrecía San Bartolomé. El apóstol de Jesucristo que fue martirizado en Turquía y que a decir de mi pueblo: “Lo “esollaron” vivo y le echaron el pellejo a cuestas”. Y para prevenir la peste un santo francés: San Sebastián, que los romanos martirizaron en el siglo IV, y era el protector de la peste. Ambas ermitas levantadas en el siglo XVI. La de San Bartolomé es la más antigua. Tiene marcas de canteros en sus piedras, contrafuertes o formazos en las paredes para soportar el peso de la techumbre y hasta el siglo XVIII fue el lugar donde se guardaban los cereales que los yuntero pagaban a la Catedral de Santiago de Compostela. Un impuesto injusto denominado: El Voto de Santiago.



De San Sebastián habla Juan Ginés de Sepúlveda, en su segundo testamento cuando deja en herencia las casas que construyó en Las “Coronáas”, le da una a un pariente que vive junto a San Sebastián.



La Ermita de San Gregorio, protector contra las plagas de langosta, uno de los males bíblicos, estaba en medio del pago de viñas del mismo nombre y muy cercano al Pago de Las Mimbreras el más amplio de Pozoblanco. Viñas que eran atacadas cíclicamente por las plagas de langosta. Plagas que eran endémicas en el Valle de Alcudia y en Los Pedroches. En Almodóvar del Campo se trajeron de Navarra agua pasada por el cráneo de San Gregorio y adquirieron un exvoto en 1590 y desde ese tiempo se veneró en esa Villa. En Pozoblanco puede que hicieran lo mismo y en un año cercano. Ando tras los documentos sobre los exvotos dados en el Santuario de Navarra a finales del siglo XVI y principios del XVII.



Y por último Santa Marta, erigida por la Venerable Marta Peralbo. Santa Marta de Betania era la protectora contra los males del espíritu, y patrona de los posaderos y mesoneros, pero en el siglo XVIII, con la presencia de los Alarifes que vinieron de Portugal, se dejó a un lado la devoción a la Santa para acoger la del Patrón de los Albañiles, el santo más milagrero de la cristiandad: San Antonio de Padua, que era natural de Lisboa.



Uno de los testimonios más claros del fervor que cada santo protector contaba en el pueblo lo da el Catastro de Ensenada. Entre los más de los mil doscientos cincuenta vecinos que tenía Pozoblanco a mediados del Siglo XVIII. 26 de ellos se llamaban Sebastián, 52 llevaban el nombre de Bartolomé, 5 atendían al nombre de Gregorio y 6 se llamaban Marta. Antonios existían 41.

Estos datos nos dan una idea de cómo han llegado las tradiciones y fiestas a nuestros días. San Gregorio era un santo oficial y toda su fábrica, fiestas y traída del agua bendita de Pamplona para evitar la langosta, debió de ser costeada por el Concejo que todavía sigue celebrándolo en un festivo oficial. 




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