Semana de Pasión

MIGUEL BARBERO GÓMEZ



Jesús, no solo sabía lo que iba a pasar, sino que todo estaba previsto para que ocurriera tal como sucedió.

Allá por el año 33 de nuestra era, el hijo de un carpintero de Nazaret, un joven que estaba dando mucho que hablar por las tierras de Israel, se personó en Jerusalén, la capital, para cumplir con unos ritos judíos: la celebración de la Pascua.

Jesús, que así se llamaba el joven nazareno, iba acompañado por un pequeño grupo de fieles seguidores. Pero además de estos incondicionales, gran parte del pueblo ya lo conocían y sabían del contenido de su discurso por los “mítines” que llevaba realizando en diferentes lugares de Palestina. Y tenían conocimiento de los numerosos milagros y curaciones que había realizado en diferentes localidades con mendigos, impedidos e, incluso, fallecidos.

El recibimiento en Jerusalén fue apoteósico. Miles de hombres, mujeres y niños se agolpaban en la calle para recibirlo y ovacionarlo, tal si de un artista famoso de nuestra época se tratase. A su paso extendían prendas de vestir y ramas de olivo y palmas. Costaba trabajo caminar, sobre un borriquillo y abrirse paso entre el gentío que no dejaba de gritar alabanzas hacia aquel joven al que llamaban “Maestro”.

Por la noche se reunió con sus incondicionales y celebraron una cena, sería la última para él. En ella instauró una ceremonia que perdura desde entonces y constituye un fundamento esencial para los creyentes. Tras la cena salieron a dar un paseo y Jesús se retiró a rezar en un huerto cercano. En esta situación fue sorprendido por unos soldados que lo buscaban por orden de las autoridades judías, ya que no le gustaban los contenidos de las “charlas” de Jesús, pues criticaba las actitudes y el comportamiento de los dirigentes más significados.

Como ocurre en distintas ocasiones, el apresamiento de Jesús fue posible gracias a la traición de uno de los suyos, Judas se llamaba, que por una cantidad económica reveló la identidad del joven rabino.

En aquellos tiempos, Palestina era un territorio ocupado por el imperio romano y regido política y militarmente por un cónsul, Poncio Pilatos. Los captores de Jesús, pertenecientes a la clase sacerdotal de Jerusalén llevaron a Jesús ante el cónsul romano para que lo juzgara y condenara. Después de contradicciones y ciertas indecisiones, el cónsul dejó que torturaran y crucificaran al nazareno hasta la muerte.

Hasta aquí, la historia de cualquier individuo envidiado y odiado por sus mismos compatriotas. Pero para sus seguidores y fieles creyentes, Jesús no era solo un dirigente popular y un rabino judío. Era y es el Hijo de Dios hecho hombre que vino a la Tierra para redimir al género humano.

¡Y en esas estamos! 

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