Nostalgia de plata


JUAN FRANCISCO PERALBO REDONDO


Fue en mi adolescencia cuando gracias a la incansable, revolucionaria y sobre todo involucradora doctrina de un profesor de nuestro Colegio Virgen de Guía de Alcaracejos, adelantado a su tiempo, que en algunas ocasiones en las horas de gimnasia nos sacaba del patio habitual para la ejecución de la misma, a corretear por los alrededores del pueblo y en ocasiones mucho más allá; al mismo tiempo que trotábamos, nos iba explicando los lugares, los vestigios, las huellas y las historias de nuestros ancestros, las cuales no debemos obviar ni olvidar, sino todo lo contrario, es decir, recordarlas y sobre todo comentarlas y propagarlas.

De vez en cuando, naturalmente, parábamos a descansar, en el lugar más bello y apropiado para la mejor comprensión de lo explicado, pero el docente continuaba incansablemente con su sapiencia, charlando a cielo descubierto, inundando el silencio de aquellos verdes parajes, solo grácilmente rotos por el canto de las perdices, de las calandrias, el discurrir de los energéticos ríos o arroyos, y de nuestras agitadas sístoles.

Un día pasamos por una mina abandonada, donde consiguió con su locuaz verborrea que imaginásemos las minas y sus lavaderos en funcionamiento; las fundiciones al rojo vivo, con los restos de los escoriales ya por entonces muy dispersados; que las antiguas piedras amontonadas nos hablasen; logrando que creyésemos que todo aquello fue patrimonio de nuestros antepasados, ahora nuestro y que lo sería de nuestros descendientes. Pero al mismo tiempo conocimos allí, sobre las ruinas y escasos vestigios, que unos 50 años atrás, se halló uno de los tesoros ibero-romanos más importantes, variados, valiosos y sobre todo revelador de nuestro patrimonio histórico-artístico. Y se nos hizo un nudo en la garganta, cuando al explicarnos que por un enorme error, éste fue desubicado, sacándolo de su lugar y su entorno, sin más actuaciones en la zona del hallazgo que las realizadas por los habituales buscatesoros, denominados piteros o detectoristas.

Hoy, (desde la inauguración de las nuevas instalaciones del MACO), ya podemos hablar como propio, del tesoro de los Almadenes de “Alcaracejos”: lugar, aldea, villa de descanso y abastecimiento para caminantes; posada del arte orfebre y crisol de culturas; tierra radiada de caminos, sendas y cañadas; lanceada por los pasos de comerciantes en todos sus costados con benévolas lanzas de intercambios; otras veces con heridas profundas e incurables como las de sus importantes minas (Rosalejos, Almadenes, Cantos Blancos ...); y otras con dulces flechazos de cultura, arte y patrimonio histórico. Tierra sembrada de cereales, vides, olivos, encinas milenarias; también de filones y tesoros de plomo, cobre, baritina y mucha plata.

Alcaracejos: Tierra transitada, desde el Neolítico, por hombres sapiens y hombres sabios; por plateros íberos e indígenas guerreros; por romanos, césares, esclavos y libertos; por soldados y mercenarios a sueldo; por mercaderes y por personas mercancía; por pueblos que traían y aportaban y por personas que se llevaban y sustraían; por toscos visigodos y por finos artesanos orfebres; por dueños y vasallos; por simples pastores de ganados y nobles con rebaños de súbditos; por musulmanes y conversos, así como por peregrinos y cristianos, por templarios y destemplados; por atesoradores y por desvalijados; por arqueólogos y por expoliadores; por grandes ingenieros de minas (Antonio Carbonell, Esteban Márquez Triguero, Rafael Aguirre, etc.) y de cientos de humildes mineros.

Este tesoro de plata está compuesto por múltiples adornos personales como fíbulas, torques, cadenas, anillos, pulseras y monedas, muchas monedas; que eran sin duda signos de prestigio y exaltación de belleza a sus portadores/as, ensalzando su poder; y las vasijas de pura plata para las celebraciones guerreras triunfales, libaciones, rituales religiosos o mortuorios. La mayoría de las piezas fueron trabajadas con métodos increíbles para la época como el repujado, sobredorado, batido, fundido, soldado, etc., todo ello sobre este suelo desde siempre horadado, catado, con innumerables vetas, zanjas, pozos, túneles y galerías, que han sido durante siglos y hasta en cercanas décadas el sustento de muchas familias. Quizás la nostalgia de aquellos mineros, de sus oscuros rostros, con aquellos carburos con los que difícilmente iluminaban los filones en su tajo, con sus precariedades sanitarias, las posibilidades de adquirir algunas enfermedades y multitud de penurias más, pesen sobre mi pluma, pues todos hemos tenido algún familiar minero.

Esas monedas que pagaron conquistas; denarios por los que se vendieron muchas almas; discos plateados que compraron la valentía; ejemplares diseñados para el comercio “cobro-pago”, con este noble metal; flanes argentíferos acuñados a mano para pagar los sueldos de los mineros que trabajaban en la minas como las de los Almadenes o los sueldos de los soldados mercenarios; piezas monetarias tan diversas y procedentes de Cecas, o lugares de acuñación, tan dispersas y distantes de Alcaracejos, que nos incrementan su valor. Cada uno de esos cuatro gramos de plata aproximadamente, que suelen pesar de media, nos cuenta una historia, una vida o una fe, por las representaciones de sus dos caras (anverso y reverso), con las representaciones de dioses como Jano, Roma personificada, la Victoria, los Dioscuros, las cuadrigas, las vigas, etc., todos ellos reflejaban sus inquietudes familiares, religiosas, sus poderes políticos o de sus estatus sociales; piezas arrancadas a golpes, con unos útiles muy precarios, de las entrañas de nuestra tierra. En aquellas vetas mineralíferas y las frecuentadas sendas de comercio tan concurridas donde se apartó aquel celtíbero o romano sobre el siglo I a.C. ocultando todo su tesoro y toda su vida en un tosco recipiente cobrizo.

Quisiera ser niño por unos momentos, para que dentro del Museo, me volviesen a explicar aquellas historias de nuestros ancestros, incrustadas en mi mente; que un torbellino de recuerdos agitase mi memoria; que un sudor fresco y nuevo, recorra mi frente. Y que delante de las vitrinas, todos los sentidos se desaten: pareciéndome oír en la lejanía los golpes de los mineros extrayendo el mineral, el martinete de los entonces orfebres que lo transformaban en bellas piezas ornamentales y los gritos de lucha de los soldados para conseguirlas; oler el horno de la fundición, aliviado por las fragancias de las cercanas plantas aromáticas, como el romero, el tomillo…; que mi vista se deslumbre ante el enorme resplandor de estos objetos de plata, bajo los modernos focos del nuevo edificio que los acoge y custodia; percibir el dulce gusto de recuperar algo tan nuestro, que me haga salivar emociones indescriptibles; aunque mi tacto, preso ante los cristales blindados, le impidan a mis yemas, recibir las irradiaciones de aquellas personas que nos dieron su cultura, su arte, sus riquezas e incluso su sangre. 


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