Calle Madrid... El futuro es hoy por la tarde


ANA CASTRO


Últimamente la vida parece pender de un hilo. Se aproxima el fin del curso escolar y, con él, los exámenes, la selectividad, el fin del Grado… El ahora-qué-voy-a-hacer-con-mi-vida. Y sí, abruma y la vida parece a punto de todo y de nada. La presión del entorno acecha y nos obliga a tomar ya ya YA una decisión que parece alzarse crucial, fundamental, que nos amenaza con condicionar el resto de nuestra vida.

Cuando somos Thelma y Louise en un coche pensando si saltar, porque –no nos engañemos- tomar una decisión siempre es saltar y a menudo dejarse caer por un precipicio, yo pienso en la brillante película “El graduado” (1967) y en mi cabeza suena Simon& Garfunkel. Y está bien así, porque también es una señal de alerta. Cuando me sorprende Simon & Garfunkel en la cabeza, sé que ha llegado el momento de lanzarse a la piscina como el jovencísimo Dustin Hoffman en la película de Mike Nichols y confiar en haber aprendido bien a nadar.

Probablemente para otros suene la última canción de Lori Meyers que cantaron a gritos en el último festival cuando se sintieron tan libres y poderosos o aquel tema de Pablo Alborán que siempre consigue hacer estallar el pecho. Da igual lo que suene, pero está bien que haya banda sonora, que las decisiones no las tomemos sólo a partir del silencio. Que si vamos a lanzarnos por el precipicio del resto de nuestra vida, haya música, como en las buenas películas.

Y es que a los dieciséis, dieciocho o veintiuno todo se vive de manera tan intensa que parece inconcebible que el futuro no se la esté jugando en la próxima parada. Y eso que aún no se es consciente de que estas decisiones nos conducen a lo verdaderamente importante: qué personas forman parte de nuestra vida, que es lo que más cuenta al fin y al cabo. Aquí sí que hay que poner atención en elegir bien y pese a ello seguiremos equivocándonos sin querer. De nuevo, el precipicio pero… Luego uno descubre que hay más precipicios y que ninguna decisión es tan definitiva por mucho que la creamos así y suene Simon & Garfunkel, Lori Meyers o Pablo Alborán en la cabeza. Podemos comenzar de nuevo cuantas veces sean necesarias y todas ellas lo haremos en mejores condiciones: más sabios.

De una forma u otra sucederá. Un día nos despertaremos al otro lado del precipicio y nos daremos cuenta de que tampoco era para tanto o advertiremos que no se está tan mal en la piscina de “El graduado” y estará bien así. Habrá cosas nuevas y la vida será muy brillante. Y lo que parecía el fin de una era no lo ha sido tanto porque el verdadero está por llegar. El tremendo ahora-qué-voy-a-hacer-con-mi-vida llega cuando uno termina la carrera o la FP y no se acaba nunca. El tiempo se para y acontece la vida en serio. Ya no hay reglas ni programa académico. Estás tú sólo con el vértigo y un gran nudo en la garganta. Y ahora qué, y ahora qué, y ahora qué.

Lo que decidas hacer ahora probablemente pese más que lo que hayas estudiado o dónde y las personas que te acompañen serán nido, refugio y trampolín. La serie de Netflix Girlboss nos acerca a este momento tembloroso de mucho miedo, de todo en potencia y nada a ciencia cierta, de crisis de identidad e, irremediablemente, de amigos que se pierden o mutan y amor que destroza y duele, porque todas las grandes decisiones de estos momentos se presentan salpicadas de pequeños grandes dramas de amistad o amor. Y uno sobrevive a ellos, claro que sí, aunque parezca que se va a desangrar en la siguiente hora y no pueda evitar compartir en Facebook cuán perra es en ocasiones la vida y las personas con las que nos cruzamos. Todo eso también está sucediendo ahora mismo o se destapará en apenas uno o dos meses con los últimos resultados académicos.

Ahora que comienzo a acercarme a la treintena y que todo eso no queda tan lejos (pero sí), aún la vida me parece a veces a punto de todo y de nada y siento deseos de lanzarme por el precipicio a lo Thelma y Louise y, un segundo más tarde, quiero correr en sentido contrario por si al saltar de cabeza a la piscina a lo Dustin Hoffman mi corazón estalla. Las dudas nunca acaban, los desafíos siempre crecen y el futuro no es tal. En realidad, he descubierto que no hay futuro y que, en el fondo, puede pasar cualquier cosa y está bien así.


Tan sólo hay que tomar aire, sonreír y confiar en que todo aquello que hemos aprendido hasta ahora haga funcionar correctamente nuestra intuición. Lo demás ya se verá. ¿El futuro? Bah, el futuro está acabado. Es algo que nos vendieron, mil promesas falsas: ni sueño americano ni tener una vida mejor que nuestros padres. No hay futuro. El futuro es tan sólo hoy por la tarde. Por eso, cuando la cabeza comienza a ver venir el colapso y se intuye al fondo el siguiente precipicio, mejor dejar a un lado los apuntes, los mil impresos de acceso a la Universidad o las candidaturas en Infojobs y abrir Youtube o Spotify y poner “Mi gran noche”, de Raphael. Y que si el futuro pasa y llegamos a esta noche nos pille bailando, sonriendo mucho. 


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