Un mundo más lúdico que lúcido

EMILIO GÓMEZ 
(Periodista)


Los años son como versiones actualizadas de uno mismo. Hubo un tiempo donde la gente se conformaba con lo que tenía. No quería más de lo que podía tener. No había la necesidad de aparentar como ahora. Se almacenaban menos cosas materiales y, a la vez, se almacenaba menos odio y maldad. Era una época donde todo duraba más. Duraban los matrimonios, duraban más los amigos y las raíces. También duraban más los trabajos, la ropa y los electrodomésticos. Esto fue antes de que el mundo fuera de usar y tirar como es ahora.

Nos hemos dejado llevar, intencionadamente, por una vida de consumo rápido. Usar y tirar, y no solo cosas materiales, también creaciones, ideas y maneras de pensar. Lo que vale para hoy, no sirve para mañana. Vemos como los contenedores de basura están hasta arriba pues la creación y destrucción convergen casi en el mismo acto. Hay una prisa por desprenderse de todo en poco tiempo para sustituirlo por algo nuevo. Y esa es la tendencia (nuevo coche, nuevo amor, nueva casa, nuevos amigos). Todo nuevo. Vamos en un tren que lleva prisa, no para, no frena ni se divisa nada por la ventanilla. Los trenes de antes iban más lentos. Nos llevaban a sitios donde daba tiempo a contemplar el paisaje y los caminos por donde pasábamos. Ahora pasamos sin más. Todo pasa y nada queda. Una vida de correr sin descanso para quedarnos donde estamos. No se valora nada pues todo es tan fugaz que nada deja huella. Una sociedad que hace lo que sea por lo material.

Como decía Mendilíbar “la honradez no vende y al honrado, a veces, se le trata por tonto. Sin embargo, el vivo, el tramposo, es ese tipo de gente siempre sale adelante, y no es lo suyo, no es lo correcto pero es lo que hay”. El mundo está pintado así. Que nadie se espante que lo hemos pintado todos de esa manera. Un mundo más lúdico que lúcido donde se almacena más basura y no solo material. También se almacena más odio, envidia, injusticia y maldad. Una sociedad adicta al consumismo y al individualismo.

¿Y cómo volvemos atrás? Tenemos que resetear nuestra vida. Vale la pena. Volver a plantearnos quiénes somos. 


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