Me gusta, no me gusta

PEDRO TÉBAR


Hoy funcionamos a base del me gusta o no me gusta, según nuestra especial predisposición de cada día o estado de ánimo. Según hayamos dormido por la noche o si el imprevisible funcionamiento de nuestros móviles u ordenadores no nos juega una mala pasada. Como si en la vida todo estuviese encerrado en un capricho. Y si además le añadimos uno de esos iconos que dominan mejor que nosotros los niños o niñas más pequeños, el círculo universal de nuestras preferencias se cierra de un modo ingenioso y colorista. La vida es una mueca. No sé si me gusta el me gusta.

Y es que yo del me gusta tengo un recuerdo ingrato: declaré mis amores a la moza primera de mis predilecciones diciéndole eso precisamente, un sencillo y emocionado me gustas. ¿Y era eso lo que ella esperaba? Ni muchísimo menos. Lo que ella hubiese querido escuchar bajo las sombras de los eucaliptos del Calvario y la cruz –nunca comprendí como aquel día un nombre tan bien puesto–, era un apasionado y vibrante ¡te quiero! No entendió, desentrenados y autodidactas como entonces éramos, que aquel me gustas era sólo el inicio de una dulce, larga y sobresaltada travesía. Ni que decir tiene que después, a lo largo de esta vida de lágrima y de algunos misterios, he tenido que hacerme el sordo muchas veces cuando, en la conversación, aquel tú me gustas, a ver qué hacemos, me ha sido repetido con retintín, una vez sí y otra también, como si se hubiese tratado de una ofensa. Y esto porque la moza aquella a quien yo entonces requerí con frase tan sencilla sigue siendo, a los casi cincuenta años de casorio, la misma moza que tan defraudada quedó por aquel rutinario comienzo. Quizá si yo le hubiera dicho ¡me gustas con locura! se habría arreglado un poco aquel asunto porque ya, esa palabra nueva, esa locura, le hubiese añadido, seguro, más leña al fuego.

Nada tengo contra el me gusta que nuestros móviles tan sabiamente han rescatado. Por eso digo ahora, públicamente, que hay muchas cosas que me gustan. Me gustan mucho, por ejemplo, las películas de abogados: un público expectante, muy atento, y un letrado que habla, que va dejando caer las palabras con autoridad, una palabra y otra palabra, cada una en su sitio. Y todas juntas un discurso estremecedor que puede salvar de la muerte a un inocente. Que puede condenar a un hombre malo y poderoso que sonríe prepotente esperando un veredicto absolutorio. Es la palabra pura actuando. La palabra certera. La palabra primera que va poniendo nombre a cada cosa, como haría Adán o el Aureliano Buendía de Cien años de Soledad. Y en la sala, profundamente atentos, doce hombres sin piedad deben dilucidar, solo por la fuerza de las palabras, su color, su sonido y la defensa de las pruebas, si matar o no matar a un ruiseñor : la vida pendiente de una palabra. La palabra es puente. La palabra es, en sí misma, poesía. Me gusta la Palabra.

Me gustan también mucho las plumas y las flechas de las películas de indios, el público alborotando en el gallinero, azuzando el clarín del ejército americano, empujando con su pataleo sobre las maderas la carga que ha de salvar a los rancheros.

Me gusta, en los calurosos veranos del Pedroch, contemplar en el cine las aguas cristalinas que bajan de la montaña y la nieve que cubre los campos. En el verano, cuando todo se derrite a tu alrededor.

Me gustan las películas de aviones y nidos de ametralladoras, la guerra en campo abierto, el estruendo de las bombas y las alambradas. Ni una sola mujer en las cintas de guerra. Por eso a las mujeres les caen tan gordas las películas bélicas.

Me gusta el fuego de Valencia, el estampido atronador de una traca, cuando todo acaba tras seis días de Feria.

Y me gusta con pasión la mantequilla. La mantequilla, sí. Pero la mantequilla de la tía María. ¡Qué habilidad para sacar esa capa cremosa que sobrenada en la superficie de la leche hervida, al enfriarse! ¡Esa nata flotante que iba luego a empapar el pan blanco de las panaderías! ¡Ese apunte de queso tierno y fresco que llenaba la boca de infinitos aromas! Yo aprendí el sabor de la nata en Pozoblanco, mucho antes de que existiera COVAP. Cuando las vacas tenían su nombre y no pensaban en batidos. Cuando mi primo Miguel Ángel y yo descalabrábamos gorriones en el Paseo de la Estación, para más inri en plena Semana Santa, él con su tiraera yo con mi tirador.

¿Qué es lo que no me gusta? Bien claro lo tengo: no me gusta ni pizca que en el pueblo donde nacieron tantos nombres ilustres como Marcos Redondo, Carpio Dueñas, don Ricardo, Antonio Porras, Donato, el fotógrafo, El Cronista del Valle, Auxiliadora P., Pedro López, Juan Ginés de Sepúlveda, Hilario Ángel, Lorenzo M. Palomo, Rosario Rossi, Muñoz Machado, etc, etc., y podríamos seguir así hasta los mil quinientos, hayan decidido salirse de la Mancomunidad, esa entidad nacida para cuidar todos juntos nuestra calidad de vida. Así como se lee: ni pizca me gusta.


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