El cuadro del dolor

MIGUEL CARDADOR LÓPEZ
(Presidente-Editor)


El pasado sábado al mediodía, en la vinoteca de la calle Mayor de Pozoblanco, se presentó el libro “El cuadro del dolor” de la jovencísima Ana Castro, ganadora de la tercera edición del prestigioso “Premio de Poesía Juana Castro”. El día anterior se había presentado en Villanueva de Córdoba.

El ambiente novedoso de hacerlo en un espacio reducido, en la planta superior de dicho establecimiento y con el aroma de una copa de vino, hizo que la misma tuviera unas connotaciones de esencia y profundidad.

La presentación del mismo corrió a cargo del avezado escritor Francisco Onieva, que en sus 30 minutos de intervención desgranó a la perfección el libro, destacando la calidad del mismo y su contenido profundo de raíces y conexión con la vida de la autora y en general con vivir a través de una pluma clara y sensible.

Después tomó la palabra Ana Castro, que hizo una serie de agradecimientos, pero sobre todo muy especialmente a su familia, que son sus raíces y responsables en gran medida de que su obra haya visto la luz, además de forma tan brillante y con el premio obtenido entre más de un ciento de aspirantes que se presentaron al concurso.

Ana, a pesar de ser insultantemente joven, 26 años, con lo escrito y con los poemas que leyó, demostró cualidades como la inteligencia, humildad, valoración de dónde viene y una sensibilidad perceptible a la hora de leer sus poemas. Poemas que te hacen reflexionar sobre nuestras propias vidas y los sentimientos que emanamos, según las circunstancias que recorren nuestra propia existencia.

Yo particularmente, y nuestros lectores en general, tenemos la suerte de contar con este talento en nuestro periódico, como articulista de opinión.

El libro está compuesto por 87 páginas y dividido en cinco apartados, donde a través de ellos expone sus 40 poemas.

Después de leer el libro un par de veces me ha sido difícil escoger uno, que expongo a continuación. Difícil por la calidad de todo el libro, libro que hay que saber saborear como una buena copa de vino, a traguitos muy cortos, oliendo y paladeando en boca todos sus aromas y sabores.


“Las hilanderas”

“Mi hermana es la primera mujer de mi familia que no sabe coser. Perplejas, nos miramos las unas a las otras y nos culpamos en silencio. Cómo ha podido pasar, si las mujeres de mi familia arreglábamos todo así, cosiendo, si las mujeres de mi familia hilvanamos la aguja siempre a la primera y sentimos que así se calma un poco el mundo.

Comentamos este hecho aterradas y nos preguntamos cómo será su vida cuando esté sola. Cómo criará a sus hijos, cómo cuidará las plantas, cómo se asomará al balcón, si no sabe coser. Nos parece imposible que sin saber coser una pueda salir adelante en la vida. Luego, nos acordamos de los tiempos de ahora, la vida moderna, y nos decimos que lo que importa no tiene arreglo.

La abuela no quería que sus hijas aprendieran a coser. Pensaba que así tendrían un trabajo. Yo, que trabajo, también sé coser y me resulta inconcebible no tener una aguja y un dedal a mano (por lo que pueda pasar).

Al fin y al cabo, nos criaron así, al calor de una mesa camilla, viendo las horas pasar al ritmo de los pespuntes.

Mi hermana no conoció estas costumbres. Cuando ella llegó, el tiempo de los hilos ya había pasado, la abuela ya había muerto, la manada se había roto.

Y todo eso queda lejos. Las muchachas de ahora, como mi hermana, no saben coser y no se preocupan. Es mejor así: que tengan un trabajo y no cosan - como quería la abuela-, que salgan adelante así, sin árbol genealógico, todo pólvora y futuro.”


Enhorabuena, Ana, porque de joven me gustaría tener la sensibilidad y saber escribir como tú. 


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