¡Se escribe WhatsApp!... Niños, ¿de quién seis?

JUAN BAUTISTA ESCRIBANO CABRERA


Quien me conoce sabe que me gusta nuestra cultura y nuestra tradición y que intento indagar en ellas, pues siempre me enriquecen y me aportan conocimiento. Lo anterior no significa que todo lo que encuentro me parezca estupendo ni mucho menos intocable.

Ahora, cuando queremos conocer quién es quién, lo buscamos en facebook, en Google o recurrimos al grupo de WhatsApp y pedimos a los amigos que nos faciliten información. No hace muchos años -en mi infancia era habitual- en las zonas rurales como la nuestra, cuando llegábamos a una casa en la que no nos sacaban por la pinta o para certificar sus sospechas, indefectiblemente, alguien formulaba esta pregunta (El grupo No me pises que llevo chanclas la popularizó en su particular agro-pop con el tema del mismo nombre) “Y tú ¿De quién eres?”.

No había manera de librarse de ella, o te identificabas con “el santo y seña” correspondiente o todos recelaban de ti o, directamente, no eras bien recibido. Cuentan -me parece un exceso pero así lo escuché- que dos hermanos llegaron a un chozo y la abuela de la familia que allí moraba les preguntó: “Niños ¿De quién seis?” A lo que ellos, con la mayor naturalidad, respondieron: “De Juan el patascagás y de María la mocarrona”.

Tiempos de apodos y picatostes; de chozos y de migas tostás; de hambre y analfabetismo y en los que cada uno conjugaba los verbos como buenamente los había aprendido –oralmente- de sus mayores.
Con el devenir de los tiempos, en unos lugares más que en otros, los apodos han ido dejando su sitio a los apellidos (el profesor González Peralbo ha estudiado su origen y significado y ha explicado de manera magistral todos los de nuestra zona). Sea como fuere, el mote o el apellido nos identifica, nos liga a una familia y nos confiere ser quiénes somos por nosotros mismos y por la que fue y es toda nuestra parentela.

Me cuesta creer que nadie, en su sano juicio, se identificara hoy en día con los apodos que hemos citado u otros de índole parecida. De la mejor manera posible, nos vamos sacudiendo todo aquello que no nos gusta y lo sustituimos por algo que nos resulte más sensato y más fino y acorde con los tiempos. Pero, indudablemente, salvo que uno posea un nombre propio tan singular y archiconocido que no precise nada más, los apellidos continúan prestándonos un magnifico servicio.

Ya lo he referido en alguna ocasión, Gabriel García Márquez escribió un cuento que me gusta especialmente, su título es “El ahogado más hermoso del mundo”. La trama nos muestra como, viendo la hermosura de aquel anónimo ahogado, todos los vecinos del pueblo donde había aparecido, anhelan y se desviven por ser parientes del desconocido y bello muerto, con lo que –sin buscarlo- terminan emparentados entre ellos mismos.

Hace unos días, un conocido me refería que Los Pedroches está de moda y que parece percibirse un movimiento en el que todos los de la comarca empezamos a sacar pecho y a valorar la tierra común en la que hemos nacido o en la que, por la razón que sea, vivimos. Es como si, de pronto, hubiéramos encontrado a nuestro particular ahogado hermoso y, a partir de él, al gentilicio que nos emparenta desde hace generaciones. Pasados tiempos de cazurreo e ignorancia, tal vez sea llegado el momento (sin perder la singularidad del nombre) de no olvidar nunca nuestro apellido.


Bienvenidos a ¡Se escribe WhatsApp! Muchas gracias por acompañarme hasta aquí. No es necesario añadir jejeje ni marcar emoticono alguno. Espero que nos sigamos encontrando en alguna de las plazas de nuestra comarca -¡De Los Pedroches!- y al ser interpelados sobre nuestro origen y parentela: “Y tú ¿De quién eres?” Tal vez podríamos responder: soy de Añora de Los Pedroches, o de Pedroche de Los Pedroches, o de… (Que cada uno escriba su nombre y no olvide el apellido) de Los Pedroches. Así, todos emparentados, no sé a dónde llegaremos, pero es posible que algún día nuestras miras se transformen y sintamos que tenemos en común un mismo destino. 


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