El Triunfo de la Luz

ANTONIO ÁNGEL MORENO MUÑOZ
(TREMP)


Si cada punto cardinal pudiera equipararse a una estación, a la primavera le correspondería el Este. El sol abandona su refugio en el Norte, donde se pasó el invierno, y nos alegra las mañanas con una luz dorada que eleva el ánimo. Si contemplamos un amanecer en estos últimos días de marzo veremos al sol asomarse exactamente por el Este, la misma dirección a la que apuntan, o se orientan los alatares de la iglesia, por ejemplo.

Los días ya duran más que las noches, en la mitad del planeta y los seres vivos responden a su estímulo. Es época de cambios y de crecimientos. Las plantas, que se alimentan ante todo de energía solar, están de fiesta. Los rayos del astro rey aportan luz y calor, pero de ellos también procede el agua que fertilizará la tierra.

En efecto, por una parte el sol ilumina nuestro mundo, pero por otra, haciendo evaporar las aguas, las aspira hacia las regiones superiores de la atmósfera, de donde toman a descender en forma de lluvia. No conocemos otro planeta que cuente con este privilegio: un agua siempre pura que cae del cielo y se puede beber, y un sol temperado que hace factible la vida que a veces aprieta pero no ahoga.

Año tras año el impulso de la primavera nos afecta de diversas formas, incluso ahora en que se tiende a trabajar a la misma temperatura todos los meses del año, el cuerpo lo sigue notando. No sabemos si abril traerá aguas mil, como dice el refrán, pero seguro que traerá estornudos, alergias, fatiga... y también renovación, esperanza, vitalidad.

La primavera tiene algo de puente. Hay que dejar atrás una orilla y avanzar hacia la otra. La pasarela se recorre mejor con una actitud de desprendimiento, abiertos a lo que pueda venir. Es momento de renovarse. Son días fecundos (mucha gente nace entre enero y marzo), en los que va bien dedicar cierto tiempo a saber lo que se quiere y disfrutar de esa luz que no cesa de crecer en esta bella estación. 


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